Ayer, sobre la marcha, me resulto simplemente innecesario. Hoy, con el reposo nocturno, me resulta aún peor, DESVERGONZADO Y FALTO DE ESCRÚPULOS.
Salir a hacerte la foto del paternalismo decimonónico, golpearnos condescendientemente la espalda y probar a lavarte las manos A NUESTRA COSTA una vez más -y no por higiene o salud colectiva, sino porque ni todo el papel higiénico que acaparan tus compatriotas te alcanza para limpiarte la que debería venírsete encima- es la confirmación de tu desfachatez de tu falta de empatia, de tu desconexión interesada con tu país.
Por suerte, ciudadano Borbón, estamos tan ocupados en sobrevivir a esta pandemia, que pasará tiempo antes de que debas enfrentarte a estos errores, pero no por tu mérito, tenlo bien claro. ¡Y que lo tengan quienes te acompañaron ayer en el vergonzoso intento de salvar los muebles haciendo que hacías!
No, Felipe, no estabas tan preparado como nos contaron, quizá porque nadie puede preparar a otro para la empatía, porque la sensibilidad innata se tiene o se carece de ella y es a partir de ese don natural desde el que después se trabajan las habilidades sociales. Ni eres Churchill ni necesitamos que lo seas. Vivimos en otro siglo y hemos pasado demasiadas cosas para que nos sirva un discurso vacuo, impostado y sin alma al que solo le faltó un arbolito navideño y tres guirnaldas para hacernos creer que detrás vendrían los langostinos, la sopa de albóndigas de la abuela Juana y los turrones.
Debiste dejarte la mascarilla puesta para no ofender la inteligencia de tus maltrchos conciudadanos. Mejor confínate del todo y cuando el virus pase, volveremos a hablar.
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