"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."

¡Qué guapura de pacto!

Llevaba Brazoleño muchas semanas desorientada, sin decidirse a reflexionar en voz alta-o en letra visible- por estos mundos. Muchos son los temas y muchas las reflexiones, demasiadas para encontrarles hueco, cuando además toca continuar viviendo y ganándose el condumio en esta Transición pactocrática que los hados nos enviaron el 20D. Pero esta mañana, sea por hartazgo o por hazar,  nos ponemos a ello.

Está Brazoleño absolutamente fascinada por esta Regeneración democrática 2.0 tan guapa, guapísima, que nos han mercado los lideresos de PSOE y Ciudadanos (Antes ciudatans, no se olviden del pobre Floriano en horas como éstas).  Resulta que, si hacemos caso a sus propias comparecencias públicas, el cuarto partido en votos de las últimas elecciones generales, gobernaría por persona interpuesta, concretamente del segundo en votos de las mismas elecciones- No lo digo yo, lo dicen ellos contando cómo han colado el 80% de su programa en el sesudo pacto del día 24 - Esto no es un 23-F, tan árido, tan violento, tan demodé, es un 24-F superfashion, oyetú, pero tan irrespetuoso y tan de trileros como aquel y quizá orientado a fines muy semejantes.

Los Reservoir dogs del IBEX 35 vienen a dar su golpe de mano. Esta vez la sangre, roja y real, puede no salpicar las pantallas. Eso tan pringoso ya no vende y además estamos en que ni rojos ni azules, no se me vayan a olvidar. Su Señor Naranja, con su flequillo repeinado de niño de escuela bien, no ha salido inesperadamente como una seta en el prado asilvestrado de nuestra política, no. Por el contrario, resulta de la cuidadosa siembra de un equipo de amiguetes tan identificables como Zaplana, Bono, Rato y otros varios demócratas de cachet realizaran hace ya muchos años, cuando siendo un pipiolín recién salido de sus victoriosos debates escolares, tuvieron a bien auparlo a sus palestras de guisanderos del buen hacer político. Busquen, busquen en las hemerotecas, que todo esto está documentado y bien documentado. Luego el pipiolín se presentó a unas elecciones, remozó el nombre de su agrupación y aquí estamos.
El Señor Sonrosado -por dentro y por fuera- les come también muy bien a sus barones, hace como que se rebela, pero oiga, que siempre le cae el dado del mismo lado, que no es el de los militantes díscolos, que no es el del rojerío asilvestrado y vociferante del obrerismo cutre, eso tan out. En unas primarias de partido dignas de muchas sesudas entradas de blog, para las que Brazoleño no alcanzaría, se quitó de encima a Fernández Tapias y hasta a Eduardo Madina, estilizó el guapismo felipista subiéndolo unos muchos centímetros de estatura y reduciendo morritos-que no morro- para adecuarlo a las pasarelas de los dosmiles que corren, mucho más sofisticadas. ¿Contenidos? Los que la militancia quiera, que ya les convenceré yo de que no era eso exactamente lo que querían...

Pues resulta ahora que ni los rojos de siempre, ni los perroflautas, ni los fachas de toda la vida, ni los independentistas ni todas las gentes de mal vivir que en el tablero patrio son, quieren  jugar así y ellos, muy dignos, dicen que esa es la prueba de su sentido de estado, más allá de sillones, de prebendas, de nombres. Abracemos el pacto y no sé qué florilegios más. No cuela, chicos. Al menos Brazoleño tampoco se lo traga.

En un país democrático - que acaso no existe- el partido más votado habría asumido su coscorrón y se habría avenido a negociar detalles con sus más afines, tal vez el Señor Naranja- mal que disimule- y esos nacionalismos de derechas de toda la vida, que los hay, los lleva habiendo, como digo, toda la vida. Ese mismo partido más votado, habría asumido que, dado el coscorrón, algunas de sus cosas, exigieran matices y replanteamientos. Brazoleño, que ni votó al más votado ni disimula su antipatía por él, hubiera entendido, como demócrata, que sus conciudadanos han elegido distinto y habría ejercido su derecho crítico opinando, pero aceptando resultados, lo que viene siendo el auténtico ejercicio de ciudadanía en un país con este sistema de gobierno.

En un país democrático-que quizá ni existe- si el partido más votado, por lo que fuese, declinara el encargo del Jefe del Estado, no habría amenazado al mismo tiempo a quien llegara detrás con hacer uso de su mayoría en el Senado para bloquear toda posible acción de gobierno. Nadie habría jugado por encima de todo interés a echar del tablero al tercer partido, a costa de programas, ideologías, votantes y hasta afiliados. Si ese tercer partido, mal que pudiera pesar, fuera legal y admitido a la partida y fuera votado por una millonada de personas que sí creyeran en sus propuestas,  merecería  el mismo trato que los demás. Pero resulta que no, que el país de Brazoleño no es ese país,  que quienes les decían a los indignados de las plazas eso de "En la calle, no. Si queréis algo, llegad al parlamento de todos" Han visto que igual deberían tragarse sus palabras y, claro, eso no van a consentirlo . ¿Ya están aquí? ¡No hombre, no, aún nos quedan trampas!

Así que los viejos tahures, los de siempre, sacan cartas de la manga, del calcetín y del refajo y procuran a toda costa que los novatos no toquen pelo, así tengamos que depilarnos todos con láser. Y el guapito y aplicado Albert, con su sonrisa de haber entendido los deberes, se aplica a hacerlos con la misma donosura con que el no menos guapito Pdr, se olvida hasta las vocales para cumplir igualmente con el que es y será su auténtico mandato, que los nuevos no puedan ni oler lo que no les fue dado ni por mandato divino, ni por mandato urnario. Y uno y otro, guapos, guapísimos, guapérrimos, se aprestan a simularnos un pacto guapísimo también, una partida en que se dice todo y nada, pero en la que los dados- de nuevo marcados- nunca caen del lado de los dependientes, de los ancianos, de los sin nombre. Porque definitivamente, el pacto es guapo y  estas naderías manchan, destiñen, huelen y duelen solo a los que no son ni serán nunca guapos de pasarela ¿O qué os habíais creído?

VELADAMENTE

Pocos días atrás, mientras dialogaba con una alumna después de clase, Brazoleño cayó en la cuenta de que casi siempre le faltan puntos de vista para completar los puzzles.Incluso quienes pensamos ser abiertos de mente, tenemos esa tendencia a etiquetar y amoldar las situaciones y los individuos para entender el mundo que nos rodea y es esa misma tendencia la que puede dificultar la visión.

Pocas cosas que no se hayan dicho en estos meses sobre creencias y velos, pero no tantas mirando y preguntando a quien pueda tener opción diferente de la presupuesta. En el caso que refiero, la muchacha, muy joven y extrovertida, a quien solo llamaré F porque desconozco si le apetece ser nombrada (Intuyo que no le importa, pero no le pregunté ni le comenté que escribiría sobre ella) atinó a expresar una idea en la que no había reparado. “Quiero estudiar. Iré a la Universidad para demostrar que las mujeres de mi origen también pueden hacer cosas importantes. Quiero sobre todo demostrárselo a esas mujeres. Por eso llevo el velo.” Parpadeé un tanto incrédula y ella continuó:”Si me lo quitara, me confundiría entre todas, no verían qué soy y por lo tanto, no  llevaría el mensaje donde quiero que llegue”. “Mi madre y mis hermanos, que viven en Bélgica, me dicen que me lo quite, pero yo prefiero llevarlo ahora, precisamente porque puedo no llevarlo, en mi familia no me lo imponen”
En resumen, el velo como reivindicación, el velo contra los veladores a la fuerza. Fue un chispazo de novedad. Siempre he percibido ese signo como algo limitante y pernicioso, pero entendía sus argumentos aún sin acabar de compartirlos.

Algunas horas más tarde, ya a solas, estuve rumiando la conversación. ¿No era la actitud de esta mujer tanto o más libre que la de las activistas que se filman en la red arrojando sus hiyab al viento? ¿No tendrían algunas feministas de pasquín y algunos opinólogos de renombre que conversar con muchachas como F antes de hacer sus encendidísimos alegatos? He leído por ejemplo hace pocos días a Perez Reverte referirse a estas estudiantes como portadoras del velo y desmaquilladas. Acabáramos ¿Es el maquillaje la liberación? Si se considera condición sine qua non de juventud y femineidad, no lo es en absoluto, pero como mujer también coqueta de vez en cuando, me gusta usar afeites. ¿Haría este caballero mención al corte de pelo o al rasurado de un hombre al hablar sobre su autonomía personal? Creo que no, pero al hilo de ello les cuento que F, que se reconoce presumida, combina muy bien sus sombras de ojos y su barra de labios con el color del atuendo diario.He tenido ocasión de comprobarlo a menudo.

También desde nuestros teclados de no mahometanas, las mujeres occidentales bienpensantes nos permitimos decidir si esos velos son opresivos, nos indignamos con el significado que les atribuimos sin pensar en cuantos velos hemos colocado nosotros, europeos civilizados, en tantas cabezas y cuerpos.

Comienzo pensando en las enfermas de cáncer en tratamiento, esas mujeres que tienen que usar pañuelos, turbantes o pelucas para ocultar secuelas de un tratamiento agresivo. Y no parece que el debate esté en el modo en que lo sujetan o en cuantas vueltas le dan a la prenda para colocársela.Se da por supuesto que deben, se les enseña a ponérselo, a maquillarse y tratar de disimular su lucha. ¿Imagina alguien que se camuflasen las muletas, las escayolas, las sillas de ruedas con atuendos ad-hoc? ¿Por qué no se trabaja del mismo modo cuando se trata de hombres enfermos? ¿No es esto presionar y condicionar?Lo dejo correr. Sé que existen mujeres forzadas a usar el velo, ignorarlo sería pueril, pero ¿Por qué presuponemos que todas lo son?  Hay pañuelos y pañuelos. Entiendo que una mujer, por sí misma, por sus propias razones, sean de salud, de creencia o de reivindicación personal ELIJA cubrirse. La diferencia está en la libre elección no condicionada por el modo en que sus convecinos pensamos que debe comportarse. 

Cambiando el foco, se me ocurre que los diferentes grados de ocultamiento corporal, capilar y facial  de las mujeres musulmanas se basaron  en una concepción represora, pero he asistido a clases en el instituto y en la universidad junto a algunas monjas cristianas y no recuerdo jamás que nadie les haya pedido retirarse las tocas o remangar los hábitos. Ni tan siquiera para acceder a ministerios, ayuntamientos u otros centros oficiales. ¿Es porque se las presupone buenas? Entendido que pudiendo ver el rostro sea suficiente para la identificación ¿Cuál es la diferencia real entre unas y otras a partir de ahí? Ocultan bastante menos un suéter y un pantalón ceñidos, complementados con un hiyab o una shayla que un hábito de tres capas y una toga católica, mire usted. Por cierto, que a todos nos pareció emotivísimo que Teresa de Calcuta recorriese el mundo envuelta en un shari hindú y escondiese su cabeza bajo toca. ¿Cuál es el mensaje real?¿Podemos decir que no estén reprimidas las mujeres hindúes?

Por cuanto a ser símbolo de represión, pocas cosas más representativas de ella que los crucifijos que, por cierto, están poniendo de moda algunos de esos grupos a quienes decimos combatir desde occidente.Cuélguese usted un buen crucifijo de oro al cuello y déjese de velos y tocados, señora mía. En cuanto a lo represivo de otras culturas y religiones, dejaremos para otra ocasión comentar sobre católicismo, amish, ritos gitanos, hinduismo y varias decenas más por no tratar sencillamente de nuestra avanzada sociedad laica donde siguen poniéndose en valor tantas costumbres excluyentes.

Así las cosas, aterrizo en la idea de que, una vez más, no son los objetos, sino la atribución que cada cual les hace, lo que puede resultar indeseable.Atribución desde un lado y desde el otro.  Entiendo y puedo compartir la idea de que no se acuda a los lugares públicos embozado. Sea usted hombre o mujer, debe ser identificable cuando comparte espacios con el resto de la población y lo de menos es si se cubre con burka o con una máscara del pato Donald, no es aceptable. En ese asunto me mostraría poco flexible. Entiendo también que si uno se apunta a un club determinado, por ejemplo un colegio donde se viste determinado uniforme, se exija a todo miembro que prescinda de aderezos ajenos a lo establecido. De ahí para delante, me parece hacer un fundamentalismo libertador con toda la contradicción que la expresión encierra. Es patéticamente contradictorio pretender liberar a una ciudadana de un atuendo tradicional y a menudo favorecedor para imponerle luego los dictados de una moda incómoda, cosificadora pero muy civilizada, como pueden ser las colecciones otoño-invierno de Zara o de Primark. De las de Ágata Ruiz de la Prada trataré otro día.

Octubre encadenado

Está Brazoleño habituada a recibir invitaciones y propuestas de toda índole. Las más-muy bien intencionadas-animan a firmar contra esto o lo otro o a seguir cadenas den las redes sociales.
No estando en posesión de la verdad, sino de las dudas, de muchas y bien aposentadas dudas a las que el paso de los años, de la práctica directa y de las circunstancias mutables, ha hecho crecer y moldearse,  las certezas van menguando pero haciéndose sólidas y una de ellas-la mayor-es aquella del “Solo sé que no sé nada” a la que sumo un pequeño estrambote “incluso esto, puedo estar entendiéndolo mal”. 
Y en este no saber nada, o saber muy poco, naufraga una incómoda sensación de rebaño,  de todos por allá porque alguien ocurrente inició el camino. Cada vez más ignorante, pero con menos disposición ovina, Brazoleño se declara insumisa de todo, incluso de si misma muy a menudo.

Valga esta disquisición para contar que he recibido la enésima invitación a la cadena que se dice de concienciación contra el cáncer de mama -¿Es que alguien podría estar a favor?- y que como parte crucial del asunto, ahí se disparan todas las dudas, propone que NO SE EXPLIQUE a quien pregunta el porqué de nuestro mensaje público: un corazón y una frase enigmática. Brazoleño entendió siempre que para concienciar e informar de algo, había que contarlo, así pues, le cuesta entender cómo un mensaje más o menos críptico puede ayudar a concienciar o informar sobre asunto alguno. Después vienen en cascada las restantes dudas, esas que además de sumar incomodidad y desapego por la campaña, hacen que tome por enésima vez conciencia de sus complicaciones mentales, de su desajuste personal.

Le cuesta a Brazoleño, mujer en fin y que ha vivido tan de cerca el mal, entender en qué ayuda ni a la toma de conciencia ni a la solidaridad real el subir lazos, corazones o cualesquiera otras feminidades de cuantas le proponen sus amistades. Cuando en casa se peleaba a brazo partido contra la enfermedad, lo de menos eran las postales. Lo que hace falta es la certeza de que el camino va a terminar y de que va a terminarse bien, Lo que se necesitan son medios para afrontar cada miedo, cada náusea, cada punzada, cada tropiezo, cada analítica poco halagüeña, cada vuelta a empezar y hacen falta también a quien convive, a quien a veces empieza a perder pie y hasta a sentirse malo por no aguantar el ritmo. En resumen, quizá menos minutos de subir consignas al facebook o al twitter y más tomarse unas galletas o un agua con los afectados, cogerles la mano o abrazar (no muy fuerte, que a veces también duelen los abrazos) y a menudo, sin más, respetarle el silencio, la cápsula, el no querer compartir...No pasa nada si no eres ni valiente, ni optimista, ni positivo por un buen rato, por unos días, no pasa nada, el derecho a cansarse y no ser heroicos tiene que estar también reconocido.

A veces lo que estas cadenas revelan, junto al buen deseo de quien las sigue, o a la necesidad de amparo,  es la inconsistencia. Brazoleño teme parecer cruel con esas buenas almas que le adhieren como sello a una carta, pero no es eso, es más bien el deseo de animar a un poquito más de sentido crítico. ¿Por qué nos atosigan y atosigamos con el asunto del cáncer de mama?¿Por qué en esta forma?¿Por qué encarar esa enfermedad es un valor añadido?  ¿Por qué no hay campañas, por ejemplo, de hombres desnudos carentes de uno o de ambos testículos como resultas de sus tumores? ¿Por qué es valiente una mujer con turbante o con peluca y no lo es un hombre sin cejas ni pelo en pecho o el que afronta esa mutilación de su masculinidad exterior?

En una sociedad que se quiere liberada de prejuicios machistas, somos las propias mujeres las que nos hurtamos valores colocándolos donde no deberían estar. ¿No habíamos quedado en que no deberían estimarnos por las tetas o el culo? ¿Por qué razón entonces poner tánto enfasis en una localización específica de esta plaga? ¿Es menos encomiable padecer cáncer de colon o de pulmón? ¿Tiene menos mérito afrontar un osteoclastoma o una leucemia? A los hombres de cierta edad se les presuponen ya los problemas de próstata. Hasta se permiten chistes y alusiones respecto a sus funciones eróticas. Pocos se escandalizan. A lo sumo, los afectados que esbozan una sonrisilla entre triste e irónica y-por supuesto- evitan manifestarse por alusiones. ¿Dónde estamos realmente nosotras?

Es octubre, dicen que el mes que la Organización Mundial de la Salud dedica a esta enfermedad. Bienvenida sea la toma de conciencia, la información y sobre todo, los medios, que hacen mucha falta y que poco se exigimos a quienes pueden administrarlos. Brazoleño hoy tampoco se ha puesto el lazo rosa (¿Tenía que ser precisamente rosa?). Desde lo más hondo de su corazón desea buena suerte a todas y todos los que están encarando una batalla desigual. Hace falta mucho coraje, cierto,  y sobran abuso, utilización, estereotipos, selfies. Gracias por estar ahí, por querer hacerlo bien, gracias por empeñaros en vivir y en que vivamos un poco menos mal. Pero también respeto para quienes no pueden más. Sin lazos, con humana y muy imperfecta esperanza, desde mi propio octubre.

Amigos, amiguetes, amigüitos…


Como no puede ser de otro modo, Brazoleño asiste espantada a la riada de tropelías que vienen relatándose en los últimos meses sobre los migrantes, inmigrantes, refugiados y, en sustancia, seres humanos que salen de sus hogares para buscarse lo que les quede de vida en espacios más propicios.

Le espantaba no menos leer,  hace un par de semanas, la cicatería de un más encubierto debate en comisión sobre cuántos desdichados iba a llevar cada euromiembro a su nación, pero las circunstancias van tan rápidas que donde dijeron digo, quienes entonces pujaban a la baja han debido decir Diego y aceptar varios miles más de incomodidades ambulantes. Porque sí, alto y claro hay que afirmar que para quienes hoy se han puesto la medalla de humanitarios, estos seres humanos que llegarán en pocos días, son una incomodidad, un trágala que deben ingerir abruptamente, porque vienen elecciones de aquí a nada y urge apaciguar a la ciudadanía. Quienes hace poco contaban goteras, se aprestan a convencernos de nuestra propia solidaridad, así es la cosa. Y eso que ya en abril, la muy fashion Angelina Jolie hablaba en su discurso para la ONU sobre estos lodos en que chapoteamos.

No va a ser Brazoleño quien reniegue de la acogida, acaso sí, quien desconfíe, como ya le ha sucedido en otras ocasiones, de esta hospitalidad sobrevenida en las almas de nuestros dirigentes. De hecho, aunque ha sido la zancadilla de Petra Lazslo la que ha llegado a todas las miradas bienpensantes y nos ha permitido sentirnos mejores,  los fugitivos sirios llevan varias semanas recibiendo rodillazos y zancadillas de parte de varios próceres de esos de comunión cuasidiaria. Esos que dicen de los otros “países amigos” pervirtiendo y prostituyendo la palabra,  pues se están refiriendo no al territorio ni a quienes lo pueblan, sino al gobernante que-como ellos mismos-se aviene a componendas ventajosas para sus arcas o para las de sus otros “amigos”. Se organizan en cuchipandas de amigotes y arrastran con ellos a los habitantes que, cuando llega el “no te ajunto” se ven tan damnificados como si hubieran tenido arte y parte en la pretendida amistad. Si Libia, Siria, Irak o los centenares de países que en algún momento nuestros dirigentes llamaron amigos lo hubieran sido realmente, ni habrían accedido a relacionarse con los sátrapas que los mangoneaban entonces, ni los habrían dejado en la estacada después.

Para empezar, Brazoleño entiende que nadie puede hacerle amiga de quien no quiera. Será el señor Presidente del Gobierno de turno quien tenga amistad con la realeza represora de Arabia Saudí, por poner solo un ejemplo. Brazoleño, desde luego, ni lo invitaría a un cubata en cutre-bar más deleznable (¡Ah, no! Que tendrá que ser a algo sin alcohol. Pues tampoco, oiga) para continuar, si en el futuro éste u otro Presidente del Gobierno, parte peras con SU amigo saudí-por seguir con el ejemplo- no tendrá Brazoleño enemistad con aquellos ciudadanos de Medina o La Meca a quienes no tuvo el gusto de conocer ni durante la etapa amistosa ni en la posterior.

Si los ciudadanos constituyen el país y éste es nuestro amigo ¿No es de ley aprestarse a hacer algo por ellos cuando la vida azota? ¿No está esa norma por encima de otros miramientos posteriores? Y si no ha de ser así ¿A qué vino tanta alharaca y gasto fatuo en declaraciones de amistad inquebrantable? ¿No sería mejor haber metido en un calcetín o en una hucha tales dineros para demostrar en días como hoy nuestra AMISTAD a quienes de verdad importan?

Dejémonos de tonterías, ni los jefes de gobierno de allá ni los de acá son amigos de nadie, se conducen entre ellos como amigotes tabernarios que duran lo que dura la cogorza y procuran escaparse sin pagar la ronda, se corren sus buenas juergas a costa de nuestra credulidad y se enemistan sin importarles coherencia ninguna, porque seremos otros los paganos de sus francachelas. Así fue fácil ser sucesivamente enemigo y amigo y enemigo otra vez de Sadam Hussein,  de Gadaffi, de Al Assad. Así es fácil seguir de amigüito de Obiang y de otros tantos. Es fácil poner la cruz y raya sobre cualquier gobierno que venga a l caso. Es fácil porque a la hora de demostrar la amistad, como a la hora de enemistarse, somos usted y Brazoleño, y yo quienes paguemos con nuestra sangre, con nuestras vidas y las de nuestros hijos, todos los vidrios rotos.

En este mundo donde llamamos amigos a cualesquiera que encontramos por facebook o whatsapp y a quien nos aprestamos a mostrar las fotos en pijama o a relatar nuestras más íntimas sensaciones del día a día, los gobernantes juegan en su otra liga. Lo malo es que bloquear a un amiguete incómodo en esto de los territorios y los gobiernos suele ser aún más difícil que quitarse de encima a un acosador cibernético y deja más rastro, un rastro de cadáveres, de niños en las playas, sean ahogados o trizados por bombas mientras juegan al fútbol –qué pronto se nos ha olvidado Gaza- o pudriéndose en vivo por cualquier virus-poco hablamos del ébola que sigue rondando en el Africa y que corrió más merced a migraciones y huídas menos mediáticas que la de hoy- Brazoleño no entiende de estas amistades, no entiende ni siquiera que conmueva más el pobre niño sirio de hace unos días que las decenas de niños subsaharianos que ni llegaron a las playas, no entiende que mientras todo eso sigue aconteciendo, haya pretendidos ex amiguetes-de los que hace apenas una o tres legislaturas hacían piña- que se estén encelando ahora en dibujar fronteras que igual toca cruzar alguna tarde de éstas. En resumen, sigue sin entender nada.

Bienvenidos sean los catorcemil novecientos treinta y un humanos que aceptó nuestro gobierno. Ahora Brazoleño se pregunta ¿Serán suficientes acogidas? ¿Qué le dirán al fugitivo catorcemil novecientos treinta y dos? ¿Llamarán a Petra Lazslo para impedir que se nos cuele? ¿Le pondrán la zancadilla?  ¿O irá directamente nuestro Fernández Díaz a explicarle lo de las goteras y lo de los infiltrados de Daesh? ¿Se reunirán de urgencia nuevamente los amiguetes para repartirse las cuotas como se repartieron los beneficios?...


Triste, terriblemente triste. Brazoleño solo espera que además de numerarlos y repartirlos, se les dé un trato digno, acogedor y reconfortante. Arreglarlo, temo que no va a ser tampoco de ésta.


De ofensas y banderas

El viento de la sierra hace ondular el rectángulo de colores indefinidos que dormitaba prendido en lo alto de un mástil de unos ocho metros. Brazoleño recuerda que hace unos años, un edil inspirado, mando poblar de mástiles y banderas los  espacios de cuantas glorietas, rotondas y explanadas se le pusieron al paso. Olvidaba el buen hombre que aquellos tejidos brillantes necesitaban también un mantenimiento, alguien que los izara y arriase, que rehiciera dobladillos desflecados o repusiera las porciones que los elementos tuvieran a bien desastrar. Así las cosas, el recubrimiento de los postes se ha desprendido y deja a la vista la base de metal oxidado, los colores han mutado o se han ido diluyendo. Brazoleño, tiene difícil entusiasmarse ante lo que se parece mucho más a un trapo mal tendido en un patio vecinal que a la enseña patria.

Mientras, el sol desciende y el color de la tela en lo alto del mástil sigue perdiéndose, los jirones oscilan con menor alegría porque ya no hay viento. Se aproxima la noche y en estas distracciones, Brazoleño se plantea preguntas sin respuesta ¿Cuándo un trozo de tela pasa a ser venerable y cuándo deja de serlo? ¿Es el acto de trasladarlo desde el telar a lo alto de un poste? ¿Humillará la bandera el operario que cualquier día de éstos deba descolgarla? ¿Será afrenta quemarla? ¿Hay vertederos honorables para banderas donde éstas duerman su justo sueño para que nadie pueda profanarlas?
Recuerda entonces otras reliquias, harapos salpicados de manchas herrumbrosas o pardas en museos del mundo ¿En qué momento un trozo de tejido salpicado de sangre pasa de ser una guarrería a ser digna de custodia en las vitrinas? ¿Cómo sabía aquel que guardó el guiñapo que alcanzaría valores legendarios? ¿Y si mintió y las manchas procedieran de orígenes menos brillantes? ¿Llevarán centurias matándose por una falacia los congéneres de Brazoleño? Hay pringues de primera y de segunda, como hay tejidos, telas, trapos, pingos y andrajos...

Ironía y sarcasmo no ocultan la certeza de que en el fondo, lo que otorga valor al objeto es el sentimiento que se pone en él. Una bandera con sus colores es solo un modo de representación y, como tal, solo puede tener valor si se lo otorgamos nosotros. Como símbolo, necesita de un código de interpretación  y la comunicación de lo que representa necesita que los observantes conozcan y acepten esa representación como válida. Parece tan sencillo que Brazoleño no logra entender por qué tanto rasgar de vestiduras frente a un energúmeno o grupo de energúmenos quemando o pisoteando un trapo. ¿No bastaría retirarle el valor que nosotros mismos le hemos adjudicado como se lo retiramos un buen día para que el operario pueda descolgarlo y arrojarlo a la basura sin penalización, como se lo retiramos al instante siguiente de la pretendida afrenta para que las fuerzas del orden retiren los restos? ¿O es la condición de cenizas lo que despoja de valor al símbolo? Porque entonces, bastaría con ponernos de acuerdo, incinerarlas  todas desde ya y ocuparnos de otros menesteres.

Recuerda Brazoleño otra pieza claveteada con chinchetas en el techo de una habitación. Si alguien la estropease, si le prendiese fuego o la rompiera, Brazoleño sentiría un gran dolor, pero no mataría por ello, ni sentiría el impulso de denunciar el daño más allá de otros muchos que le hayan cabido en la vida. Siendo sincera, el fuerte encogimiento que pone en el pecho la sola idea de esos estragos, no es por el brillo, ni por el tamaño, ni siquiera por los colores que sí conserva esta  bandera. Son los recuerdos, las imágenes que ese rectángulo de pocos palmos cuadrados logra remover cuando lo mira. Pero sabe también que esos recuerdos no partirán cuando la obsolescencia del tejido lo convierta en el trapo que hoy todavía no es. Sabe también, que cualquier otra tela, con los mismos colores, no tendría el mismo efecto emotivo.

Brazoleño siente que lo que le conmueve no cabe en un tejido, cualquiera que sea el hilo que lo trama, siente que no es mejor su amor o su añoranza que la de cualquiera otro y que, después de todo, como dice el refrán, no ofende quien quiere. Basta que no queramos, que ocupemos el alma en otros menesteres, para que la pretendida ofensa pase a ser un acto majadero y sin sentido. El agresor nos ofende porque se lo permitimos, porque otorgamos valor a su acto y aceptamos el símbolo afrentoso que nos propone. Hay tanto que sentir y tan pocos tejidos que puedan envolverlo, que perderse en un quítame allá esa franja tiene el mismo valor que los tesoros que guardábamos en los bolsillos y que mamá llamaba porquerías cuando lavaba nuestros pantalones.


Perpetuidad limitada

Llevaba semanas la cantinela en las noticias y Brazoleño estuvo confiando en que fueran solo nubes de esas que distraen la atención de otros asuntos. Llegó a imaginar que ahora que ETA dejaba sin dejar las armas, el gobierno por su lado haría su parte dejando el tema penitenciario como estaba, pero, claro, Brazoleño es ignorante y desconoce el conjunto de parámetros que propician que blablabla, bla y más bla.

Osea, dicho en castizo, que ni de coña. Que si bien es cierto que algún terrorista ha podido morir en su cama mientras se echaba la culpa a los jueces y un poco solo al gobierno de turno, es decir, mientras se cumplía con esa tan cacareada Constitución intocable, otros descerebrados -Brazoleño teme a veces que no sean descerebrados precisamente, sino que su cerebro, perfectamente engrasado, no se proponga valores que Brazoleño sí tiene muy asumidos- anduvieron cometiendo tropelías que permitieran justificar estos despropósitos.

Así que nuestro llamado gobierno y otros temibles padres de su patria,por no llamarlos hijos de su madre,  se reúnen en sesudos conciliábulos para llegar a la cuadratura del círculo penitenciario, la que ellos han llamado Prisión permanente revisable.

Escapan a Brazoleño las razones de estado que propician semejante artificio. Con todas sus precauciones y dudas respecto al actual Código Penal y a la no menos dudable Constitución del 78, no son éstos los detalles que se le antoja urgente modificar, menos aún cuando a lo que considera inutilidad palmaria, deben unirse declaraciones como que sería derogado en caso de un cambio de gobierno por parte de uno de los firmantes. La excusa, mostrar unidad frente al terrorismo. Brazoleño tiene difícil contener la risa, porque hace tiempo que consiguieron abortar toda carcajada. Entre el Gobierno y el principal partido de la llamada oposición han bloqueado iniciativas indudablemente más prioritarias para la vida digna de los ciudadanos a quienes dicen administrar y representar. ¿Unidad frente al terrorismo? ¿Pero es que estos señores imaginan que los terroristas no leen los periódicos para saber sobradamente qué gaitas de unidad practican no ya en España, sino por doquier los respectivos gobiernos y oposiciones?

¿No es erróneo suponer que quienes están dispuestos a inmolarse por una pretendida creencia va a disuadirlos la posibilidad de una estancia vitalicia en la cárcel? ¿No cabe pensar que allá podrán además hallar prosélitos tan cargados de odio como ellos mismos si es el caso? ¿No es cierto además que no son quienes mueren en estas acciones los auténticos inspiradores de semejante doctrina?

No hay error, es que sencillamente, a Gobierno y la pseudoposición se la traen muy al fresco la tal unidad o más bien, que la auténtica unidad es otra, que ni se retrata en las portadas ni en el propio código ni en esta y otras setenta constituciones que puedan redactarse y enmendarse en los años venideros. Estos señores están procurando mediante un artificio legal más -uno de tantos,-colarnos su auténtico modo de ser y sentir, su nada democrático, ni integrador, ni solidario, ni progresivo concepto de Estado en el que la venganza sustituye a la Justicia,en el que  no cabe perdón, ni redención y en el que los únicos errores (si podemos llamarlos así) que nunca pagan ni pagarán son los del poderoso.

El terrorismo yihadista es un totalitarismo que sirve de atroz coartada a otro totalitarismo para imponer su su propia venganza y sus propios estándares,que no son sino los mismos. Quítenle ustedes el burka , las chilabas o el pasamontañas y pónganle una corbata y una botella de Cocacola en las manos y asómbrense del parecido, sustituyan la utilización del velo por el uso y abuso de bikinis y ligueros y entenderán que la condición femenina sigue de mercadeo, percátense de que quienes han propiciado un comercio de armas, quienes se anduvieron con miramientos cuando lo que ahora llaman Estado Islámico eran solo una pandilla de asesinos contra el gobierno sirio -esa dictadura siria mal disimulada que está masacrando desde hace muchos meses a la población civil-. No son ustedes, no soy yo, ni es Brazoleño quienes estamos pagando bajo cuerda el petróleo con que se financian esos terroristas...No, pero mientras ellos gestionan esos y otros pingües negocios, ustedes, Brazoleño o yo nos despistamos odiando a civiles que -nos dicen- acaparan servicios sociales y puestos de trabajo o plazas en las guarderías. Esos señores -no los que malviven como usted, como Brazoleño o como yo al desamparo de no se sabe qué leyes- tienen perfectamente claro a qué van a conducir estos cambios de norma que, pretenden convencernos, hemos pedido a voz en cuello y ellos han dictado para nuestro futuro bien.

La triste realidad es que las leyes más restrictivas nunca han disuadido al delincuente, pero si han permitido al poderoso atar más corto al librepensante, para que no comparta su librepensar con otro, para que le sea difícil o imposible dudar en grupo y manifestar sus dudas, para que otros teman acercarse a su duda y su librepensamiento. Hecha la ley, hecha la trampa, decían ya los abuelos de los abuelos de Brazoleño. Puesta en vigor la ley ¿Quién no está bajo la tesitura de poder ser considerado terrorista? ¿Quién osará pedir al guapetón del jefe opositor que desaplique la norma? (Por cierto que teniendo en cuenta la deriva de este buen señor y de la inmensa mayoría de sus acólitos, resulta más que dudoso que llegue algún día a alcanzar poder para desandar lo ahora caminado, pero esa es otra cuestión para otra entrada, Brazoleño mediante).

La triste realidad es que desaparecido por su propio peso el telón de acero, amortizadas las radicalidades en tierra propia era imprescindible un enemigo nuevo, un coco con el que desvelar a los ciudadanitos y esta manga de herejes venía como anillo al dedo -a su dedo-para sacar de contexto cuanto fuera menester y dar otra vuelta de tuerca al tornillo sin fin. Brazoleño recuerda las palabras del abuelo pastor cuando decía "Hija, hija. Cuánto te queda por entender. Tú no sabes que nunca desaparecerá el crimen ni las guerras porque entonces perdería sentido que ellos estén ahí y eso no pueden permitírselo" y cuando Brazoleño respondía con dudas, el abuelo apostillaba, "Fíjate, hija, siempre morimos los mismos, pase lo que pase, los muertos somos siempre los que nunca estarán ahí arriba, no importa ni quien gobierne ni quien encierre o nos mate". Pero entonces, abuelo ¿No nos queda nada? ¡Pues claro hija! La satisfacción de ponérselo difícil, la de hacerles saber que los hemos descubierto, para que vivan con el mismo miedo que nos han hecho pasar a nosotros. De eso va todo esto.

A ratos Brazoleño se aflije pensando que el abuelo tenía demasiada razón, otras no sabe qué pensar y se agarra a esa duda para seguir en marcha. Solo hay una cosa permanente, mal que les pese a estos legisladores, la manía que tienen algunos Brazoleños de dudar por su cuenta.


Cremalleras

Una vez más, mientras revisa la prensa y escucha a los opinólogos del reino, Brazoleño percibe cuan lejos está de quienes en apariencia debería sentir como cercanos. Viene esta vez su sensación a cuento de las últimas noticias sobre Grecia y sobre su nuevo gobierno. Parece que a propios y extraños les incomoda sobremanera que el señor Tspiras no haya nombrado ninguna ministra. Ese acontecimiento se comenta en tertulias y redes sociales ocultando a ratos el apretón de tuercas que ya están iniciando los mercados sobre el recién nacido.

Si Brazoleño fuese aún más ingenua de lo que es, podría pensar que también los mercados lamentan la falta de paridad, pero no llegamos a tanto. Algunos de esos que tanto escándalo exhiben por la falta de mujeres en las listas de los griegos han acordado, por ejemplo, subvencionar escuelas donde se segregue a niños y niñas, aceptan una iglesia que no admite sacerdotisas y dedican sesudas disquisiciones a opinar sobre la altura de los tacones de Doña Letizia Ortiz en los actos oficiales. Son sencillamente, igualitarios de salón, pero no acaban nunca de bajar al ruedo.

Hace años, en sus primeras tomas de conciencia, Brazoleño escuchaba a aquellas que parecían saber más sobre derechos y se sentía torpe porque no alcanzaba a ver los beneficios de la paridad. Poco tiempo después tuvo la fortuna de vivir en sus carnes la bondad de tales ideas cuando fue elegida representante estudiantil por el sólido criterio de "Tenemos que poner por lo menos una chica, los de la complu tienen muchas" y a continuación "Ésta, que tiene los ojos verdes y va a primero" A Brazoleño le resultó evidente que los sólidos principios de sus electores distaban mucho de lo que ella quería pensar.

Tuvo la fortuna de encontrar en ese nuevo camino personas muy coherentes de uno y otro sexo, que no hacían su trabajo con las gónadas, sino con cerebro y esfuerzo mental y sintió confirmada aquella reflexión primitiva de que no era cuestión de nombrar sino al más capaz en cada caso. Pero cada vez que estos diálogos han vuelto a suscitarse en ámbitos como el educativo o el político, Brazoleño ha sentido de nuevo el tropiezo en la piedra de lo políticamente correcto. Procura indagar  en argumentos como "tenemos que darnos visibilidad" pero ni así. Y luego de aquello tan sofisticado de la discriminación positiva y de las listas cremallera,  ha acabado asumiendo que lo suyo no es de este mundo.

No es que Brazoleño ignore cómo en muchos ambientes se presiona y condiciona a cada individuo en función de su género De los aparentemente inocentes"Los niños no lloran" "No seas chicazo" "Cuando venga tu padre..." a las ablaciones, las lapidaciones o los abusos de toda índole hay menos distancia de la que la geografía puede mostrar en un mapa. Pero ese conocimiento no hace que perciba en qué ayudó al respeto por las mujeres la presencia de Ana Mato o Leire Pajín en un ministerio. La profunda convicción de Brazoleño en la capacidad de muchos de sus congéneres no la adquirió mirándoles la forma y posición de los genitales, sino viéndoles ejercer sus labores, cualesquiera que fuesen. A Brazoleño no le cabe duda de que por ejemplo, todo amante de la biología considera eminente a Dianne Fossey, que no se le ha ocurrido plantearse dudas respecto a sus capacidades para la tarea que desempeñó- O en todo caso, tienen más dudas en cuanto a sus artes diplomáticas que a las derivadas de su condición femenina- y acaso les sorprenda saber que en pleno corazón de los Virunga, uno de los productos que solicitaba a la civilización eran barras de labios. Prescindiendo de sus enfoques políticos, no conozco a nadie capaz de rebatir la talla política de Margaret Tatcher, aunque le haya supuesto dar su nombre a una plaza en este Madrid, hoy en manos de una mujer que no parece aportar gran crédito a nuestro sexo. Hasta Brazoleño se sorprende de estar citando a esa persona tan lejana en fondo y forma a sus convicciones, pero es cierto que Mrs. Tatcher llegó donde llegó sin cremalleras, sin cuotas y sin renunciar a sus faldumentos ni a los quintales de laca en su cabello. ¿Quién en su sano juicio le hubiera denegado el acceso?

El trato justo y equitativo nace desde el hogar, desde la escuela, desde las aceras del barrio y es allí donde deberíamos poner el acento. Si una familia griega debe elegir entre calentarse o comer, dudo muy seriamente que les importe que quien resuelve esa papeleta lleve bajo la cremallera de su bragueta unos gallumbos o unas bragas. Las únicas cremalleras que cobren importancia serán las de las ropas que les abrigan mientras tanto. Seguro que había algunas mujeres griegas que podían resultar buenas ministras, como puede haber algunos hombres que quizá habrían desempeñado mejor los cargos para los que se ha designado a éstos que hoy nos cuentan. El tiempo dirá si hacen bien o mal su tarea y ese será el verdadero meollo de la cuestión. Que los niños griegos puedan ir a las escuelas a aprender quienes eran  Diane Fossey o Margaret Tatcher y decidir si quieren emularlas e incluso superarlas y que no importe qué postura toman para ir al baño, sino cuanto valen para esa emulación.

No piensa Brazoleño en la inutilidad de una lucha contra el sexismo de cualquier signo, sino que se opone muy sinceramente a que esa lucha sea solo aparente. Brazoleño no anhela intercambiar una cuadrícula por otra. Si ayer no podía haber mujeres en ciertos puestos, que las haya ahora a toda costa no es más que un signo de impotencia, de asunción de la incapacidad de que eso vaya sucediendo por su propio peso. No, las mujeres europeas no necesitamos cuotas preestablecidas ni pensamiento unidireccional, aunque sea en una dirección distinta de la anterior, necesitamos que nos sea igual de difícil  acceder a cada puesto. Convencida como está desde muy niña de no valer más ni menos que cualquiera de los machos con que se relaciona cada día, Brazoleño no quiere estar ahí porque toca intercalar una vagina en el dentado de la cremallera con que se cierra la auténtica equidad de trato.