"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."

DoceO


     Una patria vacía y estruendosa, que pringa las fachadas y no genera amparo ni sosiego. Una patria que celebra su día sacando los ejércitos, las armas a la calle, martirizando fauna y amordazando gentes que quieren otras cosas, acaso otras patrias más acogedoras,  que puedan llevar tizne en las manos, pero no en el alma, que no se llene las bocas de soflamas mientras vuelven la espalda a la mar que las baña. 
Otras patrias serían quizá la patria. Esta es solo vergüenza y exclusión y no llevan camino de enmendarlo quienes se envuelven en ella para esconder su verdadero rostro  de todos nosotros

DE MIEDO, REFAJOS Y OTRAS COSAS.

                             -I-
     Hay niños revoltosos que no correrán por la que era su calle, niñas coquetas que no se mirarán en un espejo antes de salir con sus amigas, niños y niñas traviesos que no importunarán a sus hermanos, que no se caeán de la bicicleta ni guardarán cromos en el bolsillo... Un mal día, con esas criaturas se cruzó un destino que no debería existir para quien aún tiene tanto barro que amasar, tantos desollones por bordar en las rodillas, tantos trazos de chocolate que pintar en la cara, ... Tantos sueños que tejer, tantas pequeñas y grandes disputas por afrontar, por descubrir, por vivir. Tantos tanto se quedan pendientes, oscilando como la hoja seca en la punta de una rama que ya nunca será verde. Hay niños que no están, que no estarán, que no van a volver. No sirven los conjuros, por sofisticados que sean, ni los gurús poderosos, ni los sacrificios en los más complejos altares.

     Y hay niños que aún aquí, a nuestro lado, o en el lado de enfrente, tampoco están. Porque su corazón sigue latiendo, pero no van a ser niños nunca más. Unos y otros se nos han escondido para siempre y no habrá cómo descubrir ese oscuro agujero al que fue a parar su niñez.

     La vida y la muerte son también eso. A veces los adultos tomamos plena conciencia del  hecho de una forma brutal, desarmante. Otras veces, convivimos con ello sin consciencia hasta que, de nuevo, la cruda realidad nos sacude un buen golpe para que no olvidemos lo frágiles que son, lo frágiles que somos nosotros, que pretendíamos saber cómo guardarlos.

     Por eso no me asombran las rabias más o menos contenidas,  las riadas de escritos y las ineludibles tertulias televisadas. Tampoco me sorprenden, hoy que hay redes, los miles de hilos de todo tono y las entradas de blog, como la mía propia. Necesitamos el exorcismo.

     Lo que sí me sorprende, o mejor diré, me ofende, es cómo esas personas que llamamos a cuidarnos de nosotros mismos, esas a quienes otorgamos autoridad para que la pulsión de venganza irreflexiva no nos destruya, corren a sacar tajada de ese nuestro miedo, de nuestro daño individual y colectivo no ya como si fueran uno más de nosotros, sino peor aún, como si esa competencia que les dimos, otorgara también mayor derecho a su rabia, a su sed de venganza.

     Con todo este preludio, avanzo hacia donde  quería llegar. Quizá es que las palabras también permiten que me vaya ubicando para decir con sosiego lo que no debe decirse de otro modo, aunque el ánimo encienda otros modales...

     Duele hasta lo más hondo cuanto he escuchado sobre el crimen de Gabriel Cruz, sobre el de los hermanitos Bretón y el de Sandra Palo, sobre tantos otros. Duele y enrabieta hasta lo más íntimo, pero no somos como sus verdugos. Yo, al menos, quiero estar segura de no serlo. Por eso delegué en otros la búsqueda de justeza, por eso vivo en sociedad y acato normas que nos dimos y por eso quiero que nos vayamos dando otras. De lo contrario, habría tomado venganza en la primera ocasión de que tuve noticias, habría corrido a la plaza a lapidar o apalear al primer detenido del que supe en su día. No lo hice porque no es eso lo que quiero de mí ni de los míos. Porque quiero que la sociedad en que acepto vivir sea mejor que ellos, porque quiero pensar que es posible la redención y porque pienso también, que guardar nuestros fracasos como sociedad en un armario con cien vueltas de llave no hace sino empeorar las cosas, como cuando dejas por resolver y para otro momento el desorden del trastero , como cuando tapas con un cuadro el deterioro del muro. Cuanto más tiempo pasa, peor será lo que veas al abrir la puerta, al desplazar el lienzo. Y esa mierda va comiendo lo que sí vale, puede acabar comiéndote, comiéndonos. No, no es ese el modelo que quiero darme, porque sabe a cobardía, a asunción de incapacidades, a huída y yo quiero tener esperanza, elijo seguir creyendo en la especie humana pese a todo.

     No me sirve el relato de quien argumenta que es por previsión.Hoy en vigor,  no ha servido  para impedir que suceda lo que sabemos, no tengo porqué creer que los futuros asesinos sí se sentirán acobardados por ello. Ningún asesino piensa en la pena de después, todos están ocupados en su ahora.

     Yo no quiero que mi sociedad y mis políticos se ocupen solo en su ahora, no quiero que sean yo en mi peor yo, para eso no necesito intermediarios.Por eso, elegí no ser verdugo de mis propias causas, ni juez en ellas. Por eso acepto que la norma se deje a manos de personas que deberán ser más equilibradas, más constructivas, más justas, de ello viven y por ello les pago a través de mis impuestos. La otra opción, la que yo no quiero y cabe plantearse, es encomendar la venganza a equipos de sicarios o armarnos nosotros mismos contra ellos. Tampoco parece que ese método haya resuelto nada.

     Es mentira interesada que los condenados puedan salir en nada si alguien no se esmera en que así sea, lo que es más cierto es que para la víctima los años no pasan, nunca es tiempo suficiente para curar el daño, porque es daño incurable. Se aprende o no a convivir con esas cicatrices, pero siguen ahí, tenemos que saberlo.

     Con la ley actual, excluída la PPR,  no cabe evaluación posible antes de 20 años para las penas de 40 (2/3 de condena cumplida antes de la primera evaluación) y caben  al menos otros 20 de alejamiento de las víctimas. Esa es la norma a la que deberán someterse quienes a fecha de hoy han de ser juzgados por asesinato y, como se sabe, las penas no tienen efectos retroactivos así que, si algo había mal respecto a casos anteriores, cambiar la ley ahora no va a devolvernos nada. Lo que no se dijo o hizo en su día, no va hacerlo una norma de dudosa constitucionalidad y más que dudoso sentido social.

     Si las evaluaciones fallan, que temo lo hayan hecho varias veces, el esfuerzo deberá encaminarse a esos exámenes, a esos equipos evaluadores, a esos tribunales. Pero sepamos algo, aún así, mejorando en la redención,  es IM-PO-SI-BLE evaluar la peligrosidad de alguien en forma objetiva e infalible. Vivir tiene riesgo, por definición. nadie puede asegurarnos la ausencia total de error ni en un año ni en doscientos.

                                  -II-
     Hay calles por las que asusta pasear. Hay escalofríos privados y secretos en los subterráneos, en las estaciones de metro a las llamadas deshoras- ¿Por qué unas llevan prefijo y otras no si son todas tiempo?- Hay cautelas y trucos para ciertos riesgos que no deberían enseñarse a nuestras niñas, pero siguen ahí, en el acervo cultural de madres, hermanas, tías y abuelas.

     Acaso porque tuve que trotar pronto sin esas manos tutoras, no aprendí que debía temer lugares, compañías y usos. Por contra, fue la propia vida quien hizo que me precaviera de bastantes cosas. Creo haber conseguido, sin embargo, o al menos he intentado, no transmitir el miedo a mi hijo, acaso arriesgándome a que lo descubra por sí mismo -Los niños varones también corren sus riesgos- pero de lo que sí estoy segura es de no haberle enseñado a provocarlo en otros y me cuesta entender este mensaje de quienes culpan de todo a nuestra sociedad machista como si eso de sociedad fuera ajeno a ellos, como si hubiera sido inevitable hacer hijos matones, chulescos, abusones, violadores. Como si esos hijos no hubieran pasado por unas madres, tías, abuelas durante años.

     Por eso me preocupan, a la vez que agradezco, estas mareas de hembras enrabietadas por una sentencia. Es como si los miembros del tribunal se hubieran generado de la nada y todas fuéramos de siempre libres, igualitarias y magníficas. Puestas a exaltar nuestra grandeza de féminas, las hay que hasta aseguran que la magistrada, miembro -o miembra como le gusta a algunas- del tribunal sentenciador, no estaba a favor de la calificación que al final se ha dado al delito de Pamplona -Quizá sea cierto, pero no me suena veraz. Si así hubiera sido, qué menos que un voto particular bien argumentado por su parte. No voy a extenderme en ese aspecto- Digo que me preocupan porque a la postre, como hace un par de meses otros hechos, el asunto se saca a las calles de la peor manera, con sed de venganza y con poco más por parte de los ciudadanos, pero con un muy buen cálculo por parte de quienes llevan tiempo interesados en seguir cambiando nuestro Código Penal para sus usos.

     Bienvenidas sean  la toma de conciencia, las voces de alerta, los basta ya y el apoyo a las víctimas. Cuidado y distancia para las ocurrencias ganavotos. Cualquiera que ahora mismo nos vende los ojos de violeta con la bandera feminista para colarnos un cambio de leyes, como quien  hace dos meses se erigía en defensor de la infancia envuelto en azul turquesa, está usando nuestra rabia para sus fines. Ni es cosa de banderas, ni las leyes son tan confusas como para que no hubiera cabido otra sentencia. La prueba es que a poco que ponga oído, una puede saber que hay magistrados que discrepan de este resultado, que ni en el tribunal ha existido la unanimidad, aunque fuera para mal.

     Lo que creo que ha sucedido, que viene sucediendo y "la sociedad"- ese ente al parecer ajeno a todos nosotros y que nadie sabe cómo llega hasta las cosas- ha permitido, es que en puestos donde se deciden cuestiones sustanciales vayan situándose personas inadecuadas, más por amiguismo o razones espurias que por razón de autoridad. Ha sucedido, que no solo no se ha reciclado y dotado a la judicatura conforme a la evolución social, sino que se la ha ido enquistando y sometiendo a los designios de quienes ni quieren, ni necesitan justicia, nunca la han necesitado, y si fuera por ellos, la eliminarían o la privatizarían del todo (ya andan en ello). No digo que esta sentencia la haya dictado el gobierno, no lo creo. Digo que llevan tiempo poniendo las condiciones para que puedan ocurrir la sentencia y su respuesta y para que, a continuación, puedan llegar ellos con su bálsamo de fierabrás.

     No sé cuanto necesita cambiarse el Código Penal, creo que no tanto como alguno dice, más aún si recordamos que el actual partido en el gobierno ya efectuó una amplia reforma en 2015 en la que se excluyeron varias reivindicaciones feministas, pero si sé que solo reformando las mentalidades dejarán de ser habituales los juicios sobre si llevamos o no refajo y cinturón de castidad -duda que también se plantean a menudo demasiadas mujeres-dejara de ser habitual que esas y otras prendas sean necesarias para andar por el mundo con sosiego.

     Solo  E-DU-CAN-DO, volviendo a educar y reeducar cuantas veces se haga preciso, será menos posible que un juez, cualquiera que sea el código que aplica, se plantee la duda de si la víctima era bastante víctima o cabría que lo hubiera sido aún más y esto no es lo que me están ofreciendo los pescadores en este río revuelto. Muy al contrario.

     Lo que me ofrecen, siguen en ello también ahora, es un modelo social de incultos, pacatos, acríticos, que les dejemos hacer a ellos que todo nos lo remedian, que velen por el buen pensar controlando los medios, las quejas, los enemigos, los derechos, las leyes y cuanto les sigamos permitiendo como sociedad. Abrir la puerta a nuevas leyes en el modo en que se plantea hoy, como ya nos hicieron con otros miedos como el miedo al terrorismo, es abrirles la puerta a que vuelvan a hacer de su capa un sayo y la verdad es que entre sayo y cinturón de castidad, me quedo con ninguno.

     No compro. Repito, como decía, no quiero que la mierda pueda acabar comiéndonos. Yo quiero tener esperanza, elijo seguir creyendo en la especie humana pese a todo. Cualquier otra cosa no será en mi nombre.


   

JUNTOS Y REVUELTOS

     Así que las mujeres que dicen representarme y defender mis derechos, se descuelgan con una manifestación perfectamente organizada en cuya cabecera y primeras filas se impide la presencia de hombres. Una convocatoria clara y detallada que insiste en que ese inicio es "ESPACIO NO MIXTO". Lo que no excluye, claro, es la ineludible batucada tras la que ya no importa quien se ponga. Mi respuesta de mujer- alienada por el patriarcado, imagino- es: Ni de coña contéis conmigo, moninas  . Y me sale así, despectivo e incluso un poco machirulo si lo quieren. ¿Podemos permitirnos excluir cómplices y relegarlos a un papel de segundones florero cuando lo que decimos estar reivindicando es la igualdad? Estoy segura de que no y por eso me espanta que esta campaña, a la que los sectores más inmovilistas del país están tachando de excluyente, resulte darles la razón con detalles como éste. 

     No, claro que no puedo compartir los argumentos de señoras como Cristina Cifuentes o Inés Arrimadas. Entre sus eslóganes y mis ideas media un océano de distancia, pero lo triste, lo trágico si se me permite, es que no hallo menor distancia con convocatorias tan chupiguay como la que nos ocupa. Os habéis pasado de frenada, compañeras. Lo siento. 

     Siendo niña y estando en casa de unos tíos, acerté a vislumbrar en la tele-aún en blanco y negro- a una señora que me resultó entonces desagradable, malencarada y gruñona, sin que hoy consiga recordar ni una sola de las palabras que decía. El programa podía ser "La Clave" o una de aquellas entrevistas de Soler Serrano... tampoco eso lo recuerdo. Sí me quedó grabado, para mí que empezaba a tomarme interés por las cosas de los mayores y a pensar bastante fuera de norma, el desagrado y el nombre de la persona: Lidia Falcón que, ahora sé, fundó el Partido Feminista y ha sido activísima en las reivindicaciones políticas en general y femeninas en particular. Seguramente tengo algo que agradecerle a ella y a sus compañeras y, seguramente, mucho de cuanto ahora puedo se deba a personajes como el suyo, pero aún hoy, cuando la veo o la escucho, prevalece el desagrado, el impacto de aquella primera vez que, pudiendo haber sido un deslumbramiento-como lo fueron otros hallazgos de aquellos días- resultó en todo lo contrario. Algunos años después entré en contacto con el llamado MOC (Movimiento de objección de conciencia, antimilitarista) nadie me pidió cuentas porque fuera una cría o porque yo no estuviera obligada al servicio militar. Al contrario, me animaron a participar en cuanto tuviera ocasión... Vienen a cuento estos recuerdos- cada cual tendrá los suyos, que seguro difieren de los míos- a los modos de proceder en estas luchas, que, clandestinas o a cara descubierta, deben aún darse si se pretende una sociedad más justa. No sobra nadie que esté dispuesto a empujar el carro. 

     Al igual que en mi recuerdo infantil, muchas mujeres, pretendidas portavoces de lo femenino, me dejan percibir en sus modales un rencor que tizna su mensaje. Teniendo claro que la mayor parte de cuanto apuntan coincide con mi esquema de sociedad, me tengo que obligar a un esfuerzo de posibilismo y empatía para seguirles la conversación. No me cabe duda de que también ellas habrán vivido sus experiencias de aplastante patriarcado, sus malos tratos visibles o encubiertos, el paternalismo malsano que tantos hombres practican- a menudo sin apercibirse- pero en sus apriorismos, en sus malos modos, en sus generalizaciones, percibo antes el afán de venganza individual y privada que el deseo de progreso y de justicia. Así las cosas, me es tremendamente difícil sintonizar y lo peor es que creo que no soy la única. Han pasado demasiados años y demasiadas cosas en nuestra sociedad occidental como para que sigamos siendo más capaces de ahuyentar a patadas a un compañero que de enfrentar efectivamente al enemigo y éste, claro está, vuelve a aprovecharse de ello una y otra vez.

    Así que Brazoleño, un año más, seguirá defendiendo otros modos de hacer donde ni los genitales ni el cariotipo  determinen el papel de cada cual en esta sociedad, menos aún el papel que ha de jugarse en una manifestación, por ello mismo, no estaré el 8 de marzo en la calle, ni delante ni detrás de la batucada. Para nuestro mal y-como he dicho- hay tanto por hacer que seguro que no nos faltan espacios donde reivindicarnos sin que los hombres honestos y progresistas sobren, donde de verdad, ese neologismo peyorativo de "feminazi" no se vea respaldado por hechos y donde, a la postre, no estemos engordándole el caldo a los mercados. Nos reclamo juntos, revueltos y lo que fuera menester. ¡Pue faltaría más!

INCLUYENDO LA INCLUSIÓN


     Son ya  años  de leer y de intentar  comprender, de acercarme a un cierto modo de ver de mis congéneres, las supuestamente más afines por aquello de que, además de pertenecer a la especie- que no raza- humana, comparten también conmigo el haber nacido en el seno de la cultura europea y el llevar en sus cariotipos un par de cromosomas X.
Pero debo admitirlo, no logro que esto del llamado lenguaje inclusivo acabe de entrarme ni por la razón ni por los ojos. Comienzo por el propio adjetivo. Acostumbrada desde siempre al participio presente “Incluyente”, al que atribuyo no solo “capacidad de” sino la condición de actor que ejecuta la acción de incluir (que se supone que es lo que pretenderíamos con él) y que sin que yo sepa por qué va siendo erradicado de los decires de las féminas más doctas que yo en esto de la igualdad. Reitero ¿Por qué inclusivo y no incluyente? ¿Es imprescindible?
Continúo precisamente por la igualdad ¿Pero de verdad queremos igualarnos? Yo lo que pretendería sería otra cosa, pero  ya digo que soy poco dotada para estas cuestiones, así que acuden en mi ayuda cada lunes y cada martes decenas de amigas, de articulistas sin fronteras y de activísimas criaturas de mi género que tienen que explicarme que sí, que es imprescindible y que además, para visibilizarnos  tenemos que pelear contra el lenguaje sexista, contra los micromachismos del vocabulario y contra otras varias decenas de cosas terribles que yo, ingenua de mí, pensaba que se combatían de otras formas y empezando por lo sustancial.

     Casi siempre, después de sus sesudas explicaciones, sueño con hordas de “oes” que persiguen y acorralan a las “aes” en los pliegues de los diccionarios,  de taimados adjetivos que se disfrazan simulando su indefinición para zascarnos luego su carácter dominador y de otra variopinta, desasosegante  y numerosa biota lingüística poblando nuestro pobrecillo idioma, tan irresponsable él y tan cómplice. Luego se me pasa, también les digo. Cuando mis neuronas de fémina adocenada por la educación del patriarcado comienzan a situarse, entiendo que semejante delirio es más propio de ocurrentes que de personas ocupadas en las defensas sustanciales. Lo que me desasosiega es que descubro que la ocurrencia ha calado incluso en mujeres a las que considero serias,  capaces y combativas y a las que admiro en otros menesteres de la vida- y de la lucha-. Podéis imaginar mi frustración. Llego a temer que el leñismo  esté atacandome no solo a los miembros, sino al propio cerebro. Igual va a ser eso.

Empiezo entonces a recordar los otros idiomas que he tenido que aprender, el inglés, por ejemplo, donde no solo no se distingue género en muchísimos de esos sustantivos que nos acongojan, sino que incluso se ven afectados determinantes y adjetivos por propia norma. Me digo que eso debe ser porque los british, como son más avanzados, no necesitan esto de la visibilización lingüística exhaustiva y tal, pero también se me pasa, porque recuerdo todo lo que ahora han destapado del acoso, las reivindicaciones de actrices y cantantes famosas sobre el trato desigual, los vestidos negros, las rosas blancas las etiquetas MeToo... Visibilizar a fin de cuentas, luego no es esa la cosa.

     Una servidora no es muy docta en marketing y tal, pero como ya tengo unos años, me toco hacer algún curso y soy con toda seguridad objeto de estas desigualdades, procuro observar y tomar notas para mí misma. Si algo me ha quedado meridianamente claro es que cuando una reivindicación se hace incómoda, folklórica  y compleja no solo tarda en calar, sino que genera rechazo en muchos potenciales apoyos y que otros muchos se quedan en lo superficial sin acudir a la sustancia. Me da por pensar que una buena parte de  los usuarios de arrobas, equis, barras y otros recursos pueden ser ese tipo de personas que pasan horas y horas ante una pantalla de ordenador o de teléfono móvil y que en otros contextos suelen buscar  el modo de acortar sus mensajes y reducir caracteres, pienso también que este modelo resulta casi imposible de verbalizar fluidamente con lo que esa transmisión oral  se complica, se torna “anti- comunicativa”. Vaya, que parecen olvidarse de aquello de que el transmisor y el receptor deberían disponer de un código común. ¿Dónde está entonces la ventaja? Pienso también en mis pequeños alumnos de infantil y primaria, en su dificultad para escribir, para aprender la diferencia entre masculino y femenino que igual podría aprovecharse para explicar cosas sugerentes en lugar de dificultarles aún más su aprendizaje con adición de signos de uso complejo o duplicidad en el nombre de los meses del año, sin ir más lejos.

     Me resulta jocoso (y de esto algunos lectores no tendrán ni idea, pero está ocurriendo) que mientras los taxónomos se aprestan a sustituir las aes de los nombres científicos latinos (Chloroptera por Chloropterus, Personata por  Personatus, etc.) demostrando una escasa cultura de lo latino y sus reglas gramaticales y una falta de ocupación en otros menesteres sustanciosos, lleguemos las féminas a colocar a esas aes exiliadas en otros lugares denotando quizá parejo desconocimiento y ociosidad. ¿Podríamos unos y otras empeñar nuestras mentes en cuestiones menos enjundiosas pero más efectivas? Me temo que sí, pero que no es lo que interesa.
Lo resumo facilito: bienvenida la defensa del ser humano en su plenitud,  la no aceptación de lo segregador (o segregante), de lo violento y de lo sectario, pero lo demás son ganas de hacer que hacemos para seguir, en el fondo, sin entendernos.


#MeNeither


   Un personaje que probablemente representa a una mujer, se nos muestra desnuda y sonriente con el solo escondite de un antifaz amarillo y un sombrero. Con una de sus manos señala a otras manos-que a mí me parecen estratégicamente ubicadas para cubrirle sus partes pudendas-jugando al "piedra-papel-tijera" por delante de ella ; casualmente o no tanto, tales manos tienen los colores de tres partidos políticos. La segunda mano de la supuesta moza hace una peineta digna del mejor Bárcenas. 155 sombras, se titula el dibujo que pretende ser un anuncio para carnaval.Se me ha ocurrido opinar que no entendía el exceso de escándalo y, menos aún, que una ministra que ha reducido drásticamente su atención a la ley de igualdad se permita opinar sobre un asunto municipal como un concurso de carteles en los términos en que o ha hecho. Ya se imaginará quien lee, se me han echado encima con argumentos del tipo de "sierva del opresor" "tío con défitit de encuentros sexuales" y otras maravillas de la dialéctica. Donde yo veía lo que he descrito, ellas ven una pobre señora sometida al tocamiento de desconocidos, a la violencia implícita  y expuesta al escarnio más atroz (Eso me lo ha explicado luego otra interviniente).Supongo que me faltó inteligencia para apreciar en un dibujo casi naif tantos daños o que mi mente es bastante menos retorcida que las suyas. ¡vaya usted a saber!
El cartel ha acabado censurado, pero la realidad es que me apetecía explayarme sobre un asunto que como mujer y como ciudadana me afecta y este puede ser un pretexto tan malo como cualquier otro.

   Después de semanas leyendo sobre la campaña #MeToo, sobre los supuestos desencadenantes y sobre la aparente obligación de toda mujer que se tenga por tal de secundarla, después de semanas, digo, echaba en falta algún contrapeso, alguna ligera duda. Por eso, cuando hace  pocos días pude leer sin filtros ni traductores,  la carta de Deneuve y otras féminas francesas, me dí a ello con interés. Tampoco acabé de encontrarme reflejada, debo reconocero, pero admito que me reconfortó el que, cuando menos, alguna mujer adulta y bregada osara poner en duda el bienpensar que nos llegaba desde los USA con la misma eficacia que hace pocos años nos llegaron las cincuenta sombras de Grey. Ni la supuesta osadía de aquellas, ni este pretendido reconducimiento de las cosas han conseguido en mi caso más que afirmarme en laconvicción de que aquella es una sociedad pacata, puritana en su fondo (como cabía esperar viniendo de donde viene) y muy infantilizada. De ahí que los estereotipos, las simplificaciones interesadas y las campañas bien aderezadas puedan prender allá con mucha mayor facilidad que la reflexión, las multiplicidades y las salidas de cuadro. ¿Qué se puede esperar de una sociedad que hace motivo de escándalo y conversación recurrente un pezón y lo lleva hasta el punto de modificar para futuro el desarrollo de un evento televisado?-Recuerden a Janet Jackson en la Superbowl- o que es capaz de plantearse si los muñecos de los Muppets son o no gays y pueden perjudicar a la tierna infancia? Yo, desde luego espero exactamente NADA, aunque sí respeto, admiro y valoro la labor de algunos individuos de aquella sociedad.

   Lo que me es más trabajoso es admitir que en esta nuestra veterana Europa, más acostumbrada a filosofar y matizar las cosas, hubiera prendido tan ardientemente esta oleada. Como mujer, como ciudadana, como persona, me espanta que la moda se lleve por delante lo esencial.

   No puedo posicionarme, y nunca lo haría, a favor del acoso ni de la violencia, Militaba contra ella en esta tierra desde antes de que  ello fuera tendencia- a lo sumo tendencia a la cárcel- pero de ciertos relatos de estos días sí que me siento enormemente distanciada como persona y como mujer. Si usted, señora o caballero, se sintió mal con estos actos y así lo manifestó, si pese a ello la otra persona persistió, es un patán, un impresentable y una escoria, si era usted demasiado joven o no se encontraba en condiciones de manifestarlo y la otra parte lo sabía,incluso se aprovechó de ello, también. Pero dejémonos de cacerías irreflexivas, de tiros al blanco y limpiezas orquestadas. Como todas las anteriores, ésta podría llevarnos demasiado lejos y dejarnos demasiados daños colaterales.

   ¿A nadie sorprende que en estas denuncias masivas, en estos relatos no hayan aparecido mujeres acosadoras sean hetero u homosexuales? ¿Es que no las hay? ¿Es que no hay mujeres machistas? No se mientan, existen,  de ambas clases, lo sé, de hecho, si me adhiriese al dichoso #MeToo tendría que citar a alguna, pero como el asunto lo zanjé en su momento, no lo haré hoy. ¿A nadie sorprende el elogio generalizado al discurso de Oprah que, si no acosadora sexual, no tiene precisamente fama de blanda entre sus empleados? Cito solo dos de las centenares de dudas que se me van planteando cada vez que alguien me invita a la fiesta.

   A mi entender, focalizar en lo sexual o en la pretendida relación de pareja-siquiera ocasional- lo que es un mal de nuestra cultura y de nuestra sociedad es un mal comienzo. Si puedo asumir que vivo en una sociedad machista y necesitada ya de cambio hace siglos, tampoco ignoro quienes educan mayoritariamente a los hijos: sus madres y sus sacerdotes (que también han educado a aquellas y que, a su vez, educaron hijos sacerdotes en una retroalimentación que se pierde en la noche del cristianismo que, no casualmente se origina en una concepción asexual- o zoófila, según quien lo valore- o aún antes, en sus antecedentes judaicos). Esta es la primera cuestión. Y ambos sectores, madres y sacerdotes, proponen en su mayoría un enfoque culposo de pulsiones y apetencias, de ello resulta una represión que cada cual gestiona como puede o rompe, a menudo por muy mal sitio.

   Por otro lado, esta sociedad asienta otras de sus patas en doctrinas sociales y económicas que promueven la prevalencia del más fuerte, la competitividad y el individualismo como valores esenciales. Así las cosas, el ciudadano tiene que imponerse, ser líder de su manada pequeña, mediana o grande cueste lo que cueste. En ese costo, por supuesto, se incluye la acción violenta, aunque el violentador no siempre acuda a su cuerpo físico.Y al hablar de manada estamos refiriéndonos a algo mucho más próximo a cada uno de nosotros que la denostada banda de San Fermín. Manada, oiga, es su familia, su grupo de amigos o su entorno de trabajo. Empiecen a entenderlo si no lo sabían ya.
Si el niño no responde a los modelos lo mandamos a campamentos- paramilitares aunque lo escondan con denominaciones más sugerentes- y hay quienes incluso añoran el propio servicio militar como pretendida respuesta a demasiadas cosas. El ejército, esa estructura secular donde no cabe la reflexión ni la duda ni la diferencia, será la solución. Así, aumentamos gastos en armamento, mientras suprimimos la filosofía y las artes de los planes de estudios y pretendemos IM-PO-NER la buena conducta, no hacer pensar sobre su conveniencia. Si la diferencia genera conflictos en la escuela, no promovemos la empatía, ponemos uniformes a los niños. Escondemos o vapuleamos (física o psicológicamente) al diferente, al libre, al creativo.¡Hasta la creatividad pretendemos estandarizar! En resumen, la violencia lo es a pesar del género y diferenciar unas violencias de otras llevaría a concluir que algunas podrían ser buenas.Llego a temerme que esa sea a veces la intención.

   Con respecto a lo que llamamos machismo me he pronunciado a menudo y redundo en ello. El modelo da prevalencia al varón en casi todo y donde no se la da directamente, lo aparta, así, a saco (No se llora, no se viste de rosa, no se juega con muñecas, no se practica la gimnasia rítmica, no puedes ser reina de las fiestas, ni llevar vestidos de tul...) Es curioso que veamos micromachismos a cada paso y no seamos capaces de apreciar la macroestulticia general de ciertos enfoques. Queda mucho por corregir, pero si va a ser así, conmigo que no cuenten. Reclamo mi derecho a la diferencia. No quiero ser igual, quiero que no importe ser diferente y que no se me imponga lo que puede ser elegido

   En esta línea, retomo el asunto del dichoso #MeToo y sus colaterales. Es muy sencillo de explicar: Lo que dos o más personas libres, en igualdad de posibilidades y con pleno conocimiento de las reglas de SU juego aceptan, bueno es. El resto, no importa qué medio de coerción sea usado para ello, me tendrá enfrente. Que un hombre me mire, que no atine a convencerme, que le gusten cosas que no me gustan, no son per se delitos ni motivos de otra cosa que un NO educado y tan respetuoso como el respeto que espero de él, si el avance continúa, entraremos en lo intolerable, no importa si es sexo u otra cosa, pero lo decidiré yo, no un ejército de bienpensantes. El acoso es acoso, no necesita colgajos ni léxicos ni orgánicos para ser despreciable, pero no es acoso todo lo que se le ocurra a un oscuro establishment en su despacho de maquinar tendencias.

   Me encanta disfrazarme, soy un disfraz perpetuo, puedo llegar a parecer un árbol de Navidad y sé que a veces, mi disfraz puede resultarle confuso al otro. Apoyo ese #NoEsNo, pero no condeno la confusión del otro si respeta mi negativa. Del mismo modo, querría que se respetara cuando pueda decir sí, cualquiera que sea el disfraz del de enfrente ¿Estamos también en eso? Ahí mis dudas.De condenar una conducta inaceptable pasamos a repudiar la obra del acosador, la pretender modificar las creaciones nacidas en otro tiempo y en otro contexto, a satanizar cuanto ha pasado por sus manos o su cerebro. Ahora resulta que ni Woody Allen, ni Polansky son tan grandes cineastas, ni Kevin Spacey tan gran actor ni cosa parecida.Sería como denostar como autor a Lope de Vega por ser mujeriego, sacar a Caravaggio de los museos por pendenciero y depravado... De esto ya tuvimos en otros tiempos. En segundos hemos pasado del "Los trapos sucios se lavan en casa" a sacar las coladas llenas de mierda a la plaza para limpieza pública y colectiva ¿No recuerda a algo?¿No suena inquietante?
No, no todo vale en la lucha contra el mal, que existe, ni siquiera cuando lo denuncia Oprah y la aplaude Meryl Streep. Yo estoy en otra cosa.  Yo TAMPOCO.



Mi república

Acudí a una de las pocas celebraciones familiares que aún practicamos. Tres generaciones, que rara vez coincidimos, procuramos acudir a esta cita anual. Teníamos una mesa reservada en un salón estrecho y alargado. En el otro costado, una mesa algo más larga esperaba a sus ocupantes.

Apenas habíamos comenzado a pedir nuestros platos cuando llegaron los vecinos. Ruidosos,exhibiendo todo el muestrario de mercaderías que pueda caber al asunto.Gorras, muñequeras, insignias, mochilas, coleteros, anoraks,y, por supuesto banderas desplegadas a tutiplén. En su búsqueda de acomodo empujaban nuestras sillas zarandeaban e interrumpian la labor de los camareros que se esforzaban en encontrarles sitio. Los miembros más jóvenes de nuestro grupo miraban sorprendidos y sin entender, en tanto que los demás nos mirábamos con media sonrisa.
Tras más de un cuarto de hora de revuelo pudimos continuar con la comida.A los postres nos sirvieron una voluminosa tarta de cumpleaños con un rotundo 90 en lo alto. Alguno de nosotros inició un tímido cumpleaños feliz y los demás lo secundamos. Los ocupantes de la mesa vecina, algunos puestos en pie y tratando de bailar sus banderas, comenzaron a dar vivas a la república, incluso intentando subir sus voces por sobre nuestro cántico de felicitación.

La  más joven de mi grupo, sentada junto a mí, preguntó a su hermano qué era la república y acabó de rematarme. No en vano, creo pertenecer a una familia donde ese concepto está más que vivo, podría afirmar que su abuelo, de haber estado presente, hubiera sentido un agudo dolor, pero acaso me confundo... Enseguida el hermano mayor, sentado enfrente, comenzó a explicarle que la república era más o menos el gobierno de los rojos y esas cosas -¿No los ves?- Dejé a un lado mi tarta y quise explicar a ambos que república significa otra cosa, en esencia que el cargo de jefe del estado sea elegido y no heredable, que hay repúblicas muy de derechas y que incluso en aquella república que los escandalosos vecinos parecían festejar, hubo personas extremadamente conservadoras. Me miraban como a un bicho raro y pronto volvieron a sus propios pedazos de tarta. Los  de enfrente continuaron por un buen rato con su festejo reivindicativo.

De vuelta en casa pensé en ese muchacho, ya concluido el bachiller y empezando a ser adulto, con una tan confusa idea de lo que podría ser un gobierno alternativo en un país europeo o, cuando menos, de lo que ya es gobierno en la mayoría de paises. Pensé en sus mayores y en los míos, algunos de ellos han sufrido en sus propias carnes la lealtad a un modelo que se consideró ilegal y punible por muchas décadas, hablando en voz baja, intentando simular ante nosotros una normalidad que no era tal hasta que fuimos nosotros mismos, los de mi generación, quienes comenzamos a mover ficha, a preguntar con insistencia, a reclamar un trocito de aquella herencia familiar que andaba recogida en los cajones... Y pensé también en aquellos comensales, me sentí tan alejada de ellos, de su estridencia inoportuna, de su necesidad de imponer su cántico sobre el nuestro que, a fin de cuentas no tenía porqué ser enemigo...¿Qué conclusión podía sacar aquella muchacha respecto de ellos y de lo que defendían?

Llegué a sentirme mal conmigo, como si un punto de extraño clasismo se hubiera adueñado de mí, pero volví a recordar a los míos, que nunca fueron maleducados molestando a una familia. Volví a recordar a los amigos de mi padre y de mi abuelo, a sus parientes y vecinos militares, sacerdotes algunos, todos respetuosos entre sí y con ellos, todos apreciados en sus enormes divergencias...Todo tan lejano de aquella representación estridente y vana.

Uno de los mayores logros de los enemigos de la república ha sido hacer que sea percibida como la sintieron estos jóvenes el día del cumpleaños, como algo incómodo, de un folklorismo grotesco, sin sustancia, con regusto a moho y naftalina  En los tiempos del instagram, la república y muchos reivindicadores salen mal en las fotos  y se hacen propaganda en contra porque la rabia mal gestionada se saca en procesión fuera de tiempo, incomoda en lugar de convencer. Los republicanos de charanga y pandereta, los sectarios, tienen que ser contados, por desgracia, entre esos enemigos de la causa. No es esto, compañeros, no es esto.

Defender una república no es cuestión de hooligans, de believers o de cualesquiera otros exhibicionismos superficiales. Cierto que un símbolo identificador dice mucho en momentos en los que decir es complicado. Pero por sobre todo debe quedar la sustancia. La memoria de tanto silencio impuesto no debería distraernos de lo sustancial, los hechos diarios. Si mi abuelo y sus hijos me contagiaron las convicciones no fue por la vía del acoso, sino por la actitud constante en el ejercico de la equidad, del respeto al otro, de la reflexión y de la escucha. Si quiero que esta tierra sea un día república no será para reponer banderas tricolores y seguir en el mismo marasmo, sino precisamente para que esa bandera cobije unos modos de hacer diferentes.

Ese jueguito de distraer con los símbolos está ya muy usado, aunque parece que sigue calando. La venta de frases de Gandhi o de posters del Che, por ejemplo, es aún mercado floreciente, pero nos cansa acudir a votar con demasiada frecuencia-siempre que no sea online para elegir quién se queda en el reality de turno- Protestamos por leyes que la mayoría no ha leído y nos dejamos hacer luego con la malsana cantinela del "son todos iguales". Yo sé, lo vivo, que no son todos iguales, pero averiguarlo y actuar en consecuencia requiere esfuerzo, convicciones asentadas en lecturas, información y reflexión, sacrificios y renuncias varias, incluso reenfoques y matices pero sobre todo, implicación en la gestión de lo nuestro. A muchos no les sale a cuenta, así que es fácil ponerles a mano un par de objetos coloridos, decirles que eso los representa y que salgan al mundo a alardear de ello. Así tenemos a los seguidores de un club de fútbol, de un cantante pop o de un partido político, así logramos que a los jóvenes les carguen las batallitas de los abuelos o las toleren como parte de su deterioro cognitivo, logramos que una enorme cantidad de españoles de las actuales generaciones desconozcan cuántos intelectuales e idealistas murieron o debieron exiliarse no por un trapo con mejor o peor combinación estética, sino por lo que con ese símbolo se pretendía representar. Quienes pueden apalear a otro porque lleve un escudo del Betis o que son incapaces de apreciar lo bien que juega  alguien con camiseta que otros colores, tienen muy fácil menospreciar a cualquiera que no cante su himno o al que ondee banderas de otros tonos. Y en ese despiste, los enemigos de todo y de todos siguen a lo suyo tan a gustito.

Puede ser saludable reunirse con los afines y reconfortarse, darse sustento emotivo. Pero ese sustento no debería ser contra los no idénticos, sino a favor de nosotros mismos.

Mi bandera es tricolor en tanto que recuerdo y emoción, pero lo que me importa, por sobre todo, aquello a lo que aspiraré no se resume en cantar desafinando un cántico, en vociferarlo más alto que otros cánticos sino en hacer humanidad y tratar de tener claro que mi enemigo, por usar un lenguaje sencillo, no es quien lleva otra bandera, sino quienes nos vendieron ambas y, a la postre, las usan para vendarnos los ojos con ellas.

A UTERAZO LIMPIO

La periodista escribe desde una cierta humildad y su tono es ecuánime. Aunque no comparto el punto de vista, lo entiendo. Periódico digital cualquiera de hoy u otro día. Donde comienza el desbarre es en las respuestas. Mujeres adultas, como poco alfabetizadas , que comienzan su retahíla de reproches, moralinas y enjuiciamientos a terceros con total convicción de su verdad, de su progresismo indiscutible, de su bienhacer y mejor pensar...Y aquí una, que solo es dueña de sus dudas y de sus muchos errores, empieza a sentir de nuevo que lo suyo no debe ser de este mundo... y se pone a escribir.

Es cierto que el útero femenino es capaz de albergar nueva vida, pero no lo es menos que sin la correspondiente aportación de un varón, semejante hazaña es imposible-salvo que una crea en espíritus santos, que no es mi caso- Así pues, se trata solo de una cavidad corporal necesaria para funciones concretas, punto. Pero mis congéneres femeninas, esas que claman por sus derechos y los de todas nosotras, han encontrado en ella un recurso de poder inquietante y sobre todo, un recurso de manipulación que  me pone demasiado a menudo enfrente de muchas de sus formas de reivindicación.

Disponer de útero y tetas no ha hecho de mí mejor persona, ni más capaz para ninguna otra cosa que no sea gestar, si se diera el caso. ¿Por qué debería el hecho de tenerlos hacerme mejor legisladorA, educadorA, inspectorA de Hacienda o ninguna otra de esas tareas que ejercemos los humanos en la civilización occidental? ¿Dejarán de ser magníficas las juezAs sometidas a histerectomía o simplemente llegadas a la menopausia? ¿Y qué sucederá con las astrónomAs, las arquitectAs o las dependientAs de perfumería que superen los sesenta?  Si este órgano nos hace tan especialmente capaces, no debería perder su funcionalidad antes de la muerte, ni esperar años para ser plenamente operativo ¿O me estoy liando?

Hemos pasado del relato incierto de que la mujer no puede hacer X cosa al relato no menos falso de que las haremos incluso mejor que los machos. ¿Es que el útero es además un tercer cerebro? Digo tercero porque se conoce al estómago como segundo, pero igual reivindicando en serio y puestas a dar valor, tendríamos que decir que el cerebro es un segundo útero, ya que éste es el primero en todo...No acabo de verlo, la verdad. Igual  es que, después de todo, mi segundo útero funciona peor que el primero.

La mujer occidental actual, después de que sus antepasadas tomaran conciencia de que habían construido una sociedad desigual,  se lanzaron a redistribuir capacidades y poderes, lo cual estimo interesantísimo, pero se nos ha ido la mano e incluso el brazo y la vagina completos.  No conformes con esa paradoja altisonante de la discriminación positiva nos hemos puesto a otorgar superioridad a la matriz sobre cualquier otro órgano corporal. Y en alocada carrera, nos oponemos, indignamos y enjuiciamos por encima de nuestras y de sus posibilidades a quienes no comparten esta calificación.

Aceptaré para no liarme de nuevo, que el adjetivo "positiva" se refiera al signo más y no a lo benéfico de ningún modo de discriminar. Aumentamos porcentajes y presencia para “darnos visibilidad” en ciertos campos, diremos que como parte de un proceso pudiera servir, pero ¿Tenemos que liarnos a uterazos con todos y cada uno de los machos con que nos cruzamos en el camino? Es necesario colocarle el espejo de Venus a cada O y plantar la aroba o la x a cada sustantivo o calificativo del diccionario hasta convertir en ilegibles muchos textos y textas? ¿Es preciso inventarle nuevo género a aquellos que  de suyo no lo tenían? Por cierto, llevo varios párrafos escribiendo útero ¿No debería haber escrito úterA o úter@?

Tampoco conviene hacerme mucho caso. Soy persona que se crió casi al margen de modelos femeninos porque la vida me hizo así, tenía pocas al alcance y tampoco eran demasiado  entusiasmantes para una púber desnortada y rodeada de hermanos. En algún momento entre mi niñez y mi edad actual, tuve que tomar conciencia de tener matriz, senos y ovarios. La naturaleza me envió sus señales y no quedó otra que aprestarse a convivir con ellas por las siguientes décadas, haciendo espacio en mis cajones para ingenios más o menos incómodos relativos a mi aseo personal. Excluidos éstos, nunca sentí que esa parte de mi cuerpo fuera más valiosa que otra. O mejor dicho, si me pareció valiosísima, por lo funcional, mientras albergaba a mi hijo, es decir, mientras hacía aquello para lo que, según la ciencia, había sido dispuesta. Fuera de ahí, la verdad, no más que mi pantorrilla izquierda,  mi nariz o mis pulgares.

Las que se dan en llamar feministas a sí mismas y otras que se suman a la cruzada, parecen escandalizarse mucho más por el alquiler de vientres femeninos que por la compra de esperma para aquellas que desean ser madres o se indignan muchísimo más porque una señora decida usar su vagina a cambio de emolumentos que porque otra decida poner en venta su cerebro o su espalda para acarrear pesos. Observen que uso el verbo DE-CI-DIR. No me refiero, por supuesto, a la esclavitud, que me parece impresentable en cualquiera de sus formas, incluya o no el sexo.Temo que hayamos empezado a pensar con el útero o la vagina, tal como atribuímos al macho pensar con su miembro. No se me alcanza otra explicación. En resumen, como alternativa a la, con razón, denostada falocracia, pasamos sin despeinarnos a la uterocracia más intolerante.

¿No se nos habrá colado al final un poquito de esa moralina que tanto reprobamos? ¿Por qué ese mercado es MÁS pernicioso? Insisto, si salimos del terreno de la libre elección, yo misma me indignaré y saltaré contra quien utiliza a un congénere como objeto. Trato del otro asunto, de quien por su albedrío estima divertido, interesante o aceptable  hacer uso de algo que es suyo por sus propias razones y para su propia autonomía personal. Quienes salen a la calle gritando a voz en cuello el "Nosotras parimos, nosotras decidimos" resulta que son las primeras en repudiar a quien porque pare decide, pero no según el cliché habitual, sino por su propia cuenta ¿Por qué es perjudicial que una señora decida enseñarse, ceder su vientre o sus óvulos? Ya, ya, me conozco la cantinela del "Porque nos desmerece" "Porque nos pone a todas en el mercado"... es curioso que ninguna tema, por ejemplo, que una excelente filósofa que pone públicamente en uso su cerebro al servicio de X esté poniéndonos a todas en solfa o-hablando de solfa- Cuando una mezzo canta como los dioses un aria y cobra por ello ¿Por qué no nos indigna que use su garganta? No tenemos el riesgo de que nadie quiera por lo mismo comprar la nuestra. Pero ¡Ah! es el útero, la vagina, las tetas, eso que yo tengo y los machos no, eso que hace especial, deseable, el santo grial, la releche en verso y  vendrá un ejército deseando arrebatarmelo si otra hembra decide, insisto, de-ci-de, hacer de él un uso que no entre en mis cánones.

Pues aquí, esta humilde brazoleño, no suscribe las soflamas. No me siento representada por ese feminismo, no seré feminista, sino femenina y con un par... de ovarios. Lo que no me mejora ante otras femineidades-por ejemplo las psicológicas- Lo lamento profundamente, pero estoy muy convencida -¡Y cada día más!- de que mi liberación no pasa por sacudirle el útero en los morros a mi vecino ni por impedir que mi vecina elija usarlo como le plazca. Para quienes no están en esa tesitura, toda mi solidaridad y toda mi furia reivindicativa que seguiré ejerciendo. Lo demás son sectarismos, ansias de poder y supremacismo adornados a conveniencia. No cuenten conmigo. ¡Ni con mi útero!