Está Brazoleño habituada a recibir invitaciones y propuestas de toda índole. Las más-muy bien intencionadas-animan a firmar contra esto o lo otro o a seguir cadenas den las redes sociales.
No estando en posesión de la verdad, sino de las dudas, de muchas y bien aposentadas dudas a las que el paso de los años, de la práctica directa y de las circunstancias mutables, ha hecho crecer y moldearse, las certezas van menguando pero haciéndose sólidas y una de ellas-la mayor-es aquella del “Solo sé que no sé nada” a la que sumo un pequeño estrambote “incluso esto, puedo estar entendiéndolo mal”.
Y en este no saber nada, o saber muy poco, naufraga una incómoda sensación de rebaño, de todos por allá porque alguien ocurrente inició el camino. Cada vez más ignorante, pero con menos disposición ovina, Brazoleño se declara insumisa de todo, incluso de si misma muy a menudo.
Valga esta disquisición para contar que he recibido la enésima invitación a la cadena que se dice de concienciación contra el cáncer de mama -¿Es que alguien podría estar a favor?- y que como parte crucial del asunto, ahí se disparan todas las dudas, propone que NO SE EXPLIQUE a quien pregunta el porqué de nuestro mensaje público: un corazón y una frase enigmática. Brazoleño entendió siempre que para concienciar e informar de algo, había que contarlo, así pues, le cuesta entender cómo un mensaje más o menos críptico puede ayudar a concienciar o informar sobre asunto alguno. Después vienen en cascada las restantes dudas, esas que además de sumar incomodidad y desapego por la campaña, hacen que tome por enésima vez conciencia de sus complicaciones mentales, de su desajuste personal.
Le cuesta a Brazoleño, mujer en fin y que ha vivido tan de cerca el mal, entender en qué ayuda ni a la toma de conciencia ni a la solidaridad real el subir lazos, corazones o cualesquiera otras feminidades de cuantas le proponen sus amistades. Cuando en casa se peleaba a brazo partido contra la enfermedad, lo de menos eran las postales. Lo que hace falta es la certeza de que el camino va a terminar y de que va a terminarse bien, Lo que se necesitan son medios para afrontar cada miedo, cada náusea, cada punzada, cada tropiezo, cada analítica poco halagüeña, cada vuelta a empezar y hacen falta también a quien convive, a quien a veces empieza a perder pie y hasta a sentirse malo por no aguantar el ritmo. En resumen, quizá menos minutos de subir consignas al facebook o al twitter y más tomarse unas galletas o un agua con los afectados, cogerles la mano o abrazar (no muy fuerte, que a veces también duelen los abrazos) y a menudo, sin más, respetarle el silencio, la cápsula, el no querer compartir...No pasa nada si no eres ni valiente, ni optimista, ni positivo por un buen rato, por unos días, no pasa nada, el derecho a cansarse y no ser heroicos tiene que estar también reconocido.
A veces lo que estas cadenas revelan, junto al buen deseo de quien las sigue, o a la necesidad de amparo, es la inconsistencia. Brazoleño teme parecer cruel con esas buenas almas que le adhieren como sello a una carta, pero no es eso, es más bien el deseo de animar a un poquito más de sentido crítico. ¿Por qué nos atosigan y atosigamos con el asunto del cáncer de mama?¿Por qué en esta forma?¿Por qué encarar esa enfermedad es un valor añadido? ¿Por qué no hay campañas, por ejemplo, de hombres desnudos carentes de uno o de ambos testículos como resultas de sus tumores? ¿Por qué es valiente una mujer con turbante o con peluca y no lo es un hombre sin cejas ni pelo en pecho o el que afronta esa mutilación de su masculinidad exterior?
En una sociedad que se quiere liberada de prejuicios machistas, somos las propias mujeres las que nos hurtamos valores colocándolos donde no deberían estar. ¿No habíamos quedado en que no deberían estimarnos por las tetas o el culo? ¿Por qué razón entonces poner tánto enfasis en una localización específica de esta plaga? ¿Es menos encomiable padecer cáncer de colon o de pulmón? ¿Tiene menos mérito afrontar un osteoclastoma o una leucemia? A los hombres de cierta edad se les presuponen ya los problemas de próstata. Hasta se permiten chistes y alusiones respecto a sus funciones eróticas. Pocos se escandalizan. A lo sumo, los afectados que esbozan una sonrisilla entre triste e irónica y-por supuesto- evitan manifestarse por alusiones. ¿Dónde estamos realmente nosotras?
Es octubre, dicen que el mes que la Organización Mundial de la Salud dedica a esta enfermedad. Bienvenida sea la toma de conciencia, la información y sobre todo, los medios, que hacen mucha falta y que poco se exigimos a quienes pueden administrarlos. Brazoleño hoy tampoco se ha puesto el lazo rosa (¿Tenía que ser precisamente rosa?). Desde lo más hondo de su corazón desea buena suerte a todas y todos los que están encarando una batalla desigual. Hace falta mucho coraje, cierto, y sobran abuso, utilización, estereotipos, selfies. Gracias por estar ahí, por querer hacerlo bien, gracias por empeñaros en vivir y en que vivamos un poco menos mal. Pero también respeto para quienes no pueden más. Sin lazos, con humana y muy imperfecta esperanza, desde mi propio octubre.
"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."
Amigos, amiguetes, amigüitos…
Como no puede ser de otro modo, Brazoleño asiste espantada a
la riada de tropelías que vienen relatándose en los últimos meses sobre los
migrantes, inmigrantes, refugiados y, en sustancia, seres humanos que salen de
sus hogares para buscarse lo que les quede de vida en espacios más propicios.
Le espantaba no menos leer, hace un par de semanas, la cicatería de un más encubierto debate en comisión sobre cuántos desdichados iba a llevar cada euromiembro a su nación, pero las circunstancias van tan rápidas que donde dijeron digo, quienes entonces pujaban a la baja han debido decir Diego y aceptar varios miles más de incomodidades ambulantes. Porque sí, alto y claro hay que afirmar que para quienes hoy se han puesto la medalla de humanitarios, estos seres humanos que llegarán en pocos días, son una incomodidad, un trágala que deben ingerir abruptamente, porque vienen elecciones de aquí a nada y urge apaciguar a la ciudadanía. Quienes hace poco contaban goteras, se aprestan a convencernos de nuestra propia solidaridad, así es la cosa. Y eso que ya en abril, la muy fashion Angelina Jolie hablaba en su discurso para la ONU sobre estos lodos en que chapoteamos.
No va a ser Brazoleño quien reniegue de la acogida, acaso
sí, quien desconfíe, como ya le ha sucedido en otras ocasiones, de esta hospitalidad
sobrevenida en las almas de nuestros dirigentes. De hecho, aunque ha sido la
zancadilla de Petra Lazslo la que ha llegado a todas las miradas bienpensantes
y nos ha permitido sentirnos mejores, los fugitivos sirios llevan varias semanas
recibiendo rodillazos y zancadillas de parte de varios próceres de esos de
comunión cuasidiaria. Esos que dicen de los otros “países amigos” pervirtiendo
y prostituyendo la palabra, pues se
están refiriendo no al territorio ni a quienes lo pueblan, sino al gobernante
que-como ellos mismos-se aviene a componendas ventajosas para sus arcas o
para las de sus otros “amigos”. Se organizan en cuchipandas de
amigotes y arrastran con ellos a los habitantes que, cuando llega el “no te
ajunto” se ven tan damnificados como si hubieran tenido arte y parte en la
pretendida amistad. Si Libia, Siria, Irak o los centenares de países que en
algún momento nuestros dirigentes llamaron amigos lo hubieran sido realmente,
ni habrían accedido a relacionarse con los sátrapas que los mangoneaban entonces,
ni los habrían dejado en la estacada después.
Para empezar, Brazoleño entiende que nadie puede hacerle
amiga de quien no quiera. Será el señor Presidente del Gobierno de turno quien
tenga amistad con la realeza represora de Arabia Saudí, por poner solo un ejemplo.
Brazoleño, desde luego, ni lo invitaría a un cubata en cutre-bar más deleznable
(¡Ah, no! Que tendrá que ser a algo sin alcohol. Pues tampoco, oiga) para
continuar, si en el futuro éste u otro Presidente del Gobierno, parte peras con
SU amigo saudí-por seguir con el ejemplo- no tendrá Brazoleño enemistad con
aquellos ciudadanos de Medina o La Meca a quienes no tuvo el gusto de conocer
ni durante la etapa amistosa ni en la posterior.
Si los ciudadanos constituyen el país y éste es nuestro amigo ¿No
es de ley aprestarse a hacer algo por ellos cuando la vida azota? ¿No está esa
norma por encima de otros miramientos posteriores? Y si no ha de ser así ¿A qué
vino tanta alharaca y gasto fatuo en declaraciones de amistad inquebrantable?
¿No sería mejor haber metido en un calcetín o en una hucha tales dineros para
demostrar en días como hoy nuestra AMISTAD a quienes de verdad importan?
Dejémonos de tonterías, ni los jefes de gobierno de allá ni
los de acá son amigos de nadie, se conducen entre ellos como amigotes
tabernarios que duran lo que dura la cogorza y procuran escaparse sin pagar la
ronda, se corren sus buenas juergas a costa de nuestra credulidad y se
enemistan sin importarles coherencia ninguna, porque seremos otros los paganos
de sus francachelas. Así fue fácil ser sucesivamente enemigo y amigo y enemigo
otra vez de Sadam Hussein, de Gadaffi,
de Al Assad. Así es fácil seguir de amigüito de Obiang y de otros tantos. Es
fácil poner la cruz y raya sobre cualquier gobierno que venga a l caso. Es
fácil porque a la hora de demostrar la amistad, como a la hora de enemistarse,
somos usted y Brazoleño, y yo quienes paguemos con nuestra sangre, con nuestras
vidas y las de nuestros hijos, todos los vidrios rotos.
En este mundo donde llamamos amigos a cualesquiera que
encontramos por facebook o whatsapp y a quien nos aprestamos a mostrar las
fotos en pijama o a relatar nuestras más íntimas sensaciones del día a día,
los gobernantes juegan en su otra liga. Lo malo es que bloquear a un amiguete
incómodo en esto de los territorios y los gobiernos suele ser aún más difícil
que quitarse de encima a un acosador cibernético y deja más rastro, un rastro
de cadáveres, de niños en las playas, sean ahogados o trizados por bombas mientras
juegan al fútbol –qué pronto se nos ha olvidado Gaza- o pudriéndose en vivo por
cualquier virus-poco hablamos del ébola que sigue rondando en el Africa y que
corrió más merced a migraciones y huídas menos mediáticas que la de hoy- Brazoleño no entiende de estas amistades, no entiende ni siquiera
que conmueva más el pobre niño sirio de hace unos días que las decenas de niños
subsaharianos que ni llegaron a las playas, no entiende que mientras todo eso
sigue aconteciendo, haya pretendidos ex amiguetes-de los que hace apenas una o
tres legislaturas hacían piña- que se estén encelando ahora en dibujar fronteras
que igual toca cruzar alguna tarde de éstas. En resumen, sigue sin entender
nada.
Bienvenidos sean los catorcemil novecientos treinta y un
humanos que aceptó nuestro gobierno. Ahora Brazoleño se pregunta ¿Serán
suficientes acogidas? ¿Qué le dirán al fugitivo catorcemil novecientos treinta
y dos? ¿Llamarán a Petra Lazslo para impedir que se nos cuele? ¿Le pondrán la zancadilla? ¿O irá directamente nuestro Fernández Díaz a explicarle lo de las
goteras y lo de los infiltrados de Daesh? ¿Se reunirán de urgencia nuevamente
los amiguetes para repartirse las cuotas como se repartieron los
beneficios?...
Triste, terriblemente triste. Brazoleño solo espera que además
de numerarlos y repartirlos, se les dé un trato digno, acogedor y
reconfortante. Arreglarlo, temo que no va a ser tampoco de ésta.
De ofensas y banderas
El viento de la sierra hace ondular el rectángulo de colores
indefinidos que dormitaba prendido en lo alto de un mástil de unos ocho metros.
Brazoleño recuerda que hace unos años, un edil inspirado, mando poblar de
mástiles y banderas los espacios de cuantas glorietas, rotondas y
explanadas se le pusieron al paso. Olvidaba el buen hombre que aquellos tejidos
brillantes necesitaban también un mantenimiento, alguien que los izara y
arriase, que rehiciera dobladillos desflecados o repusiera las porciones que los
elementos tuvieran a bien desastrar. Así las cosas, el recubrimiento de los
postes se ha desprendido y deja a la vista la base de metal oxidado, los
colores han mutado o se han ido diluyendo. Brazoleño, tiene difícil
entusiasmarse ante lo que se parece mucho más a un trapo mal tendido en un
patio vecinal que a la enseña patria.
Mientras, el sol desciende y el color de
la tela en lo alto del mástil sigue perdiéndose, los jirones oscilan con menor
alegría porque ya no hay viento. Se aproxima la noche y en estas distracciones,
Brazoleño se plantea preguntas sin respuesta ¿Cuándo un trozo de tela pasa a
ser venerable y cuándo deja de serlo? ¿Es el acto de trasladarlo desde el telar
a lo alto de un poste? ¿Humillará la bandera el operario que cualquier día de
éstos deba descolgarla? ¿Será afrenta quemarla? ¿Hay vertederos honorables para
banderas donde éstas duerman su justo sueño para que nadie pueda profanarlas?
Recuerda entonces otras reliquias, harapos
salpicados de manchas herrumbrosas o pardas en museos del mundo ¿En qué momento
un trozo de tejido salpicado de sangre pasa de ser una guarrería a ser digna de
custodia en las vitrinas? ¿Cómo sabía aquel que guardó el guiñapo que alcanzaría
valores legendarios? ¿Y si mintió y las manchas procedieran de orígenes menos
brillantes? ¿Llevarán centurias matándose por una falacia los congéneres de
Brazoleño? Hay pringues de primera y de segunda, como hay tejidos, telas,
trapos, pingos y andrajos...
Ironía y sarcasmo no ocultan la certeza de
que en el fondo, lo que otorga valor al objeto es el sentimiento que se pone en
él. Una bandera con sus colores es solo un modo de representación y, como tal,
solo puede tener valor si se lo otorgamos nosotros. Como símbolo, necesita de
un código de interpretación y la comunicación de lo que representa
necesita que los observantes conozcan y acepten esa representación como válida.
Parece tan sencillo que Brazoleño no logra entender por qué tanto rasgar de
vestiduras frente a un energúmeno o grupo de energúmenos quemando o pisoteando
un trapo. ¿No bastaría retirarle el valor que nosotros mismos le hemos
adjudicado como se lo retiramos un buen día para que el operario pueda
descolgarlo y arrojarlo a la basura sin penalización, como se lo retiramos al
instante siguiente de la pretendida afrenta para que las fuerzas del orden
retiren los restos? ¿O es la condición de cenizas lo que despoja de valor al símbolo?
Porque entonces, bastaría con ponernos de acuerdo, incinerarlas todas desde ya y ocuparnos de otros
menesteres.
Recuerda Brazoleño otra pieza claveteada con chinchetas en el
techo de una habitación. Si alguien la estropease, si le prendiese fuego o la
rompiera, Brazoleño sentiría un gran dolor, pero no mataría por ello, ni
sentiría el impulso de denunciar el daño más allá de otros muchos que le hayan
cabido en la vida. Siendo sincera, el fuerte encogimiento que pone en el pecho
la sola idea de esos estragos, no es por el brillo, ni por el tamaño, ni
siquiera por los colores que sí conserva esta bandera. Son los recuerdos,
las imágenes que ese rectángulo de pocos palmos cuadrados logra remover cuando
lo mira. Pero sabe también que esos recuerdos no partirán cuando la
obsolescencia del tejido lo convierta en el trapo que hoy todavía no es. Sabe
también, que cualquier otra tela, con los mismos colores, no tendría el mismo
efecto emotivo.
Brazoleño siente que lo que le conmueve no cabe en un tejido,
cualquiera que sea el hilo que lo trama, siente que no es mejor su amor o su
añoranza que la de cualquiera otro y que, después de todo, como dice el refrán,
no ofende quien quiere. Basta que no queramos, que ocupemos el alma en otros
menesteres, para que la pretendida ofensa pase a ser un acto majadero y sin
sentido. El agresor nos ofende porque se lo permitimos, porque otorgamos valor
a su acto y aceptamos el símbolo afrentoso que nos propone. Hay tanto que
sentir y tan pocos tejidos que puedan envolverlo, que perderse en un quítame
allá esa franja tiene el mismo valor que los tesoros que guardábamos en los
bolsillos y que mamá llamaba porquerías cuando lavaba nuestros pantalones.
Perpetuidad limitada
Llevaba semanas la cantinela en las noticias y Brazoleño estuvo confiando en que fueran solo nubes de esas que distraen la atención de otros asuntos. Llegó a imaginar que ahora que ETA dejaba sin dejar las armas, el gobierno por su lado haría su parte dejando el tema penitenciario como estaba, pero, claro, Brazoleño es ignorante y desconoce el conjunto de parámetros que propician que blablabla, bla y más bla.
Osea, dicho en castizo, que ni de coña. Que si bien es cierto que algún terrorista ha podido morir en su cama mientras se echaba la culpa a los jueces y un poco solo al gobierno de turno, es decir, mientras se cumplía con esa tan cacareada Constitución intocable, otros descerebrados -Brazoleño teme a veces que no sean descerebrados precisamente, sino que su cerebro, perfectamente engrasado, no se proponga valores que Brazoleño sí tiene muy asumidos- anduvieron cometiendo tropelías que permitieran justificar estos despropósitos.
Así que nuestro llamado gobierno y otros temibles padres de su patria,por no llamarlos hijos de su madre, se reúnen en sesudos conciliábulos para llegar a la cuadratura del círculo penitenciario, la que ellos han llamado Prisión permanente revisable.
Escapan a Brazoleño las razones de estado que propician semejante artificio. Con todas sus precauciones y dudas respecto al actual Código Penal y a la no menos dudable Constitución del 78, no son éstos los detalles que se le antoja urgente modificar, menos aún cuando a lo que considera inutilidad palmaria, deben unirse declaraciones como que sería derogado en caso de un cambio de gobierno por parte de uno de los firmantes. La excusa, mostrar unidad frente al terrorismo. Brazoleño tiene difícil contener la risa, porque hace tiempo que consiguieron abortar toda carcajada. Entre el Gobierno y el principal partido de la llamada oposición han bloqueado iniciativas indudablemente más prioritarias para la vida digna de los ciudadanos a quienes dicen administrar y representar. ¿Unidad frente al terrorismo? ¿Pero es que estos señores imaginan que los terroristas no leen los periódicos para saber sobradamente qué gaitas de unidad practican no ya en España, sino por doquier los respectivos gobiernos y oposiciones?
¿No es erróneo suponer que quienes están dispuestos a inmolarse por una pretendida creencia va a disuadirlos la posibilidad de una estancia vitalicia en la cárcel? ¿No cabe pensar que allá podrán además hallar prosélitos tan cargados de odio como ellos mismos si es el caso? ¿No es cierto además que no son quienes mueren en estas acciones los auténticos inspiradores de semejante doctrina?
No hay error, es que sencillamente, a Gobierno y la pseudoposición se la traen muy al fresco la tal unidad o más bien, que la auténtica unidad es otra, que ni se retrata en las portadas ni en el propio código ni en esta y otras setenta constituciones que puedan redactarse y enmendarse en los años venideros. Estos señores están procurando mediante un artificio legal más -uno de tantos,-colarnos su auténtico modo de ser y sentir, su nada democrático, ni integrador, ni solidario, ni progresivo concepto de Estado en el que la venganza sustituye a la Justicia,en el que no cabe perdón, ni redención y en el que los únicos errores (si podemos llamarlos así) que nunca pagan ni pagarán son los del poderoso.
El terrorismo yihadista es un totalitarismo que sirve de atroz coartada a otro totalitarismo para imponer su su propia venganza y sus propios estándares,que no son sino los mismos. Quítenle ustedes el burka , las chilabas o el pasamontañas y pónganle una corbata y una botella de Cocacola en las manos y asómbrense del parecido, sustituyan la utilización del velo por el uso y abuso de bikinis y ligueros y entenderán que la condición femenina sigue de mercadeo, percátense de que quienes han propiciado un comercio de armas, quienes se anduvieron con miramientos cuando lo que ahora llaman Estado Islámico eran solo una pandilla de asesinos contra el gobierno sirio -esa dictadura siria mal disimulada que está masacrando desde hace muchos meses a la población civil-. No son ustedes, no soy yo, ni es Brazoleño quienes estamos pagando bajo cuerda el petróleo con que se financian esos terroristas...No, pero mientras ellos gestionan esos y otros pingües negocios, ustedes, Brazoleño o yo nos despistamos odiando a civiles que -nos dicen- acaparan servicios sociales y puestos de trabajo o plazas en las guarderías. Esos señores -no los que malviven como usted, como Brazoleño o como yo al desamparo de no se sabe qué leyes- tienen perfectamente claro a qué van a conducir estos cambios de norma que, pretenden convencernos, hemos pedido a voz en cuello y ellos han dictado para nuestro futuro bien.
La triste realidad es que las leyes más restrictivas nunca han disuadido al delincuente, pero si han permitido al poderoso atar más corto al librepensante, para que no comparta su librepensar con otro, para que le sea difícil o imposible dudar en grupo y manifestar sus dudas, para que otros teman acercarse a su duda y su librepensamiento. Hecha la ley, hecha la trampa, decían ya los abuelos de los abuelos de Brazoleño. Puesta en vigor la ley ¿Quién no está bajo la tesitura de poder ser considerado terrorista? ¿Quién osará pedir al guapetón del jefe opositor que desaplique la norma? (Por cierto que teniendo en cuenta la deriva de este buen señor y de la inmensa mayoría de sus acólitos, resulta más que dudoso que llegue algún día a alcanzar poder para desandar lo ahora caminado, pero esa es otra cuestión para otra entrada, Brazoleño mediante).
La triste realidad es que desaparecido por su propio peso el telón de acero, amortizadas las radicalidades en tierra propia era imprescindible un enemigo nuevo, un coco con el que desvelar a los ciudadanitos y esta manga de herejes venía como anillo al dedo -a su dedo-para sacar de contexto cuanto fuera menester y dar otra vuelta de tuerca al tornillo sin fin. Brazoleño recuerda las palabras del abuelo pastor cuando decía "Hija, hija. Cuánto te queda por entender. Tú no sabes que nunca desaparecerá el crimen ni las guerras porque entonces perdería sentido que ellos estén ahí y eso no pueden permitírselo" y cuando Brazoleño respondía con dudas, el abuelo apostillaba, "Fíjate, hija, siempre morimos los mismos, pase lo que pase, los muertos somos siempre los que nunca estarán ahí arriba, no importa ni quien gobierne ni quien encierre o nos mate". Pero entonces, abuelo ¿No nos queda nada? ¡Pues claro hija! La satisfacción de ponérselo difícil, la de hacerles saber que los hemos descubierto, para que vivan con el mismo miedo que nos han hecho pasar a nosotros. De eso va todo esto.
A ratos Brazoleño se aflije pensando que el abuelo tenía demasiada razón, otras no sabe qué pensar y se agarra a esa duda para seguir en marcha. Solo hay una cosa permanente, mal que les pese a estos legisladores, la manía que tienen algunos Brazoleños de dudar por su cuenta.
Osea, dicho en castizo, que ni de coña. Que si bien es cierto que algún terrorista ha podido morir en su cama mientras se echaba la culpa a los jueces y un poco solo al gobierno de turno, es decir, mientras se cumplía con esa tan cacareada Constitución intocable, otros descerebrados -Brazoleño teme a veces que no sean descerebrados precisamente, sino que su cerebro, perfectamente engrasado, no se proponga valores que Brazoleño sí tiene muy asumidos- anduvieron cometiendo tropelías que permitieran justificar estos despropósitos.
Así que nuestro llamado gobierno y otros temibles padres de su patria,por no llamarlos hijos de su madre, se reúnen en sesudos conciliábulos para llegar a la cuadratura del círculo penitenciario, la que ellos han llamado Prisión permanente revisable.
Escapan a Brazoleño las razones de estado que propician semejante artificio. Con todas sus precauciones y dudas respecto al actual Código Penal y a la no menos dudable Constitución del 78, no son éstos los detalles que se le antoja urgente modificar, menos aún cuando a lo que considera inutilidad palmaria, deben unirse declaraciones como que sería derogado en caso de un cambio de gobierno por parte de uno de los firmantes. La excusa, mostrar unidad frente al terrorismo. Brazoleño tiene difícil contener la risa, porque hace tiempo que consiguieron abortar toda carcajada. Entre el Gobierno y el principal partido de la llamada oposición han bloqueado iniciativas indudablemente más prioritarias para la vida digna de los ciudadanos a quienes dicen administrar y representar. ¿Unidad frente al terrorismo? ¿Pero es que estos señores imaginan que los terroristas no leen los periódicos para saber sobradamente qué gaitas de unidad practican no ya en España, sino por doquier los respectivos gobiernos y oposiciones?
¿No es erróneo suponer que quienes están dispuestos a inmolarse por una pretendida creencia va a disuadirlos la posibilidad de una estancia vitalicia en la cárcel? ¿No cabe pensar que allá podrán además hallar prosélitos tan cargados de odio como ellos mismos si es el caso? ¿No es cierto además que no son quienes mueren en estas acciones los auténticos inspiradores de semejante doctrina?
No hay error, es que sencillamente, a Gobierno y la pseudoposición se la traen muy al fresco la tal unidad o más bien, que la auténtica unidad es otra, que ni se retrata en las portadas ni en el propio código ni en esta y otras setenta constituciones que puedan redactarse y enmendarse en los años venideros. Estos señores están procurando mediante un artificio legal más -uno de tantos,-colarnos su auténtico modo de ser y sentir, su nada democrático, ni integrador, ni solidario, ni progresivo concepto de Estado en el que la venganza sustituye a la Justicia,en el que no cabe perdón, ni redención y en el que los únicos errores (si podemos llamarlos así) que nunca pagan ni pagarán son los del poderoso.
El terrorismo yihadista es un totalitarismo que sirve de atroz coartada a otro totalitarismo para imponer su su propia venganza y sus propios estándares,que no son sino los mismos. Quítenle ustedes el burka , las chilabas o el pasamontañas y pónganle una corbata y una botella de Cocacola en las manos y asómbrense del parecido, sustituyan la utilización del velo por el uso y abuso de bikinis y ligueros y entenderán que la condición femenina sigue de mercadeo, percátense de que quienes han propiciado un comercio de armas, quienes se anduvieron con miramientos cuando lo que ahora llaman Estado Islámico eran solo una pandilla de asesinos contra el gobierno sirio -esa dictadura siria mal disimulada que está masacrando desde hace muchos meses a la población civil-. No son ustedes, no soy yo, ni es Brazoleño quienes estamos pagando bajo cuerda el petróleo con que se financian esos terroristas...No, pero mientras ellos gestionan esos y otros pingües negocios, ustedes, Brazoleño o yo nos despistamos odiando a civiles que -nos dicen- acaparan servicios sociales y puestos de trabajo o plazas en las guarderías. Esos señores -no los que malviven como usted, como Brazoleño o como yo al desamparo de no se sabe qué leyes- tienen perfectamente claro a qué van a conducir estos cambios de norma que, pretenden convencernos, hemos pedido a voz en cuello y ellos han dictado para nuestro futuro bien.
La triste realidad es que las leyes más restrictivas nunca han disuadido al delincuente, pero si han permitido al poderoso atar más corto al librepensante, para que no comparta su librepensar con otro, para que le sea difícil o imposible dudar en grupo y manifestar sus dudas, para que otros teman acercarse a su duda y su librepensamiento. Hecha la ley, hecha la trampa, decían ya los abuelos de los abuelos de Brazoleño. Puesta en vigor la ley ¿Quién no está bajo la tesitura de poder ser considerado terrorista? ¿Quién osará pedir al guapetón del jefe opositor que desaplique la norma? (Por cierto que teniendo en cuenta la deriva de este buen señor y de la inmensa mayoría de sus acólitos, resulta más que dudoso que llegue algún día a alcanzar poder para desandar lo ahora caminado, pero esa es otra cuestión para otra entrada, Brazoleño mediante).
La triste realidad es que desaparecido por su propio peso el telón de acero, amortizadas las radicalidades en tierra propia era imprescindible un enemigo nuevo, un coco con el que desvelar a los ciudadanitos y esta manga de herejes venía como anillo al dedo -a su dedo-para sacar de contexto cuanto fuera menester y dar otra vuelta de tuerca al tornillo sin fin. Brazoleño recuerda las palabras del abuelo pastor cuando decía "Hija, hija. Cuánto te queda por entender. Tú no sabes que nunca desaparecerá el crimen ni las guerras porque entonces perdería sentido que ellos estén ahí y eso no pueden permitírselo" y cuando Brazoleño respondía con dudas, el abuelo apostillaba, "Fíjate, hija, siempre morimos los mismos, pase lo que pase, los muertos somos siempre los que nunca estarán ahí arriba, no importa ni quien gobierne ni quien encierre o nos mate". Pero entonces, abuelo ¿No nos queda nada? ¡Pues claro hija! La satisfacción de ponérselo difícil, la de hacerles saber que los hemos descubierto, para que vivan con el mismo miedo que nos han hecho pasar a nosotros. De eso va todo esto.
A ratos Brazoleño se aflije pensando que el abuelo tenía demasiada razón, otras no sabe qué pensar y se agarra a esa duda para seguir en marcha. Solo hay una cosa permanente, mal que les pese a estos legisladores, la manía que tienen algunos Brazoleños de dudar por su cuenta.
Cremalleras
Una vez más, mientras revisa la prensa y escucha a los opinólogos del reino, Brazoleño percibe cuan lejos está de quienes en apariencia debería sentir como cercanos. Viene esta vez su sensación a cuento de las últimas noticias sobre Grecia y sobre su nuevo gobierno. Parece que a propios y extraños les incomoda sobremanera que el señor Tspiras no haya nombrado ninguna ministra. Ese acontecimiento se comenta en tertulias y redes sociales ocultando a ratos el apretón de tuercas que ya están iniciando los mercados sobre el recién nacido.
Si Brazoleño fuese aún más ingenua de lo que es, podría pensar que también los mercados lamentan la falta de paridad, pero no llegamos a tanto. Algunos de esos que tanto escándalo exhiben por la falta de mujeres en las listas de los griegos han acordado, por ejemplo, subvencionar escuelas donde se segregue a niños y niñas, aceptan una iglesia que no admite sacerdotisas y dedican sesudas disquisiciones a opinar sobre la altura de los tacones de Doña Letizia Ortiz en los actos oficiales. Son sencillamente, igualitarios de salón, pero no acaban nunca de bajar al ruedo.
Hace años, en sus primeras tomas de conciencia, Brazoleño escuchaba a aquellas que parecían saber más sobre derechos y se sentía torpe porque no alcanzaba a ver los beneficios de la paridad. Poco tiempo después tuvo la fortuna de vivir en sus carnes la bondad de tales ideas cuando fue elegida representante estudiantil por el sólido criterio de "Tenemos que poner por lo menos una chica, los de la complu tienen muchas" y a continuación "Ésta, que tiene los ojos verdes y va a primero" A Brazoleño le resultó evidente que los sólidos principios de sus electores distaban mucho de lo que ella quería pensar.
Tuvo la fortuna de encontrar en ese nuevo camino personas muy coherentes de uno y otro sexo, que no hacían su trabajo con las gónadas, sino con cerebro y esfuerzo mental y sintió confirmada aquella reflexión primitiva de que no era cuestión de nombrar sino al más capaz en cada caso. Pero cada vez que estos diálogos han vuelto a suscitarse en ámbitos como el educativo o el político, Brazoleño ha sentido de nuevo el tropiezo en la piedra de lo políticamente correcto. Procura indagar en argumentos como "tenemos que darnos visibilidad" pero ni así. Y luego de aquello tan sofisticado de la discriminación positiva y de las listas cremallera, ha acabado asumiendo que lo suyo no es de este mundo.
No es que Brazoleño ignore cómo en muchos ambientes se presiona y condiciona a cada individuo en función de su género De los aparentemente inocentes"Los niños no lloran" "No seas chicazo" "Cuando venga tu padre..." a las ablaciones, las lapidaciones o los abusos de toda índole hay menos distancia de la que la geografía puede mostrar en un mapa. Pero ese conocimiento no hace que perciba en qué ayudó al respeto por las mujeres la presencia de Ana Mato o Leire Pajín en un ministerio. La profunda convicción de Brazoleño en la capacidad de muchos de sus congéneres no la adquirió mirándoles la forma y posición de los genitales, sino viéndoles ejercer sus labores, cualesquiera que fuesen. A Brazoleño no le cabe duda de que por ejemplo, todo amante de la biología considera eminente a Dianne Fossey, que no se le ha ocurrido plantearse dudas respecto a sus capacidades para la tarea que desempeñó- O en todo caso, tienen más dudas en cuanto a sus artes diplomáticas que a las derivadas de su condición femenina- y acaso les sorprenda saber que en pleno corazón de los Virunga, uno de los productos que solicitaba a la civilización eran barras de labios. Prescindiendo de sus enfoques políticos, no conozco a nadie capaz de rebatir la talla política de Margaret Tatcher, aunque le haya supuesto dar su nombre a una plaza en este Madrid, hoy en manos de una mujer que no parece aportar gran crédito a nuestro sexo. Hasta Brazoleño se sorprende de estar citando a esa persona tan lejana en fondo y forma a sus convicciones, pero es cierto que Mrs. Tatcher llegó donde llegó sin cremalleras, sin cuotas y sin renunciar a sus faldumentos ni a los quintales de laca en su cabello. ¿Quién en su sano juicio le hubiera denegado el acceso?
El trato justo y equitativo nace desde el hogar, desde la escuela, desde las aceras del barrio y es allí donde deberíamos poner el acento. Si una familia griega debe elegir entre calentarse o comer, dudo muy seriamente que les importe que quien resuelve esa papeleta lleve bajo la cremallera de su bragueta unos gallumbos o unas bragas. Las únicas cremalleras que cobren importancia serán las de las ropas que les abrigan mientras tanto. Seguro que había algunas mujeres griegas que podían resultar buenas ministras, como puede haber algunos hombres que quizá habrían desempeñado mejor los cargos para los que se ha designado a éstos que hoy nos cuentan. El tiempo dirá si hacen bien o mal su tarea y ese será el verdadero meollo de la cuestión. Que los niños griegos puedan ir a las escuelas a aprender quienes eran Diane Fossey o Margaret Tatcher y decidir si quieren emularlas e incluso superarlas y que no importe qué postura toman para ir al baño, sino cuanto valen para esa emulación.
No piensa Brazoleño en la inutilidad de una lucha contra el sexismo de cualquier signo, sino que se opone muy sinceramente a que esa lucha sea solo aparente. Brazoleño no anhela intercambiar una cuadrícula por otra. Si ayer no podía haber mujeres en ciertos puestos, que las haya ahora a toda costa no es más que un signo de impotencia, de asunción de la incapacidad de que eso vaya sucediendo por su propio peso. No, las mujeres europeas no necesitamos cuotas preestablecidas ni pensamiento unidireccional, aunque sea en una dirección distinta de la anterior, necesitamos que nos sea igual de difícil acceder a cada puesto. Convencida como está desde muy niña de no valer más ni menos que cualquiera de los machos con que se relaciona cada día, Brazoleño no quiere estar ahí porque toca intercalar una vagina en el dentado de la cremallera con que se cierra la auténtica equidad de trato.
Si Brazoleño fuese aún más ingenua de lo que es, podría pensar que también los mercados lamentan la falta de paridad, pero no llegamos a tanto. Algunos de esos que tanto escándalo exhiben por la falta de mujeres en las listas de los griegos han acordado, por ejemplo, subvencionar escuelas donde se segregue a niños y niñas, aceptan una iglesia que no admite sacerdotisas y dedican sesudas disquisiciones a opinar sobre la altura de los tacones de Doña Letizia Ortiz en los actos oficiales. Son sencillamente, igualitarios de salón, pero no acaban nunca de bajar al ruedo.
Hace años, en sus primeras tomas de conciencia, Brazoleño escuchaba a aquellas que parecían saber más sobre derechos y se sentía torpe porque no alcanzaba a ver los beneficios de la paridad. Poco tiempo después tuvo la fortuna de vivir en sus carnes la bondad de tales ideas cuando fue elegida representante estudiantil por el sólido criterio de "Tenemos que poner por lo menos una chica, los de la complu tienen muchas" y a continuación "Ésta, que tiene los ojos verdes y va a primero" A Brazoleño le resultó evidente que los sólidos principios de sus electores distaban mucho de lo que ella quería pensar.
Tuvo la fortuna de encontrar en ese nuevo camino personas muy coherentes de uno y otro sexo, que no hacían su trabajo con las gónadas, sino con cerebro y esfuerzo mental y sintió confirmada aquella reflexión primitiva de que no era cuestión de nombrar sino al más capaz en cada caso. Pero cada vez que estos diálogos han vuelto a suscitarse en ámbitos como el educativo o el político, Brazoleño ha sentido de nuevo el tropiezo en la piedra de lo políticamente correcto. Procura indagar en argumentos como "tenemos que darnos visibilidad" pero ni así. Y luego de aquello tan sofisticado de la discriminación positiva y de las listas cremallera, ha acabado asumiendo que lo suyo no es de este mundo.
No es que Brazoleño ignore cómo en muchos ambientes se presiona y condiciona a cada individuo en función de su género De los aparentemente inocentes"Los niños no lloran" "No seas chicazo" "Cuando venga tu padre..." a las ablaciones, las lapidaciones o los abusos de toda índole hay menos distancia de la que la geografía puede mostrar en un mapa. Pero ese conocimiento no hace que perciba en qué ayudó al respeto por las mujeres la presencia de Ana Mato o Leire Pajín en un ministerio. La profunda convicción de Brazoleño en la capacidad de muchos de sus congéneres no la adquirió mirándoles la forma y posición de los genitales, sino viéndoles ejercer sus labores, cualesquiera que fuesen. A Brazoleño no le cabe duda de que por ejemplo, todo amante de la biología considera eminente a Dianne Fossey, que no se le ha ocurrido plantearse dudas respecto a sus capacidades para la tarea que desempeñó- O en todo caso, tienen más dudas en cuanto a sus artes diplomáticas que a las derivadas de su condición femenina- y acaso les sorprenda saber que en pleno corazón de los Virunga, uno de los productos que solicitaba a la civilización eran barras de labios. Prescindiendo de sus enfoques políticos, no conozco a nadie capaz de rebatir la talla política de Margaret Tatcher, aunque le haya supuesto dar su nombre a una plaza en este Madrid, hoy en manos de una mujer que no parece aportar gran crédito a nuestro sexo. Hasta Brazoleño se sorprende de estar citando a esa persona tan lejana en fondo y forma a sus convicciones, pero es cierto que Mrs. Tatcher llegó donde llegó sin cremalleras, sin cuotas y sin renunciar a sus faldumentos ni a los quintales de laca en su cabello. ¿Quién en su sano juicio le hubiera denegado el acceso?
El trato justo y equitativo nace desde el hogar, desde la escuela, desde las aceras del barrio y es allí donde deberíamos poner el acento. Si una familia griega debe elegir entre calentarse o comer, dudo muy seriamente que les importe que quien resuelve esa papeleta lleve bajo la cremallera de su bragueta unos gallumbos o unas bragas. Las únicas cremalleras que cobren importancia serán las de las ropas que les abrigan mientras tanto. Seguro que había algunas mujeres griegas que podían resultar buenas ministras, como puede haber algunos hombres que quizá habrían desempeñado mejor los cargos para los que se ha designado a éstos que hoy nos cuentan. El tiempo dirá si hacen bien o mal su tarea y ese será el verdadero meollo de la cuestión. Que los niños griegos puedan ir a las escuelas a aprender quienes eran Diane Fossey o Margaret Tatcher y decidir si quieren emularlas e incluso superarlas y que no importe qué postura toman para ir al baño, sino cuanto valen para esa emulación.
No piensa Brazoleño en la inutilidad de una lucha contra el sexismo de cualquier signo, sino que se opone muy sinceramente a que esa lucha sea solo aparente. Brazoleño no anhela intercambiar una cuadrícula por otra. Si ayer no podía haber mujeres en ciertos puestos, que las haya ahora a toda costa no es más que un signo de impotencia, de asunción de la incapacidad de que eso vaya sucediendo por su propio peso. No, las mujeres europeas no necesitamos cuotas preestablecidas ni pensamiento unidireccional, aunque sea en una dirección distinta de la anterior, necesitamos que nos sea igual de difícil acceder a cada puesto. Convencida como está desde muy niña de no valer más ni menos que cualquiera de los machos con que se relaciona cada día, Brazoleño no quiere estar ahí porque toca intercalar una vagina en el dentado de la cremallera con que se cierra la auténtica equidad de trato.
Condolencias
Cambia el año, pero no cambian los usos. Han pasado algunas horas desde que unos fanáticos islamistas irrumpieran en la redacción de la revista francesa "Charlie hebdo" A la conmoción momentánea suceden por las redes los comentarios, los mensajes, las opiniones... Y es entonces cuando Brazoleño vuelve a sentir que no tenemos remedio, que nunca nos quedará París, porque también allí- o al calor de su duelo- se ha ido sumando otra vez el oportunismo sectario de los de todos los días.
Siempre hay un listo al que le salta el resorte flojo del aprovechamiento mediático, siempre hay quien faltando al más elemental e ingenuo respeto por las víctimas, que seguro tendrían también sus recovecos y sus tachas, encuentra la ocasión de sacar rendimiento a algo que ni iba con él ni merecía contar con su presencia.
Brazoleño ha sentido el dolor de la barbarie y lo ha sentido sin saber aún si los caídos eran dibujantes, bedeles o zapateros que caminaban cerca a esa hora. Han caído como consecuencia del fanatismo de unos descerebrados que necesitan justificarse con todo un dios- cualquiera que sea- para cargar contra aquello que no saben tolerar. Pero ¡vaya! parece que no dé igual, en pocos minutos se han llenado las redes de condolencias, pero entre ellas destacan singularmente las corporativas: Policías que se solidarizan con los policías caídos, comunistas que resaltan que alguna víctima colaboraba con "l´Humanité", dibujantes que reprochan a otros dibujantes qué dibujos eligen para el homenaje, ultraderechistas que culpan a la tolerancia de haber tolerado y ¡hasta animalistas que resaltan que alguna de las personas caídas lo era también!
Ese es siempre y tristemente el gran triunfo del terrorismo, ponernos donde merecemos, hacer evidente que, frente a ellos, nosotros somos igualmente tendenciosos, separatistas, fundamentalistas de lo nuestro. A Brazoleño, por sobre el estupor o la solidaridad le duele constatar una vez más que no todos los muertos les escuecen igual a sus congéneres, que rápidamente hacen compartimentos y paquetes para envolver a las víctimas.
Para lo demás no hay sorpresa, los canallas lo son dondequiera que nazcan y cualquiera que pretenda ser su coartada, nada justifica la muerte, tampoco, por supuesto, la creencia religiosa. Por muy pocos segundos, Brazoleño ha querido creer en una pizca de efecto revulsivo, en esa gotita de aroma escaso y caro a bondad humana, pero ha durado poco, ya digo. Aunque reconforte conocer que muchos musulmanes han condenado públicamente esta acción, una vez más, a Brazoleño le sabe todo esto a déjàvue y, por lo mismo, presiente que está todo bastante más perdido de lo que queremos reconocernos. ¡Ojala que esta vez sea un error de percepción! No, yo no soy Charlie, pero podría haberlo sido.
Siempre hay un listo al que le salta el resorte flojo del aprovechamiento mediático, siempre hay quien faltando al más elemental e ingenuo respeto por las víctimas, que seguro tendrían también sus recovecos y sus tachas, encuentra la ocasión de sacar rendimiento a algo que ni iba con él ni merecía contar con su presencia.
Brazoleño ha sentido el dolor de la barbarie y lo ha sentido sin saber aún si los caídos eran dibujantes, bedeles o zapateros que caminaban cerca a esa hora. Han caído como consecuencia del fanatismo de unos descerebrados que necesitan justificarse con todo un dios- cualquiera que sea- para cargar contra aquello que no saben tolerar. Pero ¡vaya! parece que no dé igual, en pocos minutos se han llenado las redes de condolencias, pero entre ellas destacan singularmente las corporativas: Policías que se solidarizan con los policías caídos, comunistas que resaltan que alguna víctima colaboraba con "l´Humanité", dibujantes que reprochan a otros dibujantes qué dibujos eligen para el homenaje, ultraderechistas que culpan a la tolerancia de haber tolerado y ¡hasta animalistas que resaltan que alguna de las personas caídas lo era también!
Ese es siempre y tristemente el gran triunfo del terrorismo, ponernos donde merecemos, hacer evidente que, frente a ellos, nosotros somos igualmente tendenciosos, separatistas, fundamentalistas de lo nuestro. A Brazoleño, por sobre el estupor o la solidaridad le duele constatar una vez más que no todos los muertos les escuecen igual a sus congéneres, que rápidamente hacen compartimentos y paquetes para envolver a las víctimas.
Para lo demás no hay sorpresa, los canallas lo son dondequiera que nazcan y cualquiera que pretenda ser su coartada, nada justifica la muerte, tampoco, por supuesto, la creencia religiosa. Por muy pocos segundos, Brazoleño ha querido creer en una pizca de efecto revulsivo, en esa gotita de aroma escaso y caro a bondad humana, pero ha durado poco, ya digo. Aunque reconforte conocer que muchos musulmanes han condenado públicamente esta acción, una vez más, a Brazoleño le sabe todo esto a déjàvue y, por lo mismo, presiente que está todo bastante más perdido de lo que queremos reconocernos. ¡Ojala que esta vez sea un error de percepción! No, yo no soy Charlie, pero podría haberlo sido.
NO SOY TERESA
Hace días que Brazoleño despierta con mal sabor de boca. No
es que los meses anteriores dieran para mucho, pero la realidad se empeña a
veces en torcer lo que no estaba derecho y en acentuar las negruras de un modo
especial.
Las primeras noticias sobre un rebrote del llamado virus de ébola calentaban los interiores de los periódicos o entristecían alguna columna sin molestar demasiado. Hasta se colaban en televisión. Pero el asunto venía para pasarse una temporada entre nosotros.
Las primeras noticias sobre un rebrote del llamado virus de ébola calentaban los interiores de los periódicos o entristecían alguna columna sin molestar demasiado. Hasta se colaban en televisión. Pero el asunto venía para pasarse una temporada entre nosotros.
Empezó a irse de las manos de las ONGs, saltando a países
menos alejados del primer mundo y a reclamar más minutos hasta que a algún
lumbreras, tampoco indaguemos mucho, se le dio en confundir empatía y caridad
con temeridad. A partir de ahí todo ha venido rodado. Aunque la práctica
sanitaria común recomiende aislar y mover lo menos posible los focos de
contagio, de pronto empezó a preocupar que los pobres blancos se muriesen allí,
rodeados por quienes habían sido su familia de facto, pero lejos de sus parientes
legales. Esos derechos que no se favorecen cuando el enfermo está a tres
cuadras de distancia, pero sus familiares no tienen para el autobús, ni cuando
cada uno vive a un lado de una frontera ideológica, o sencillamente
burocrática, los que son opinables cuando se trata el reagrupamiento, se pusieron en valor para comenzar a repatriar
enfermos del actualísimo virus…
Fue la coartada que animó a muchas autoridades, y entre
ellas las nuestras, que repatriaron sucesivamente
a tres españoles (con Pajares venía otra persona que resultó no padecer ébola,
pero que podría haberlo padecido según los síntomas con que fue embarcada). Esta
fue la razón aducida, la humanidad ¿Me permiten carcajearme? Brazoleño ya lo
hace, aunque con una risa helada y triste. ¿Humanidad? ¿Es humano dejar a los
compañeros no hispanos en tierra cuando el avión tenía al menos otra plaza,
restregarles su pasaporte africano? Ese esfuerzo económico y logístico ¿No
podría haberse hecho antes para embarcar medios básicos y hacerlos llegar a
aquel hospital? Esa misma Guinea con cuyo presidente se codeaba el nuestro
pocos días antes del evento, sin importarle su condición de dictador ¿No era
cuna idónea para hacer a Paciencia Melgar merecedora de humanidad? Visto lo
visto, igual hay que pensar que mejor para ella y que el espanto de verse
abandonada a sus fuerzas y a sus anticuerpos valía la pena. Les valió la pena, al menos, a esos mismos desalmados que menos de un mes después de su victoria contra
la enfermedad le reclaman la sangre y ponen a su disposición un avión, ahora
sí, para intentar desfacer algún entuerto…
Brazoleño siente que el teclado no da para expresar toda la
indignación y toda la repugnancia que esta historia le produce, pero sigue
pensando. Piensa qué anima los cerebros de quienes ejercen el poder sanitario y
mediático de su país. Qué clase de construcción mental puede llevar a ningún
responsable a encarar con chulería tabernaria un contagio, qué tipo de calidad
emocional y moral puede llevar a alguien a decidir que otro alguien no se suba a un avión y con el mismo cuajo, ofrecerle luego plaza para sacarle la sangre
en sentido literal y figurado, como si de un thriller gore se tratase. No hay
teclado que lo exprese.
Es tanta la rabia, la repugnancia, que a Brazoleño le cuesta
volver al título de esta entrada. “No soy Teresa” se refiere a
Teresa Romero, esa auxiliar de enfermería-que no enfermera- contagiada por el
dichoso virus y que a estas horas parece haber podido con él, ayudada-nos
dicen- por el suero de Paciencia Melgar, superviviente también al virus y a los
despropósitos humanos… Estas dos mujeres, cada
cual a su manera, han encarado al virus, se han remangado figuradamente-que en
otra forma no era recomendable- y han estado limpiando esputos, heces y vómitos,
aseando cadáveres para que tuvieran un mínimo de dignidad aún en ese trance
último, dignidad que otros, sin remangarse ni perder el pulso, les negaron a
ellas dos, cada una en su ámbito y a su manera. Ambas se han contagiado en ese
esfuerzo y han conseguido que sus respectivos organismos derroten al ébola.
Nadie le pidió explicaciones a Paciencia sobre su contagio,
la dejaron allí a su suerte, sin preocuparse de si sus calzas,- en caso de
tenerlas- habían estado bien sujetas, de cómo se desvistió o de si se tocó la
cara. Bastante hicieron con no dejarla subirse a un avión que tenía plaza, pero
que no iba a Guinea. Sin embargo, desde que empezó a parecer que superaría esta
espantosa muerte, empezó a cobrar interés para los blancos de acá.
Mientras, ni escarmentados ni prudentes, esas autoridades
tan humanas y solidarias, decidían que podían volver a intentar otra
repatriación (del envío de ayuda seguían debatiendo en los foros internacionales
con las restantes autoridades humanas y solidarias como ellos). Para ese entonces,
ya se había bajado aún más la guardia, ya se había empezado incluso a sacar
pecho ante el mundo y a presumir de gestión, jugar al póquer cuando las fichas
son las vidas de los demás es muy fácil y suele ser divertido.
De lo sucedido a continuación hemos leído y escrito casi
todos, pero en esencia baste decir que de tanto ir a la fuente del ébola- por
cierto, pobre río de nombre maldito ya para siempre-el cántaro se rompió por
donde cabía esperar, una auxiliar, que no enfermera -de ahí que estuviera aún
más expuesta, por ser quien se ocupa del trabajo grueso de la atención médica-.
¿Podría haber sido cualquier otro sanitario? Seguramente sí, cuanto nos han
contado hace pensar que sí, que incluso el jefe de pista del aeropuerto si se
lo llegan a proponer con un poco más de empeño hubiera podido caer infectado. Sin duda,
no las autoridades humanas y solidarias que desde sus despachos, sus congresos
y comités continuaban decidiendo qué hacer en Africa y descargando tarea en las
ONGs. La aldea es global, no igualitaria.
Pero Brazoleño no es Teresa, ni tampoco es Paciencia, así
que no sabe con qué cuerpo encara uno el después, el haber vivido en una
burbuja maldita para salir con sus anticuerpos a encarar tanto patógeno
irremediable como les espera a ambas. Por un lado la basura que aún estarán
dispuestos a echar encima muchos de esos humanos y solidarios congéneres que no
han tenido empacho en usar de ellas para salvar el propio culo -infecto por más
que se lo froten-que continuarán sin tener empacho para ello. No sabe tampoco
cómo encara una la distancia, el recelo de algunos, el estigma que, muy a su
pesar deberán percibir cuando vuelvan a sus vidas, cómo atender al zarandeo
mediático, al uso y abuso que muchos harán de esta vergüenza. Porque sí, esto
es una desdicha, pero sobre todo es una vergüenza. Una vergüenza que se siga
dilucidando qué y cómo se hará para afrontar el virus en tierras africanas
mientras se dilapidan esfuerzos y dólares en atender las mal llamadas
necesidades de este primer mundo. Vergüenza que se siga malenviando ayuda
institucional y fiando lo poco de bueno que allá se hace a las ONG´s…
Una vergüenza que todo este caos de dos semanas vaya a
servir para que algunos próceres y “próceras” (en consideración a la corrección
feminista que nos asedia )estén ya apresurándose a presumir de sanidad pública -Sin ir más lejos, Doña Cristina Cifuentes ya en twitter, que le ha faltado
tiempo a la pobre mujer- o para que algunos oportunistas se desparramen ya
solicitando medallas y condecoraciones a través de change.org, (que del otro lado
también hay lo suyo).
No son Teresa esta caterva de aprovechados con moral
delicuescente que se aprestan a sacarle la sangre mediática cuando apenas ha
cambiado de planta del hospital. Tristemente, ni la sangre de Teresa, ni la de
Paciencia, servirán para detener el virus en el lugar de origen, en ese punto
por el que este mundo nuestro sigue muriéndose entre vómitos sanguinolentos,
heces y fiebre. No. Esta crisis acabará pasando, porque siempre hay Teresas y Paciencias que lo recogen todo hasta empeñar la vida.
Pero Brazoleño no es Teresa, de ahí que haya venido con sus
vómitos hasta aquí. La realidad es incluso más sucia.
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