"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."

Volver a las andadas

Brazoleño pierde las energías o la paciencia como el que más, así que por todo un año decidió abandonar la remada, dejarse estar sobre las olas. Esto no nos ha librado de temporales y marejadas, pero a nadie le importan. Suponiendo, que es mucho suponer, que puedan importarle a alguno los momentos de actividad.

Hoy sin embargo volvemos. Sin un porqué más válido que el de la jornada en que elegimos parar, con miles de porqués que nos hacen gritar real y figuradamente cada día.

Vamos a intentar darle un grado mínimo de regularidad a este invento, veremos dónde llegamos.

ENSEÑANTES (Adjetivo. Plural del participio activo de enseñar. El que enseña).


Llevaba meses pensando en escribirlo, pero siempre acababa dudando de que fuera pertinente. El domingo por fin lo decidí y hoy lo tengo aún más claro, no solo es oportuno, sino que es una deuda que debo saldar sin esperar más tiempo, por eso hoy, en el decimoséptimo día del quinto mes de esta nueva era, pongo en mi teclado y en mi pantalla lo que llevo en este corazón desordenado:

He tenido mucha suerte en esta vida, frente a quienes reniegan de los suyos, frente a quienes nada bueno pueden recordar, frente a quienes no pudieron siquiera tenerlos, yo he tenido maestros que merecerían todos y cada uno de ellos un espacio propio bastante más extenso que estos párrafos. Me enseñaron mucho, todo cuanto soy (y aún más que acaso no he logrado aprovechar) pero en estos tiempos en que ser maestro parece delincuencia o cuando menos actividad sospechosa, en que parece debiéramos asumir su condición de estafadores, de ciudadanos aprovechados de otros ciudadanos a los que depauperan y hacen menguar por su incumplimiento, yo debo decir que he sido enormemente afortunada, porque además de lo que podáis ver en mí, me enseñaron algo crucial para estos tiempos: Para enseñar  hacen falta dos cosas, una persona con ganas de guiar mostrando lo que sabe a otra con ganas de aprender, el resto es deseable, pero enteramente secundario.

Desde aquella primera maestra, madre, que me enseñaba las letras en los viejos periódicos sobre el suelo recién fregado y cuya sonrisa aún hace rescoldo, hasta cualquiera de los especialistas que hoy escucho en los congresos profesionales,  a todos aquellos que me han enseñado les une algo, su profundísimo amor por lo que saben y su profundo respeto por el resto de los seres humanos. Solo por eso yo he estado en la disposición de recibir y, solo por eso he podido recibirlo.

   Recuerdo mi primer colegio en el piso bajode 40 m en un bloque de viviendas en una barriada aislada del mundo, la cocina transformada en despacho de dirección, la mezcolanza de edades, condiciones y disposiciones de todos, padres, niños y maestros;  recuerdo el otro primero, aquel en que empecé a tomar conciencia de disparidades ideológicas y sociales, acudía al principio cada tarde, con la silla de casa y un puñado de galletas pero mi maestra nos hacía entender sobre una pizarra pintada a brochazos negros sobre un muro, o con unos recortables de elaboración casera, la metamorfosis de las ranas y el estómago de los rumiantes. También con recortables nos enseñaron un francés que aún hoy me es útil para entenderme con colegas extranjeros. La era digital no estaba lejos sólo porque faltasen años, sino porque faltaba hasta la luz eléctrica bien a menudo, porque no había ni lugar donde enchufar un proyector. Y no, no imaginéis que hable de mucho tiempo atrás, ni de una aldehuela perdida en el monte, estábamos a doce kilómetros de Madrid en plenos setenta, apenas unas décadas…

Completada la EGB tocó cambiar de barrio, de docentes, como dicen ahora quienes en el colmo de la modernez han decidido que sobran muchos. También entonces tuve la fortuna de topar con alguien que me dijo: No te lo aprendas hasta que no lo hayas comprendido. Parece baladí, pero aquella señora pretendía que usara el pensamiento y la reflexión; hasta tuvo la desfachatez de darme un sobresaliente en un ejercicio contándole a toda la clase que, aunque estaba en total desacuerdo conmigo, se lo había explicado tan bien que no podía darme otra nota. Podéis imaginar la perplejidad no solo mía, sino de mis buenas compañeras, también habituadas a las técnicas memorísticas.

   A ella se unieron profesores de literatura que nos llevaban al mercado de abastos, profesores de matemáticas que nos sacaban de marcha hasta El Escorial (en la sierra de Madrid) o profesoras de química que nos sentaban en la cocina de su casa durante el mes de junio porque estábamos allí más fresquitas que en el barracón prefabricado donde hubiera tocado acabar el curso, alguna vez hasta nos tuvo hecha una jarra de limonada fresca cuando llegamos…

   Fue al llegar a la Universidad, aquel lugar que debería haber sido la culminación de toda esta aventura vital, donde me di de bruces con otra realidad, con unos modos con que otros, menos afortunados que yo, incluyendo a mis propios hermanos menores, llevaban bregando algunos años. Personas dogmáticas, desganadas, rutinarias y tristes que estuvieron a punto de arruinar definitivamente mi interés. Por fortuna no todos eran así y además yo guardaba en mi memoria los recuerdos de Angelines, de Lorenzo, de Rosa Mari, de Victoria, de Millán, de Esperanza, de Maria Luisa y Mari Luz…

   Ahora que soy adulta, asisto con tristeza a la experiencia pretendidamente educativa de mi hijo o de los hijos de mis amigos, compruebo cómo se los penaliza por resolver un ejercicio con un sistema distinto del esperado por el profesor, como se les obliga a memorizar una materia que nunca aplicarán, pero que desconocen hasta bien entrada la adolescencia como redactar una carta o como dibujar el croquis de una habitación. Y me siento como una verdadera intrusa, como una extraterrestre por pretender que no sea así. A ratos incluso culpable.

   Lo lamentable de todo esto es que alguno pueda llegar a creer que lo que cuento venga a demostrar que no son necesarios los medios actuales, los ratios por aula y otras condiciones que nuestro gobierno actual pretende dinamitar bajo el pretexto de la crisis económica. Pues si así puede entenderse es que no me he explicado bien: Mis profesores hacían todo aquello no porque no quisieran nada mejor. ¡Claro que lo querían! Por eso usaban su ingenio y su cariño para llegar donde necesitaban. ¡Qué no hubieran conseguido de cualquiera de nosotros si además hubieran gozado de otras circunstancias!… Lo que realmente diferenciaba a mis profesores de muchos docentes actuales eran sus ganas, su vocación, su ilusión de algo mejor, de un futuro diferente para todos nosotros.

 Lo que hace torpes, rutinarios o directamente malos a muchos docentes de hoy en día (y sé que algún amigo puede costarme esta afirmación) es precisamente la desgana, la falta de motivación y de vocación. En el sistema educativo español han ido quedándose poco a poco personas que no pudieron encontrar acomodo laboral en otros sectores, que acabaron “agarrándose” a la enseñanza porque no encontraban sitio “en lo suyo”, en lo otro. Y el sistema les abría las puertas por esa visión papanatas de que a más título mejor, ignorando esa sencilla máxima de que no enseña más quien más sabe, sino quien mejor lo cuenta. Así, nuestras aulas se han llenado de jóvenes frustrados, poco o nada dotados para las relaciones personales. Sí que hay, claro, y es justo reconocerlo,  quienes en este ejercicio profesional descubren un camino, una segunda vocación tan viva o más que la que creían tener cuando comenzaron su andadura, pero para desgracia de todos,  no son mayoría y siento decirlo así, pero es lo que percibo diariamente.

Alguien que vive resignado, sin ilusiones, sin motivación, que además carece de condiciones materiales y emocionales, muy difícilmente va a transmitir entusiasmo, muy difícilmente va a hacernos pensar que aquello sobre lo que habla merece la pena. No bastaría siquiera que fuese buen actor.

   Una sociedad que en verdad se quiere sana debería cuidar a aquellos sobre cuyas espaldas carga el peso del saber para sus generaciones futuras. Apartará cuidadosamente a quienes pueden perjudicar ese cultivo, se esmerará en preservar esa esencia valiosísima y escasa que permita continuar el camino con buen o mejor pie.

   Precarizar aún más las condiciones sin limpiar lo que de verdad está defectuoso en nuestros sistemas de enseñanza no solo no consigue mejorar lo que tenemos, sino que hará que ni muchos de los que verdaderamente quieren enseñar, ni de los que de verdad desean aprender logren hacerlo. No solo no mejorará el rendimiento material de la actividad, sino que significará aún más dispendio a medio y largo plazo, por no decir que tendrá consecuencias irreversibles; la vida no vuelve atrás, no todo lo que se rompe puede repararse más tarde.
    Seguramente este escrito, que quería ser un homenaje a mis profesores me ha salido tontamente reivindicativo. Es lo que tiene enseñar a crear y a pensar, que algunos vamos y lo usamos. Supongo que por eso nuestros dirigentes actuales tienen tanto empeño en que vayamos a peor, no vaya a ser que le salgan muchos sujetos pensantes y entonces ¿Qué iba a ser de ellos?

Decimocuarto día del mes tercero (A Javier y sus compañeros, porque seguimos sin ser todos iguales)


    A veces Brazoleño calla, no por falta de cosas que decir, sino por tristeza, por cansancio o por una incómoda mezcla de ambos. A veces es tal la indignación que es difícil ordenar en un texto la rabia Es el  caso de estas semanas. No sin dolor contemplo como mis coetáneos, esos seres pensantes que me rodean, van dejando que las cosas sucedan. Con resignación los menos, con convicción de hechos consumados los más y, sobre todo, lo que más daño hace, apostolando sobre la conveniencia de estos hechos.

   En las últimas semanas, tras dar carpetazo a toda convicción de progreso, de solidaridad y de coherencia, los convecinos de Brazoleño, los nuestros en suma, acuden presurosos a la guillotina, lapidan con precisión de tiro a parientes y compañeros, se ahorcan a sí mismos eligiendo la soga más oportuna y miran mal a quien se niega al sacrificio…

   No me cabe pensar, así las cosas,  que equivoqué los signos o que me engañaron. Y no, yo no hablo del engaño de los gobernantes; bien he sabido desde muy pronto qué cabía esperar de este modelo tan bien empaquetado, hablo de esas personas que parecían correr a mi lado hacia una misma meta, que tomaban o pasaban el testigo resollando a mi costado. Esas personas a las que ahora leo y escucho atónita reclamar al sindicato lo que nunca se atrevieron ni se atreven a exigir al patrón, vilipendiando al maestro por lo que no han sido capaces de enseñar ni aprender, descalificando al parado quienes por su quietud han contribuído a prolongar este estado de cosas.

    Brazoleño no entiende (Y así le va) que sus coetáneos estén asumiendo no ya resignados, sino con pleno entusiasmo consignas como “Todos los políticos son iguales”, “Los sindicalistas son unos aprovechados””Los maestros son unos frescos que tienen más vacaciones que nadie y encima hacen huelgas””Los funcionarios son unos vagos””Los parados no quieren trabajar”…. ¿Pero de verdad vivimos todos en el mismo país? ¿De verdad hemos ido a las mismas escuelas, escuchado las mismas músicas, acudido a los mismos hospitales…? No parece posible.

   El españolito con quien Brazoleño sube en el autobús y compra el pan cada mañana ha asistido inmutable a hechos que parecen baladíes, pero que sus padres y abuelos consideraban sueños inalcanzables y ahora, con la misma impasibilidad, con el mismo adocenamiento, vuelven a la línea de salida repitiendo los mantras: “Todos son iguales” “Es por la crisis”.

    Por la crisis admitiremos el descrédito de colectivos que son tu hermano, tu vecina, el chico que siempre te gustó,  el hombre que te da los buenos días en la plaza, la que pasea al perro en tu misma manzana…Todos nos hemos vuelto sospechosos de antipatriotismo porque no entendemos que desmantelar los pocos, exiguos logros, sea el camino más conveniente. No, Brazoleño ni lo asume ni lo acepta y no tiene patria que salvar. Si su patria se llama mezquindad, cortedad de miras y pancismo, nada la hace estimable.

   Es cierto, y por eso Brazoleño no está afiliado a sindicato ni a partido alguno, ni lo ha estado nunca, que muchas de esas estructuras de representación propician el abuso y es también cierto que durante estos años, muchas de sus decisiones se contradecían de modo evidente con  lo que piensa, pero también es cierto que hacer desaparecer esas estructuras sin alternativas funcionales es sencillamente volver a todo aquello que quisimos desterrar para siempre de nuestras vidas.

    A ratos Brazoleño, que siempre pensó que nuestro caudillo era un mediocre que llegaba a tiempo a casi todas partes (amén de otros detalles que no vienen al caso) tenía toda la razón al anunciar que todo estaba atado y bien atado: Dejadlos correr, hemos dedicado tantos años a convencerles de que nada puede hacerse que, a poquito que se encuentren en dificultades, volverán al redil sin empujarlos y sancionando a otros por no hacerlo.

   Me parece increíblemente doloroso que los hijos de personas que tuvieron que trabajar sin contratos, sin seguros, sin derecho a permisos por enfermedad, sin sanidad, sin medidas de seguridad en el trabajo, sin representación ni asesoría legal en los despidos, personas cuya máxima aspiración ha sido tener las vacaciones en Agosto y poder cogerse todos los “moscosos” antes de fin de año, reprochen a los sindicatos su silencio durante ocho años. Qué curioso que esa frase, repetida en los últimos tiempos hasta parecer cierta, saliera de las filas de los mismos que, no muchos meses atrás, jaleaban la huelga general o las protestas de estos mismos sindicatos contra el gobierno anterior. Señores, que basta tirar de hemeroteca; ya sé que es cansado, pero ¿De verdad no se están dando ustedes cuenta de cómo vuelven a usarnos? ¿No perciben que a base de convencernos de lo malos que son y con estas medidas laborales los están desmantelando sin sustituirlos por nada alternativo?

    No es verdad que los sindicatos se hayan estado quietos, si es más que cierto que a menudo no se movieron cómo y por donde yo hubiera querido, pero entre tanto ¿Hacia dónde exactamente estaba moviéndome yo? ¿Hacia dónde se movían mis compañeros? ¿Cómo si ni yo ni ellos pagábamos cuotas se sufragaban los abogados, los cursos, las oficinas, las bolsas de trabajo? Durante años no nos importó. Si surgía una duda, una complicación, quien más quien menos tenía un amiguete que si cotizaba, conocían al enlace sindical más personalmente y le preguntaban, incluso llamándole a casa fuera de horario, que total, como a ellos les gusta… ¿Qué acaso se podían administrar mejor esos fondos ¡Segurísimo! Podría haber estado ahí, exigiendo que así fuera, aportando mi punto de vista, pero como ya para entonces tenía interiorizado el “Todos son lo mismo” y el “No vale para nada” pues me marchaba a ver el partido o la telenovela, de compras con una amiga, a la parcela de los suegros, o a discutirlo en el bar con otros parroquianos, dejando en suma, que se administraran de otro modo distinto a mi pensar, que hasta se malversaran, puede ser.

   Y para colmo de desvergüenza, de asqueo hasta la nausea, cuando han agotado ese filón,  existen quienes se atreven a poner en solfa el dolor de una madre que, no sola, sino junto a otros no reconocidos, eligió que su dolor no le impidiera seguir expresándose, luchando por lo que cree, continuando con su vida y acaso honrando a su modo personal e intransferible, la memoria de los ausentes. Resulta que ahora también vamos a repartir carnets de víctimas dignas, que la condición de respetable solo la da el marchar en segundo plano y cabecibajos tras los "mandamases". Que se pierde el derecho al consuelo cuando se elige ser útil a un fin y no a otro. Ya lo digo, no solo vergüenza, sino repugnancia pura y dura ante estos que se erigen en paladines del bien pensar y de la buena ciudadanía.

   A Brazoleño le gustaría mucho no sentir que ha de que saltar en defensa de unas entidades que no le convencen y le resultan profunda, radicalmente mejorables, pero llevan viniéndole a la cabeza desde hace unos meses estas  frases tan manidas, tan trágicamente oportunas que algunos atribuyen a Bertolt Bretch
"....Luego vinieron por los sindicalistas y no dije nada porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los católicos y no dije nada porque yo era protestante.
Luego vinieron por mí pero, para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada".

   Si escuchase una voz al menos que además de maldecir y denostarlo  sugiriese cambio, renovaciones, alternativas, probablemente no fuese así, pero tal como vamos, es tanta la indignación que siente al escuchar ciertas intervenciones que hasta le entran firmes tentaciones de afiliarse, justo ahora y a destiempo, a algún sindicato ¡A ver si va a resultar que esta reforma sirve para algo!¡No te digo!

Décimo octavo día del segundo mes



   Después de semanas pensándolo llego a la conclusión de que debo decirlo; aunque sea inútil, no me arrepentiré más delante de mi silencio cómplice, de ese seguir adelante todavía una jornada más, como otros muchos, como casi todos, permitiendo que suceda.
   Escucho cada día hablar de cómo está desapareciendo el estado del bienestar, pero es mucho más. Pasito a paso volvemos al estado decimonónico del que apenas habíamos comenzado a salir y, todo ello, con el quietismo de nosotros ciudadanos de a pie.

   Empezaron despacio, aplicando soterradamente esa sutil estratagema de convertir al proletario en burgués por el sencillo trámite de hacerle creerse propietario ,cuando lo cierto es que lo estaban convirtiendo en un esclavo que por generaciones debería sumas nunca enjugables a los bancos: Tenga, tenga -decían-  y fuimos teniendo ¿Teniendo? ¡Por supuesto! De entre las personas cercanas solo recuerdo al conocido del primo de un vecino al que habían dicho que uno de su calle no tenía ninguna letra que pagar ¡Pobre infeliz!¡Tan desclasado!
   Nos animaron luego a ser emprendedores y tener nuestros propios imperios inmobiliarios. Las tierras del pueblo, aquellos inútiles terrenos que dejara el tío abuelo y que ya nadie cuidaba, aquellas que en mitad de la nada no apetecían ni para comerse una tortilla en los veranos, pasaron por arte de birlibirloque a ser objeto de deseo (¿?) podían convertirse en campos de golf, en apetecibles “resorts”o  en urbanizaciones … El vecino resultó competencia, el pariente socio indeseable y nosotros, que no habíamos salido del barrio sino para ver una película de estreno en el centro, disfrutamos cruceros, monovolúmenes en que llevar al perro al spa y a los niños a esquiar a las pistas de nieve artificial.
  Nos convencieron de lo inapelable de la civilización digital, de que la señora Eusebia, que aún se liaba con la rueda del teléfono, tuviera una blackberry  para mostrar las fotos de los nietos o para anotar la lista del mercado.
   Y de pronto un día empezaron a hablar de burbujas que no eran las doradas del freixenet, de crisis y a hacérnosla sentir, a dejar de aceptar aplazamientos para los que hasta ese momento no habían tenido empacho y a refrenar el ritmo.
  Como ya todos somos parte del tinglado -O eso nos dicen ellos que saben- no nos conviene dejarlo caer   así que venga, todos a  arrimar el hombro, todos a apretarse el cinturón, todos a reducir… ¿Todos? NOOOOO, el malo malísimo del sindicalista corrupto, del funcionario que tiene su puesto  fijo para siempre jamás, no se están arremangando y apretando lo suficiente, no digamos de quien aúna en su persona ambas cataduras,  así que por su culpa tenemos que aguantar con lo que venga. Si hasta los directivos de los bancos se recortan el sueldo, pobres.

   ¿Pero es que nos hemos vuelto idiotas todos de golpe? ¿Qué le importa al señor Rato que en su nómina figure una cantidad menor, por la que lógicamente pagará menos IRPF, si luego va a recibir otros beneficios, comisiones, incentivos y leches que no regulan las leyes, si  se repartirá beneficios conseguidos entre otras cosas por las inyecciones de liquidez que vamos a proporcionarles a esas entidades? ¿De verdad no se dan cuenta ustedes señores de que al reducir las plantillas de funcionarios, el trabajo pendiente se encomienda a la gestión privada, a los mismos que ya no daban abasto en sus jornadas o que sencillamente se queda sin hacer? ¿Es que la gestión privada de esos servicios va a ser desempeñada de gratis por amabilísimos empresarios del sector correspondiente? ¿Se les ocurre pensar que todos esos menesteres se encomendarán a amigos? ¿Saben ustedes lo facilísimo que es convocar un concurso de méritos a medida de alguien? ¿Entra la Iglesia en concurso público en igualdad de condiciones con otras entidades?¿Piensan de veras que lo de Urdangarín es caso único? Basta ver las decenas de españolitos que ahora declaran contra este montaje, pero que no tuvieron empacho en cobrar poco o mucho sin preguntarse de dónde salía ni por qué. ¿Piensan que si no se hubiese destapado indirectamente habrían dejado de cobrar sus sesenta euros mensuales? ¿Creen que correrán a devolver el monto de esos salarios fantasmas? Yo tiendo a pensar que no, que somos demasiados españolitos dispuestos a dejarnos corromper y  muchos los que se indignan no tanto por la quiebra moral como porque no han sido ellos los corrompidos. Los aspectos éticos, tristemente, quedan en un segundo plano. Así que no me vengan con cuentos, como el poeta,  ya me sé todos los cuentos.

   Mientras tanto y de un plumazo, hace unos días, nuestros sesudos gobernantes nos volvieron a muchísimo antes del Estatuto de los Trabajadores por el que, no lo olvidemos, tenemos definidos muchos de esos derechos que hoy nos parece que caen de suyo, pero que no, señores, que lo debatieron y propusieron esos sindicatos que hoy denostan a coro. Parecen olvidarse que para que nosotros tengamos vacaciones, permisos de paternidad y de lactancia, reconocimiento de tiempos trabajados  u otras cosas sin importancia, tiene que haber quien acuda a reuniones fuera de horario, quien prepare y redacte las propuestas, quien estudie la normativa de otros países, quien  se aguante las ganas de saltarle al cuello al adversario y ceda un poco para sacar otro. De eso también va vivir en un país civilizado, pero como no los necesitamos, no tendremos nada que ceder. Nos lo traerán cedido ya de casa y eso que nos ahorramos.
¡Qué suerte que muchos hayamos podido olvidarnos de lo que es tener que ir uno solo a ver si el patrón nos hace la merced de concedernos el día! ¡Qué fortuna que pocos recuerden que hace menos de cincuenta años muchos ciudadanos de este país no tenían ni cobertura sanitaria, ni pensión de jubilación, ni derecho a desempleo! ¡Qué pronto hemos olvidado lo que es tener representación legal  a bajo coste cuando surge un conflicto y salarios de tramitación e indemnizaciones!...
   ¿Pero de verdad mis coetáneos no se dan cuenta? ¿En serio mis amigos están ya tan ciegos que no se están percatando de que entramos una vez más en su juego con estas oportunas cadenas de sátiras a  Toxo y Méndez?
  Pues eso, pongámonos a discutir si debemos o no dejarnos convocar por estos dos, indignémonos hoy mucho por las cantidades desorbitadas que cobran y sigamos sentados en el sofá o acodados ante la caña del domingo y dejemos que otros  vuelvan a decidirnos el panorama. Los indignados necesitan su cota de protagonismo y no pueden sumarse a ellos, tampoco pueden los autónomos, a quienes “no les han conseguido nada” ni los parados, que lo son por su culpa y no por la del empresario que los despidiera porque el pobre ya no obtenía los mismos beneficios…
¡Qué bien les ha funcionado siempre a los depredadores dispersar a las presas! ¡Qué bien les sigue funcionando!¡Cuánto me recuerda la vieja fábula!:
”En estas disputas, llegando los perros, pillan descuidados a mis dos conejos” Yo me doy por aludida.
   ¿Han escuchado ustedes a algún representante de la patronal denostar  públicamente a alguno de sus miembros por ganar más que él, por tener ganancias mientras otros declaran concurso de acreedores? Si hasta hacen piña y los reeligen  después de haber dejado la empresa y a los trabajadores en la estacada. Ellos lavan los trapos dentro, acuden todos a una. Por eso siguen llevándose el gato al agua, porque siempre parecen juntos, porque no se dispersan y tienen el objetivo principal muy claro: Esto no; luego en casa, ya hablaremos.

   Del mismo modo, nos van convenciendo para volvernos a la era del clientelismo, aquella que permitía volcar la administración del país cada vez que cambiaba el gobierno, aquella que generó la tan literaria casta de los cesantes y para cuya erradicación se ideó la figura de los funcionarios por oposición. Pues nada, convirtamos a los funcionarios en enemigos públicos, copiemos también en esto el modelo americano que tanto nos espanta en las películas y levantemos el país. La cosa es fácil.
   Yo tampoco siento que Fernández Toxo o Méndez  me reprepresenten, aunque me he beneficiado, como todo trabajador de este país de que existieran esos y otros sindicatos después de muchos años, yo también he encontrado funcionarios que se rascan los mismísimos cada jornada, pero es que además, me he topado con dependientes del Carrefur o el Eroski impresentables, con parados que abusan de su subsidio y con asamblearios a los que con gusto abofetearía cada vez que abren la boca, eso no me lleva a la conclusión de Candide, el personaje de Voltaire que en su conformismo afirmaba “Tout est pour le mieux dans le meilleur des mondes possibles”*. No me resigno a que otro día más me den pensado quienes son mis enemigos, cuando y como debo indignarme o que cosas debo tolerar.
   Por eso a dia de hoy, siento que debo contar, aunque sea en esta miserable página, que me doy cuenta, que acaso no pueda impedirlo, pero no será por quietud, por silencio o por no tener claro contra que debo ir.

* TRADUCCIÓN: Todo es para lo mejor en el mejor de los mundos posibles

Quinto día del segundo mes.


  Quinto día del segundo mes de la nueva era- Nueva aunque acaso huele a vieja, a más de lo mismo, según  los agoreros que, muy probablemente llevan razón y a pesar de ello, voy a decirlo claramente, lo prefiero.

   ¿Quién iba a decirme a mí que un día iba a alegrarme que el señor Perez R. se saliera con la suya? A estas alturas no me llamo a engaño, soy de las que conocen de primera mano las capacidades de maniobra del "compañero Alfredo". Ya en aquellos años de Secretario de Estado, cuando yo era representante estudiantil, definía maneras, no cabe imaginar que tantos años después haya ido a menos.

   Tampoco soy ni militante, ni votante habitual del PSOE, sin embargo, quiero decirlo. Como mujer pensante y que se cree progresista, me alegra que la señora Chacón no haya ganado. Me alegra sobre todo, porque me preocupaba pensar durante estos meses que la alternativa visible a este gobierno de charanga y pandereta, devoto de Frascuelo y de María que nos hemos dado, fuera a ser el “florerismo”, así de claro, con todas las letras. Pensando en que por lo menos en teoría, durante los próximos cuatro años de deudocracia orgánica que nos esperan, el más visible contrapeso al actual gobierno deberá ser el segundo partido más votado, pensando en que me guste o no será el que acapare el seguimiento mediático, me sofocaba pensar que la imagen visible, la voz cantante la iba a tener una señora que como bagaje consistente presentaba ser joven y ser mujer.

   ¿Qué quieren que les diga, para una concursante de “Gran Hermano” puede valerme, para lideresa me resulta como poco cutre. Pero he visto sorprendida que muchas coetáneas hacían piña en lugar de incomodarse. Y luego está el complemento: Permitirse llamar viejo a un político de sesenta años es cosa que, de suceder en el sentido opuesto hubiera levantado ampollas. ¿Se imaginan a un oponente masculino a Esperanza Aguirre o a Rita Barberá diciendo que están mayores? Habríamos salido todas a una, progresistas, feministas y conservadoras, a tachar de machista impresentable al osado y, por supuesto, le hubiera costado la intentona antes de iniciarla.

    Claro, esto es diferente. Aquello tan sonoro de la discriminación positiva de nuevo. Pues qué quieren, ya me molesta sobremanera que las madrileñas escuchen con impasibilidad lo de la “Primera mujer alcaldesa de la capital” como si tuviese algún mérito añadido, aún más considerando el modo en que han sucedido las cosas;  o aquello tan emocionante, referido a la misma señora Chacón, de “primera mujer ministro de defensa” y la guinda, “además embarazada”… No hace mucho hemos debido escuchar también como elogio la rapidez con que la señora Saez de Santamaría se ha incorporado al trabajo. Esto sí que me escandaliza por ser más de lo mismo. He conocido demasiados casos de mujeres para las que retomar sus tareas no ha sido opcional, pero lo mismo puedo decir de muchos hombres sometidos a circunstancias clínicas realmente serias.Creo que lo importante son otras cosas.

   Repito, me siento muy mujer, me creo progresista y nada convencional, pero precisamente por eso, sueño con un día en que sencillamente no sea noticia que una fémina ocupe un cargo, que serlo no resulte un valor en sí mismo y que, desde luego, la mujer que un día, cualquier día de estos, pueda presentarse a cualquier puesto público, lo consiga sin hacer uso de cuotas, de estereotipos o de discriminaciones que, lo lamento, nunca me han parecido positivas. Mientras tanto, prefiero que el señor Pérez se haya salido con la suya por esta vez. Al menos de este modo me queda la esperanza de que en el periodo que nos queda hasta una nueva convocatoria electoral, pueda salir de algún lado un ser humano, hombre o mujer, capaz de defender con dignidad y solvencia las ideas que sustenta sin que ni periodistas, ni militantes ni ciudadanos cualesquiera se asombren de que además pueda menstruar o quedarse embarazado.

17 de Enero ,San Antón.Día primero de la nueva era

 Día primero de la nueva era. Nueva para mí que arranco el blog de brazoleño ante la imposibilidad de arrancarlo a él mismo. Nueva en su triste vejez reiterativa, en este repetir con distinto formato las mismas hazañas una y otra vez. ¿Repito de nuevo que no entiendo a mis conciudadanos, que me siento rara y distante pese a mis esfuerzos por empatizar?
   
   Hoy, dia de San Antón, observo en los noticiarios tres o cuatro cosas de esas que me erizan y hacen aflorar las púas del desapego. Para abrir boca, decenas de personas, no todas creyentes, formando largas filas ante la iglesia para llevar a bendecir a sus mascotas. Pleno siglo XXI, pleno invierno en España, así que  perritos, gatitos y conejitos y demás –itos (No cabría aquí evitar el diminutivo)  lucen toda suerte de adminículos, supuestamente confortadores para que aguanten el frío y la espera o sencillamente, para que estén guapos. Estoy convencida de que estas mismas personas se horrorizan y claman contra el maltrato animal, que me tildarían de exagerada si leyeran estos pensamientos, pero ¿Se han dado ustedes cuenta de la burla, la falta de respeto a su propia condición que supone convertir al animal en un maniquí grotesco? Evidentemente hay grados, no seré yo quien lo niegue, pero ¿Han llegado ustedes a pensar en cuánto dinero dedicamos a estas prácticas mientras nos quejamos de la crisis, mientras familias enteras acuden a comedores sociales o duermen en el metro por no tener donde calentarse? ¿En qué sociedad vivimos? ¿Y qué decir de nuestro sentido cívico? Muchas de esas personas que dedican horas a maquear a su compañero irracional y a esperar la consabida bendición, que posan encantados para las cámaras de tv, son las mismas que no perderán un segundo en educar a su Cocó, a su Fifí, a su Manolito no ya en conductas civilizadas, cosa de humanos a fin de cuentas, sino incluso en educar como al espécimen que son, a que complete su maduración como ejemplar de una especie determinada, los mismos que no dedicarán dos minutos y una bolsa vieja a retirar los excrementos que el  animal pueda depositar en una acera o en un parque, haciéndonos a todos partícipes de su desidia. Son los mismos que se ofenden si les reclaman que lleve a su perro asocial sujeto o que le coloque un bozal, pero no tienen empacho en ponerle cuernos de reno en navidad, tutús de bailarina en nochevieja o un pompón fuchsia sobre sus hermosas guedejas cuando llegue carnaval.

   No seré yo quien niegue que en muchas leyes y ordenanzas respecto a la tenencia se han  ignorado por completo las necesidades de los animales, no negaré que muchas supuestas soluciones contribuyen a empeorar las cosas y son más el resultado de iluminaciones repentinas que de sesudas reflexiones. No. Tampoco niego la necesidad de protección exhaustiva de aquellos a quienes nosotros mismos estamos martirizando y extinguiendo. Es precisamente esa convicción la que me lleva a invitar a los humanos occidentales de buena voluntad con los que creo convivir a que mediten un poco más allá de las campañas, a que evalúen su propio yo, sus modos, sus posturas ante cuestiones como las que me ocupan. ¿Protección? SI, ¿Adopciones? Siempre que sean posibles, pero vamos a ser un poquito honestos con nosotros mismos antes de dar el siguiente paso ¿Cuánto sé de aquel de quien elijo ocuparme? ¿Cuánto hay de autoafirmación, de terapia personal encubierta, de juego adulto en mis elecciones?

   Todos somos culpables. No es suficiente colgar en las redes sociales fotos de galgos ahorcados, de toros malheridos por una pica , de focas apaleadas, no basta indignarse ante las grandes evidencias y hacer una donación puntual a alguna ONG, ni tan siquiera es suficiente militar en ella,  hay que cambiar desde dentro, asumir de una repajolera vez que mal que nos pese no somos el centro de la creación, sino una pieza más del engranaje, una pieza con el terrible poder de averiar la máquina hasta dejarla inservible. Las grandes obras comenzaron  también por pequeños gestos.