Brazoleño ha acabado siendo un ente incómodo y desconfiado a base de confiar y entregar el alma en sus empeños para recogerla hecha trizas cada vez. Pero no escarmienta. Lo que sucede es que sus empeños no son convencionales y su naturaleza es seguir empeñándose...
Venga todo este preámbulo a cuento de los acontecimientos electorales en Bololandia y en los restantes territorios que conforman mi país (o el que dicen las normas que debe serlo).
Durante muchos meses hemos asistido a duelos dialécticos de escaso o nulo nivel, orientados a discernir quienes somos los mejores políticamente hablando. Hemos debido asistir por enésima vez al esperpento de las herencias recibidas, de las cornamentas y rabos izquierdiles-ahora sabemos que patrocinadas por el chavismo-y a la rejejejeneración (perdón) de la amiguita Rosa. Lo más de lo más. Cuando Brazoleño parecía resignado a la monotonía de este circo de tres pistas llegaron los nuevos, los que todo iban a cambiar, los descontentos. ¿Cómo no prestar ojos y oídos a sus mensajes? Brazoleño está también indignado, le sobran cargas y cargos, le duelen prendas. Pero ya en este blog hablamos de ello hace muchos meses, costaba verlo claro.
Así que cuando estas votaciones estuvieron cerca, cuando tocaba volver sobre las viejas reflexiones y acaso hacerse otras nuevas, Brazoleño puso todo su interés en descifrar claves y en intentar ver más allá. No nos ha gustado dejar pasar el río ante nuestros ojos, siempre hemos querido ser parte de la marea, aún a riesgo del absoluto naufragio. Además de los consabidos mensajes de gobierno y oposición mayoritaria, volvimos a escuchar los demás viejos mensajes de las llamadas izquierdas, tan empeñadas en marcar las sutiles (¿?) diferencias entre sus propuestas, como en señalar los defectos de los grandes, tan desesperados que se han vuelto a mostrar incapaces de ver lo que pueda unirlos para empujar en una supuesta buena dirección. ¡Son ya tantas veces! Debatir si deben llamarse izquierdas, si las cremalleras son más igualitarias que los botones o si es más urgente el verde que el carmesí... Al rescoldo de estos sesudos pensamientos, aparecen listas nuevas de viejos y nuevos listos, se trenzan y destrenzan alianzas y Brazoleño continua sin ver nada de tanto ver y haber visto.
Pues estando en toda esta confusión, que parece ser el estado natural de Bololandia y adyacentes, mal que a Brazoleño y a mí siga pesándonos, se celebra el plebiscito y, para sorpresa de opinólogos, el ente "Podemos" consigue cinco escaños. Ahí se desata una nueva marejada, que si el líder es televisivo, que si lo que es es profesor de universidad, que si se viste en carrefur, que si ese pelo no se consigue con marcas blancas de champú... Pero ¿Es que es esta la diferencia? Televisivos son los documentales de la dos, universitario es Brazoleño sin ir más lejos. No son los adjetivos ni la longitud de la melena lo que va a sacarnos de ésta, si es que se puede salir. Por cuanto al patrocinio de Maduro para el alisador del señor Iglesias, pues qué quieren, no sé si me disgusta más eso que el que Florentino y su vecino patrocinen a otros pelazos de infausta memoria que si han parecido convencer una vez más a nuestros coetáneos. Me quedo como estaba.
Ellos dicen que pueden y Brazoleño cruza los dedos y aprieta los parpados ,deseando con todas las fuerzas que le quedan, que se le despierte alguna yema, como al viejo olmo de Don Antonio, a ver si de una vez nos cunda un poco. Si pueden, que puedan, creo que va tocando.
"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."
Que dicen que pueden...
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MI DIGNIDAD ES MÍA, MI INDIGNACIÓN TAMBIÉN
Hace muchos
meses que este blog permanecía abandonado. Las razones son lo de menos. Pero esta
primavera empieza a parecer urgente que Brazoleño se desperece.
Asistimos a la imparable disputa de Tirios y Troyanos sobre quienes son peores, si los radicales violentos por la dignidad o los policías. El debate debería ser otro y la reflexión de quienes pretendemos ser ciudadanos dignos en un país digno, con una democracia digna, es urgente.
Asistí con un punto de esperanza nostálgica al florecimiento de esa indignación que podría ser la mía. Aquel grito de "¡Que no nos representan!" hasta podía sonarme refrescante. Pero aún antes de ello, Brazoleño ya fue siempre extremadamente crítico y veía aquí demasiados motivos para la duda.
Hoy no hay dudas. Grito muy fuerte "¡No me representan!" y se lo grito a ambos, porque no me representa el político chusquero que se permite usar mi voto para medrar y se olvida su origen y su programa en el camino, pero tampoco me representan, ni a mí ni a mi dignidad, quienes acuden a una concentración como la del pasado 22M armados ya con barras y capuchas.. Ni tampoco, claro que no, me representan quienes incapaces de ver más allá de su ombligo, se revelan torpes para criticar desde el primer momento, y no a toro pasado, esas acciones.
Porque sí, parece ya bien claro a todos que ha habido manipulación informativa y muchas otras cosas, pero ¿Eso nos sorprende? ¿No es lo que cabe esperar de esta casta corrompida a la que estamos denostando? ¿No lo sabíamos en la mañana del lunes o a última hora del domingo, cuando un buen montón de personas se dedicaron a mostrar su solidaridad con los detenidos?
Señores, Brazoleño no espera nada bueno de los actuales gobernantes, pero le gustaría pensar que sí puede esperarlo de quienes, tomándole prestada su indignación de ciudadano, le reclaman para otra causa.
¿Por qué estas cosas siguen siendo posibles? ¿No urge ya bajar del globo y empezar la reflexión? ¿Por qué puede el poderoso infiltrar a sus secuaces entre nosotros y lograr que sea eso lo que cuente? Pues sencillamente porque hay demasiadas personas amontonadas a la sombra de un letrero, que no unidas. O quizá porque hay dos ideas claras, una la de los ciudadanos dignos e indignados que, tristemente, somos bastantes menos de lo que le convendría a esta tierra nuestra, otra, también soterrada en esta amalgama de protestas, que está jugando al quítate tu para ponerme yo, que no se para en barras, que es capaz de casi todo para ese ponerse y que dejará una larga estela de desencanto y daño colateral, que como no despabilemos de una buena vez, volverá a usarnos como a los kleenex y que se frota las manos cada vez que un sencillo ciudadano coge un cartón, pinta en él su disgusto y sale a la calle con ellos, como si fueran la misma cosa.
Desde el momento mismo del tweet de C. Cue contando como se escuchaban de fondo a la Solfónica los primeros disparos, a Brazoleño se le ocurrió pensar que aquello sólo favorecía al gobierno y que sin duda iba orientado a esconder la verdadera noticia, los cientos de miles de personas pacíficas de la plaza. No por la labor impecable del periodista (me avergüenza también cómo se ha arremetido contra los mensajeros acrecentando así la expansión del incivismo).
Pensó lo mismo cuando, acto seguido, empezaron las fotos, los tweets, las adhesiones de participantes en la concentración, que no se hacían a un lado de todo eso, sino que contribuían a llevar la atención sobre las nubes de humo. Nos la colaron y ahí seguimos. Así que reconozcamos que lo han conseguido, que las semanas de caminata bienintencionada, las horas de paz, los cánticos con Verdi y Labordeta no tienen importancia, lo que cuenta son la violencia, las protestas policiales, las declaraciones de Botella y Cifuentes o ya puestos, la lesión de Valdés que ni pasaba por allí.
Aquí, tristemente, sólo hay un bando que ha terminado bien su trabajo y no es el que me gustaría que fuese, esto es lo que más duele. En estos días, los hechos han venido a recordarle a Brazoleño por qué a pesar de los cantos de sirena, nunca militó en un partido, pero tampoco en un no partido que no fuera su propio desencuentro. Y estos mismos hechos son los que le llevan a insistir. Como no pongamos pie a tierra, reflexionemos y reordenemos a tiempo todo esto quienes de verdad podamos creernoslo, volveremos a estar donde siempre, en un país de gentes desencantadas, cansadas de libertades sin haber llegado a conocerlas y dispuestas otra vez a tragar carros y carretas, en un país que prefiere ponerse a régimen y que mira mal y apunta con el dedo a los Brazoleños que le pueda recordar que con su dignidad no debería jugarse.
Asistimos a la imparable disputa de Tirios y Troyanos sobre quienes son peores, si los radicales violentos por la dignidad o los policías. El debate debería ser otro y la reflexión de quienes pretendemos ser ciudadanos dignos en un país digno, con una democracia digna, es urgente.
Asistí con un punto de esperanza nostálgica al florecimiento de esa indignación que podría ser la mía. Aquel grito de "¡Que no nos representan!" hasta podía sonarme refrescante. Pero aún antes de ello, Brazoleño ya fue siempre extremadamente crítico y veía aquí demasiados motivos para la duda.
Hoy no hay dudas. Grito muy fuerte "¡No me representan!" y se lo grito a ambos, porque no me representa el político chusquero que se permite usar mi voto para medrar y se olvida su origen y su programa en el camino, pero tampoco me representan, ni a mí ni a mi dignidad, quienes acuden a una concentración como la del pasado 22M armados ya con barras y capuchas.. Ni tampoco, claro que no, me representan quienes incapaces de ver más allá de su ombligo, se revelan torpes para criticar desde el primer momento, y no a toro pasado, esas acciones.
Porque sí, parece ya bien claro a todos que ha habido manipulación informativa y muchas otras cosas, pero ¿Eso nos sorprende? ¿No es lo que cabe esperar de esta casta corrompida a la que estamos denostando? ¿No lo sabíamos en la mañana del lunes o a última hora del domingo, cuando un buen montón de personas se dedicaron a mostrar su solidaridad con los detenidos?
Señores, Brazoleño no espera nada bueno de los actuales gobernantes, pero le gustaría pensar que sí puede esperarlo de quienes, tomándole prestada su indignación de ciudadano, le reclaman para otra causa.
¿Por qué estas cosas siguen siendo posibles? ¿No urge ya bajar del globo y empezar la reflexión? ¿Por qué puede el poderoso infiltrar a sus secuaces entre nosotros y lograr que sea eso lo que cuente? Pues sencillamente porque hay demasiadas personas amontonadas a la sombra de un letrero, que no unidas. O quizá porque hay dos ideas claras, una la de los ciudadanos dignos e indignados que, tristemente, somos bastantes menos de lo que le convendría a esta tierra nuestra, otra, también soterrada en esta amalgama de protestas, que está jugando al quítate tu para ponerme yo, que no se para en barras, que es capaz de casi todo para ese ponerse y que dejará una larga estela de desencanto y daño colateral, que como no despabilemos de una buena vez, volverá a usarnos como a los kleenex y que se frota las manos cada vez que un sencillo ciudadano coge un cartón, pinta en él su disgusto y sale a la calle con ellos, como si fueran la misma cosa.
Desde el momento mismo del tweet de C. Cue contando como se escuchaban de fondo a la Solfónica los primeros disparos, a Brazoleño se le ocurrió pensar que aquello sólo favorecía al gobierno y que sin duda iba orientado a esconder la verdadera noticia, los cientos de miles de personas pacíficas de la plaza. No por la labor impecable del periodista (me avergüenza también cómo se ha arremetido contra los mensajeros acrecentando así la expansión del incivismo).
Pensó lo mismo cuando, acto seguido, empezaron las fotos, los tweets, las adhesiones de participantes en la concentración, que no se hacían a un lado de todo eso, sino que contribuían a llevar la atención sobre las nubes de humo. Nos la colaron y ahí seguimos. Así que reconozcamos que lo han conseguido, que las semanas de caminata bienintencionada, las horas de paz, los cánticos con Verdi y Labordeta no tienen importancia, lo que cuenta son la violencia, las protestas policiales, las declaraciones de Botella y Cifuentes o ya puestos, la lesión de Valdés que ni pasaba por allí.
Aquí, tristemente, sólo hay un bando que ha terminado bien su trabajo y no es el que me gustaría que fuese, esto es lo que más duele. En estos días, los hechos han venido a recordarle a Brazoleño por qué a pesar de los cantos de sirena, nunca militó en un partido, pero tampoco en un no partido que no fuera su propio desencuentro. Y estos mismos hechos son los que le llevan a insistir. Como no pongamos pie a tierra, reflexionemos y reordenemos a tiempo todo esto quienes de verdad podamos creernoslo, volveremos a estar donde siempre, en un país de gentes desencantadas, cansadas de libertades sin haber llegado a conocerlas y dispuestas otra vez a tragar carros y carretas, en un país que prefiere ponerse a régimen y que mira mal y apunta con el dedo a los Brazoleños que le pueda recordar que con su dignidad no debería jugarse.
El camino de la coherencia
Desde la infancia, aún antes de tener consciencia de lo que estas palabras significaran, Brazoleño pugnaba por ser fiel a aquello que creía justo. Esta actitud de fidelidad al propio pensamiento costó reprimendas escolares y más de un desencuentro.
Hoy Brazoleño se descubre de nuevo, pero aún más que nunca, en la difícil tesitura de elegir entre dos fidelidades igualmente valiosas para sí, de una parte, la lealtad y la gratitud para con quienes entiende por amigos, respondan o no a la definición al uso. Por otro lado, el encaje entre esa fidelidad y la que se debe a las propias convicciones ¿Cómo pueden ambas cosas ser incompatibles? ¿Cómo puede suceder que alguien a quien se ha tomado cariño, con quien se ha compartido y departido durante horas aparezca de pronto tan terriblemente distante como para que sea necesario elegir entre él y uno mismo?
Son tiempos difíciles para todos, es bien cierto, pero no lo es menos que son estos momentos críticos los que van definiendo la ruta. Brazoleño siempre ha sido intenso en sus filias y fobias, pero siempre ha dejado peso, muy consistente peso, a su cerebro, al pensamiento y a la reflexión. Por eso las circunstancias se hacen tan complicadas. El cerebro recuerda al corazón los abismos entre el fondo y la forma, el corazón sigue sopesando y dando espacio a ese valor intangible que permite que algunos actos, en momentos cruciales, valgan por toda una vida de desaciertos.
Hasta la fecha, Brazoleño ha seguido dejando que gane el corazón, a costa de parecer también incongruente. Y es que algunas relaciones nos ponen a prueba a cada momento. Ningún camino tan largo, esforzado y solitario al fin como el de la propia coherencia
Volver a las andadas
Brazoleño pierde las energías o la paciencia como el que más, así que por todo un año decidió abandonar la remada, dejarse estar sobre las olas. Esto no nos ha librado de temporales y marejadas, pero a nadie le importan. Suponiendo, que es mucho suponer, que puedan importarle a alguno los momentos de actividad.
Hoy sin embargo volvemos. Sin un porqué más válido que el de la jornada en que elegimos parar, con miles de porqués que nos hacen gritar real y figuradamente cada día.
Vamos a intentar darle un grado mínimo de regularidad a este invento, veremos dónde llegamos.
ENSEÑANTES (Adjetivo. Plural del participio activo de enseñar. El que enseña).
Llevaba meses pensando en escribirlo, pero siempre acababa
dudando de que fuera pertinente. El domingo por fin lo decidí y hoy lo tengo
aún más claro, no solo es oportuno, sino que es una deuda que debo saldar sin
esperar más tiempo, por eso hoy, en el decimoséptimo día del quinto mes de esta
nueva era, pongo en mi teclado y en mi pantalla lo que llevo en este corazón
desordenado:
He tenido mucha suerte en esta vida, frente a quienes
reniegan de los suyos, frente a quienes nada bueno pueden recordar, frente a
quienes no pudieron siquiera tenerlos, yo he tenido maestros que merecerían
todos y cada uno de ellos un espacio propio bastante más extenso que estos
párrafos. Me enseñaron mucho, todo cuanto soy (y aún más que acaso no he
logrado aprovechar) pero en estos tiempos en que ser maestro parece
delincuencia o cuando menos actividad sospechosa, en que parece debiéramos
asumir su condición de estafadores, de ciudadanos aprovechados de otros
ciudadanos a los que depauperan y hacen menguar por su incumplimiento, yo debo
decir que he sido enormemente afortunada, porque además de lo que podáis ver en
mí, me enseñaron algo crucial para estos tiempos: Para enseñar hacen falta dos cosas, una persona con ganas de guiar mostrando lo que sabe
a otra con ganas de aprender, el resto es deseable, pero enteramente
secundario.
Desde aquella primera maestra, madre, que me enseñaba las
letras en los viejos periódicos sobre el suelo recién fregado y cuya sonrisa
aún hace rescoldo, hasta cualquiera de los especialistas que hoy escucho en los
congresos profesionales, a todos
aquellos que me han enseñado les une algo, su profundísimo amor por lo que
saben y su profundo respeto por el resto de los seres humanos. Solo por eso yo
he estado en la disposición de recibir y, solo por eso he podido recibirlo.
Recuerdo mi primer
colegio en el piso bajode 40 m en un bloque de viviendas en una barriada aislada
del mundo, la cocina transformada en despacho de dirección, la mezcolanza de
edades, condiciones y disposiciones de todos, padres, niños y maestros; recuerdo el otro primero, aquel en que empecé
a tomar conciencia de disparidades ideológicas y sociales, acudía al principio
cada tarde, con la silla de casa y un puñado de galletas pero mi maestra nos
hacía entender sobre una pizarra pintada a brochazos negros sobre un muro, o
con unos recortables de elaboración casera, la metamorfosis de las ranas y el
estómago de los rumiantes. También con recortables nos enseñaron un francés que
aún hoy me es útil para entenderme con colegas extranjeros. La era digital no
estaba lejos sólo porque faltasen años, sino porque faltaba hasta la luz
eléctrica bien a menudo, porque no había ni lugar donde enchufar un proyector.
Y no, no imaginéis que hable de mucho tiempo atrás, ni de una aldehuela perdida
en el monte, estábamos a doce kilómetros de Madrid en plenos setenta, apenas
unas décadas…
Completada la EGB tocó cambiar de barrio, de docentes, como
dicen ahora quienes en el colmo de la modernez han decidido que sobran muchos. También
entonces tuve la fortuna de topar con alguien que me dijo: No te lo aprendas hasta que no lo hayas comprendido. Parece baladí,
pero aquella señora pretendía que usara el pensamiento y la reflexión; hasta
tuvo la desfachatez de darme un sobresaliente en un ejercicio contándole a toda
la clase que, aunque estaba en total desacuerdo conmigo, se lo había explicado
tan bien que no podía darme otra nota. Podéis imaginar la perplejidad no solo
mía, sino de mis buenas compañeras, también habituadas a las técnicas memorísticas.
A ella se unieron
profesores de literatura que nos llevaban al mercado de abastos, profesores de
matemáticas que nos sacaban de marcha hasta El Escorial (en la sierra de
Madrid) o profesoras de química que nos sentaban en la cocina de su casa
durante el mes de junio porque estábamos allí más fresquitas que en el barracón
prefabricado donde hubiera tocado acabar el curso, alguna vez hasta nos tuvo
hecha una jarra de limonada fresca cuando llegamos…
Fue al llegar a la
Universidad, aquel lugar que debería haber sido la culminación de toda esta
aventura vital, donde me di de bruces con otra realidad, con unos modos con que
otros, menos afortunados que yo, incluyendo a mis propios hermanos menores,
llevaban bregando algunos años. Personas dogmáticas, desganadas, rutinarias y
tristes que estuvieron a punto de arruinar definitivamente mi interés. Por
fortuna no todos eran así y además yo guardaba en mi memoria los recuerdos de
Angelines, de Lorenzo, de Rosa Mari, de Victoria, de Millán, de Esperanza, de Maria
Luisa y Mari Luz…
Ahora que soy
adulta, asisto con tristeza a la experiencia pretendidamente educativa de mi
hijo o de los hijos de mis amigos, compruebo cómo se los penaliza por resolver
un ejercicio con un sistema distinto del esperado por el profesor, como se les
obliga a memorizar una materia que nunca aplicarán, pero que desconocen hasta
bien entrada la adolescencia como redactar una carta o como dibujar el croquis
de una habitación. Y me siento como una verdadera intrusa, como una
extraterrestre por pretender que no sea así. A ratos incluso culpable.
Lo lamentable de
todo esto es que alguno pueda llegar a creer que lo que cuento venga a
demostrar que no son necesarios los medios actuales, los ratios por aula y
otras condiciones que nuestro gobierno actual pretende dinamitar bajo el
pretexto de la crisis económica. Pues si así puede entenderse es que no me he
explicado bien: Mis profesores hacían todo aquello no porque no quisieran nada
mejor. ¡Claro que lo querían! Por eso usaban su ingenio y su cariño para llegar
donde necesitaban. ¡Qué no hubieran conseguido de cualquiera de nosotros si
además hubieran gozado de otras circunstancias!… Lo que realmente diferenciaba
a mis profesores de muchos docentes actuales eran sus ganas, su vocación, su
ilusión de algo mejor, de un futuro diferente para todos nosotros.
Lo que hace torpes,
rutinarios o directamente malos a muchos docentes de hoy en día (y sé que algún
amigo puede costarme esta afirmación) es precisamente la desgana, la falta de
motivación y de vocación. En el sistema educativo español han ido quedándose
poco a poco personas que no pudieron encontrar acomodo laboral en otros
sectores, que acabaron “agarrándose” a la enseñanza porque no encontraban sitio
“en lo suyo”, en lo otro. Y el sistema les abría las puertas por esa visión
papanatas de que a más título mejor, ignorando esa sencilla máxima de que no
enseña más quien más sabe, sino quien mejor lo cuenta. Así, nuestras aulas se
han llenado de jóvenes frustrados, poco o nada dotados para las relaciones
personales. Sí que hay, claro, y es justo reconocerlo, quienes en este ejercicio profesional descubren
un camino, una segunda vocación tan viva o más que la que creían tener cuando
comenzaron su andadura, pero para desgracia de todos, no son mayoría y siento decirlo así, pero es
lo que percibo diariamente.
Alguien que vive resignado, sin ilusiones, sin motivación, que
además carece de condiciones materiales y emocionales, muy difícilmente va a
transmitir entusiasmo, muy difícilmente va a hacernos pensar que aquello sobre
lo que habla merece la pena. No bastaría siquiera que fuese buen actor.
Una sociedad que en
verdad se quiere sana debería cuidar a aquellos sobre cuyas espaldas carga el
peso del saber para sus generaciones futuras. Apartará cuidadosamente a quienes
pueden perjudicar ese cultivo, se esmerará en preservar esa esencia valiosísima
y escasa que permita continuar el camino con buen o mejor pie.
Precarizar aún más
las condiciones sin limpiar lo que de verdad está defectuoso en nuestros
sistemas de enseñanza no solo no consigue mejorar lo que tenemos, sino que hará
que ni muchos de los que verdaderamente quieren enseñar, ni de los que de
verdad desean aprender logren hacerlo. No solo no mejorará el rendimiento material
de la actividad, sino que significará aún más dispendio a medio y largo plazo,
por no decir que tendrá consecuencias irreversibles; la vida no vuelve atrás,
no todo lo que se rompe puede repararse más tarde.
Seguramente este escrito, que quería ser un
homenaje a mis profesores me ha salido tontamente reivindicativo. Es lo que
tiene enseñar a crear y a pensar, que algunos vamos y lo usamos. Supongo que
por eso nuestros dirigentes actuales tienen tanto empeño en que vayamos a peor,
no vaya a ser que le salgan muchos sujetos pensantes y entonces ¿Qué iba a ser
de ellos?
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Decimocuarto día del mes tercero (A Javier y sus compañeros, porque seguimos sin ser todos iguales)
A veces Brazoleño
calla, no por falta de cosas que decir, sino por tristeza, por cansancio o por
una incómoda mezcla de ambos. A veces es tal la indignación que es difícil
ordenar en un texto la rabia Es el caso
de estas semanas. No sin dolor contemplo como mis coetáneos, esos seres
pensantes que me rodean, van dejando que las cosas sucedan. Con resignación los
menos, con convicción de hechos consumados los más y, sobre todo, lo que más
daño hace, apostolando sobre la conveniencia de estos hechos.
En las últimas
semanas, tras dar carpetazo a toda convicción de progreso, de solidaridad y de
coherencia, los convecinos de Brazoleño, los nuestros en suma, acuden
presurosos a la guillotina, lapidan con precisión de tiro a parientes y
compañeros, se ahorcan a sí mismos eligiendo la soga más oportuna y miran mal a
quien se niega al sacrificio…
No me cabe pensar,
así las cosas, que equivoqué los signos
o que me engañaron. Y no, yo no hablo del engaño de los gobernantes; bien he
sabido desde muy pronto qué cabía esperar de este modelo tan bien empaquetado,
hablo de esas personas que parecían correr a mi lado hacia una misma meta, que
tomaban o pasaban el testigo resollando a mi costado. Esas personas a las que
ahora leo y escucho atónita reclamar al sindicato lo que nunca se atrevieron ni
se atreven a exigir al patrón, vilipendiando al maestro por lo que no han sido
capaces de enseñar ni aprender, descalificando al parado quienes por su quietud
han contribuído a prolongar este estado de cosas.
Brazoleño no
entiende (Y así le va) que sus coetáneos estén asumiendo no ya resignados, sino
con pleno entusiasmo consignas como “Todos los políticos son iguales”, “Los
sindicalistas son unos aprovechados””Los maestros son unos frescos que tienen
más vacaciones que nadie y encima hacen huelgas””Los funcionarios son unos
vagos””Los parados no quieren trabajar”…. ¿Pero de verdad vivimos todos en el
mismo país? ¿De verdad hemos ido a las mismas escuelas, escuchado las mismas
músicas, acudido a los mismos hospitales…? No parece posible.
El españolito con
quien Brazoleño sube en el autobús y compra el pan cada mañana ha asistido
inmutable a hechos que parecen baladíes, pero que sus padres y abuelos
consideraban sueños inalcanzables y ahora, con la misma impasibilidad, con el
mismo adocenamiento, vuelven a la línea de salida repitiendo los mantras:
“Todos son iguales” “Es por la crisis”.
Por la crisis
admitiremos el descrédito de colectivos que son tu hermano, tu vecina, el chico
que siempre te gustó, el hombre que te
da los buenos días en la plaza, la que pasea al perro en tu misma manzana…Todos
nos hemos vuelto sospechosos de antipatriotismo porque no entendemos que
desmantelar los pocos, exiguos logros, sea el camino más conveniente. No,
Brazoleño ni lo asume ni lo acepta y no tiene patria que salvar. Si su patria
se llama mezquindad, cortedad de miras y pancismo, nada la hace estimable.
Es cierto, y por
eso Brazoleño no está afiliado a sindicato ni a partido alguno, ni lo ha estado
nunca, que muchas de esas estructuras de representación propician el abuso y es
también cierto que durante estos años, muchas de sus decisiones se contradecían
de modo evidente con lo que piensa, pero
también es cierto que hacer desaparecer esas estructuras sin alternativas
funcionales es sencillamente volver a todo aquello que quisimos desterrar para
siempre de nuestras vidas.
A ratos Brazoleño,
que siempre pensó que nuestro caudillo era un mediocre que llegaba a tiempo a
casi todas partes (amén de otros detalles que no vienen al caso) tenía toda la
razón al anunciar que todo estaba atado y bien atado: Dejadlos correr, hemos
dedicado tantos años a convencerles de que nada puede hacerse que, a poquito
que se encuentren en dificultades, volverán al redil sin empujarlos y
sancionando a otros por no hacerlo.
Me parece
increíblemente doloroso que los hijos de personas que tuvieron que trabajar sin
contratos, sin seguros, sin derecho a permisos por enfermedad, sin sanidad, sin
medidas de seguridad en el trabajo, sin representación ni asesoría legal en los
despidos, personas cuya máxima aspiración ha sido tener las vacaciones en
Agosto y poder cogerse todos los “moscosos” antes de fin de año, reprochen a
los sindicatos su silencio durante ocho años. Qué curioso que esa frase,
repetida en los últimos tiempos hasta parecer cierta, saliera de las filas de
los mismos que, no muchos meses atrás, jaleaban la huelga general o las
protestas de estos mismos sindicatos contra el gobierno anterior. Señores, que
basta tirar de hemeroteca; ya sé que es cansado, pero ¿De verdad no se están
dando ustedes cuenta de cómo vuelven a usarnos? ¿No perciben que a base de convencernos
de lo malos que son y con estas medidas laborales los están desmantelando sin
sustituirlos por nada alternativo?
No es verdad que
los sindicatos se hayan estado quietos, si es más que cierto que a menudo no se
movieron cómo y por donde yo hubiera querido, pero entre tanto ¿Hacia dónde
exactamente estaba moviéndome yo? ¿Hacia dónde se movían mis compañeros? ¿Cómo
si ni yo ni ellos pagábamos cuotas se sufragaban los abogados, los cursos, las
oficinas, las bolsas de trabajo? Durante años no nos importó. Si surgía una
duda, una complicación, quien más quien menos tenía un amiguete que si
cotizaba, conocían al enlace sindical más personalmente y le preguntaban,
incluso llamándole a casa fuera de horario, que total, como a ellos les gusta…
¿Qué acaso se podían administrar mejor esos fondos ¡Segurísimo! Podría haber
estado ahí, exigiendo que así fuera, aportando mi punto de vista, pero como ya
para entonces tenía interiorizado el “Todos son lo mismo” y el “No vale para
nada” pues me marchaba a ver el partido o la telenovela, de compras con una
amiga, a la parcela de los suegros, o a discutirlo en el bar con otros
parroquianos, dejando en suma, que se administraran de otro modo distinto a mi
pensar, que hasta se malversaran, puede ser.
Y para colmo de
desvergüenza, de asqueo hasta la nausea, cuando han agotado ese filón, existen quienes se atreven a poner en solfa el
dolor de una madre que, no sola, sino junto a otros no reconocidos, eligió que
su dolor no le impidiera seguir expresándose, luchando por lo que cree,
continuando con su vida y acaso honrando a su modo personal e intransferible,
la memoria de los ausentes. Resulta que ahora también vamos a repartir carnets
de víctimas dignas, que la condición de respetable solo la da el marchar en
segundo plano y cabecibajos tras los "mandamases". Que se pierde el
derecho al consuelo cuando se elige ser útil a un fin y no a otro. Ya lo digo,
no solo vergüenza, sino repugnancia pura y dura ante estos que se erigen en
paladines del bien pensar y de la buena ciudadanía.
A Brazoleño le
gustaría mucho no sentir que ha de que saltar en defensa de unas entidades que
no le convencen y le resultan profunda, radicalmente mejorables, pero llevan
viniéndole a la cabeza desde hace unos meses estas frases tan manidas, tan trágicamente
oportunas que algunos atribuyen a Bertolt Bretch
"....Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo
no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era
protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que
dijera nada".
Si escuchase una
voz al menos que además de maldecir y denostarlo sugiriese cambio, renovaciones, alternativas,
probablemente no fuese así, pero tal como vamos, es tanta la indignación que
siente al escuchar ciertas intervenciones que hasta le entran firmes
tentaciones de afiliarse, justo ahora y a destiempo, a algún sindicato ¡A ver
si va a resultar que esta reforma sirve para algo!¡No te digo!
Décimo octavo día del segundo mes
Después de semanas pensándolo llego a la conclusión de que debo decirlo; aunque sea inútil, no me arrepentiré más delante de mi silencio cómplice, de ese seguir adelante todavía una jornada más, como otros muchos, como casi todos, permitiendo que suceda.
Escucho cada día hablar de cómo está desapareciendo el estado del bienestar, pero es mucho más. Pasito a paso volvemos al estado decimonónico del que apenas habíamos comenzado a salir y, todo ello, con el quietismo de nosotros ciudadanos de a pie.
Empezaron despacio, aplicando soterradamente esa sutil estratagema de convertir al proletario en burgués por el sencillo trámite de hacerle creerse propietario ,cuando lo cierto es que lo estaban convirtiendo en un esclavo que por generaciones debería sumas nunca enjugables a los bancos: Tenga, tenga -decían- y fuimos teniendo ¿Teniendo? ¡Por supuesto! De entre las personas cercanas solo recuerdo al conocido del primo de un vecino al que habían dicho que uno de su calle no tenía ninguna letra que pagar ¡Pobre infeliz!¡Tan desclasado!
Nos animaron luego a ser emprendedores y tener nuestros propios imperios inmobiliarios. Las tierras del pueblo, aquellos inútiles terrenos que dejara el tío abuelo y que ya nadie cuidaba, aquellas que en mitad de la nada no apetecían ni para comerse una tortilla en los veranos, pasaron por arte de birlibirloque a ser objeto de deseo (¿?) podían convertirse en campos de golf, en apetecibles “resorts”o en urbanizaciones … El vecino resultó competencia, el pariente socio indeseable y nosotros, que no habíamos salido del barrio sino para ver una película de estreno en el centro, disfrutamos cruceros, monovolúmenes en que llevar al perro al spa y a los niños a esquiar a las pistas de nieve artificial.
Nos convencieron de lo inapelable de la civilización digital, de que la señora Eusebia, que aún se liaba con la rueda del teléfono, tuviera una blackberry para mostrar las fotos de los nietos o para anotar la lista del mercado.
Y de pronto un día empezaron a hablar de burbujas que no eran las doradas del freixenet, de crisis y a hacérnosla sentir, a dejar de aceptar aplazamientos para los que hasta ese momento no habían tenido empacho y a refrenar el ritmo.
Como ya todos somos parte del tinglado -O eso nos dicen ellos que saben- no nos conviene dejarlo caer así que venga, todos a arrimar el hombro, todos a apretarse el cinturón, todos a reducir… ¿Todos? NOOOOO, el malo malísimo del sindicalista corrupto, del funcionario que tiene su puesto fijo para siempre jamás, no se están arremangando y apretando lo suficiente, no digamos de quien aúna en su persona ambas cataduras, así que por su culpa tenemos que aguantar con lo que venga. Si hasta los directivos de los bancos se recortan el sueldo, pobres.
¿Pero es que nos hemos vuelto idiotas todos de golpe? ¿Qué le importa al señor Rato que en su nómina figure una cantidad menor, por la que lógicamente pagará menos IRPF, si luego va a recibir otros beneficios, comisiones, incentivos y leches que no regulan las leyes, si se repartirá beneficios conseguidos entre otras cosas por las inyecciones de liquidez que vamos a proporcionarles a esas entidades? ¿De verdad no se dan cuenta ustedes señores de que al reducir las plantillas de funcionarios, el trabajo pendiente se encomienda a la gestión privada, a los mismos que ya no daban abasto en sus jornadas o que sencillamente se queda sin hacer? ¿Es que la gestión privada de esos servicios va a ser desempeñada de gratis por amabilísimos empresarios del sector correspondiente? ¿Se les ocurre pensar que todos esos menesteres se encomendarán a amigos? ¿Saben ustedes lo facilísimo que es convocar un concurso de méritos a medida de alguien? ¿Entra la Iglesia en concurso público en igualdad de condiciones con otras entidades?¿Piensan de veras que lo de Urdangarín es caso único? Basta ver las decenas de españolitos que ahora declaran contra este montaje, pero que no tuvieron empacho en cobrar poco o mucho sin preguntarse de dónde salía ni por qué. ¿Piensan que si no se hubiese destapado indirectamente habrían dejado de cobrar sus sesenta euros mensuales? ¿Creen que correrán a devolver el monto de esos salarios fantasmas? Yo tiendo a pensar que no, que somos demasiados españolitos dispuestos a dejarnos corromper y muchos los que se indignan no tanto por la quiebra moral como porque no han sido ellos los corrompidos. Los aspectos éticos, tristemente, quedan en un segundo plano. Así que no me vengan con cuentos, como el poeta, ya me sé todos los cuentos.
Mientras tanto y de un plumazo, hace unos días, nuestros sesudos gobernantes nos volvieron a muchísimo antes del Estatuto de los Trabajadores por el que, no lo olvidemos, tenemos definidos muchos de esos derechos que hoy nos parece que caen de suyo, pero que no, señores, que lo debatieron y propusieron esos sindicatos que hoy denostan a coro. Parecen olvidarse que para que nosotros tengamos vacaciones, permisos de paternidad y de lactancia, reconocimiento de tiempos trabajados u otras cosas sin importancia, tiene que haber quien acuda a reuniones fuera de horario, quien prepare y redacte las propuestas, quien estudie la normativa de otros países, quien se aguante las ganas de saltarle al cuello al adversario y ceda un poco para sacar otro. De eso también va vivir en un país civilizado, pero como no los necesitamos, no tendremos nada que ceder. Nos lo traerán cedido ya de casa y eso que nos ahorramos.
¡Qué suerte que muchos hayamos podido olvidarnos de lo que es tener que ir uno solo a ver si el patrón nos hace la merced de concedernos el día! ¡Qué fortuna que pocos recuerden que hace menos de cincuenta años muchos ciudadanos de este país no tenían ni cobertura sanitaria, ni pensión de jubilación, ni derecho a desempleo! ¡Qué pronto hemos olvidado lo que es tener representación legal a bajo coste cuando surge un conflicto y salarios de tramitación e indemnizaciones!...
¿Pero de verdad mis coetáneos no se dan cuenta? ¿En serio mis amigos están ya tan ciegos que no se están percatando de que entramos una vez más en su juego con estas oportunas cadenas de sátiras a Toxo y Méndez?
Pues eso, pongámonos a discutir si debemos o no dejarnos convocar por estos dos, indignémonos hoy mucho por las cantidades desorbitadas que cobran y sigamos sentados en el sofá o acodados ante la caña del domingo y dejemos que otros vuelvan a decidirnos el panorama. Los indignados necesitan su cota de protagonismo y no pueden sumarse a ellos, tampoco pueden los autónomos, a quienes “no les han conseguido nada” ni los parados, que lo son por su culpa y no por la del empresario que los despidiera porque el pobre ya no obtenía los mismos beneficios…
¡Qué bien les ha funcionado siempre a los depredadores dispersar a las presas! ¡Qué bien les sigue funcionando!¡Cuánto me recuerda la vieja fábula!:
”En estas disputas, llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos” Yo me doy por aludida.
¿Han escuchado ustedes a algún representante de la patronal denostar públicamente a alguno de sus miembros por ganar más que él, por tener ganancias mientras otros declaran concurso de acreedores? Si hasta hacen piña y los reeligen después de haber dejado la empresa y a los trabajadores en la estacada. Ellos lavan los trapos dentro, acuden todos a una. Por eso siguen llevándose el gato al agua, porque siempre parecen juntos, porque no se dispersan y tienen el objetivo principal muy claro: Esto no; luego en casa, ya hablaremos.
Del mismo modo, nos van convenciendo para volvernos a la era del clientelismo, aquella que permitía volcar la administración del país cada vez que cambiaba el gobierno, aquella que generó la tan literaria casta de los cesantes y para cuya erradicación se ideó la figura de los funcionarios por oposición. Pues nada, convirtamos a los funcionarios en enemigos públicos, copiemos también en esto el modelo americano que tanto nos espanta en las películas y levantemos el país. La cosa es fácil.
Yo tampoco siento que Fernández Toxo o Méndez me reprepresenten, aunque me he beneficiado, como todo trabajador de este país de que existieran esos y otros sindicatos después de muchos años, yo también he encontrado funcionarios que se rascan los mismísimos cada jornada, pero es que además, me he topado con dependientes del Carrefur o el Eroski impresentables, con parados que abusan de su subsidio y con asamblearios a los que con gusto abofetearía cada vez que abren la boca, eso no me lleva a la conclusión de Candide, el personaje de Voltaire que en su conformismo afirmaba “Tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles”*. No me resigno a que otro día más me den pensado quienes son mis enemigos, cuando y como debo indignarme o que cosas debo tolerar.
Por eso a dia de hoy, siento que debo contar, aunque sea en esta miserable página, que me doy cuenta, que acaso no pueda impedirlo, pero no será por quietud, por silencio o por no tener claro contra que debo ir.
* TRADUCCIÓN: Todo es para lo mejor en el mejor de los mundos posibles
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