"Menos mal que existen los que no tienen nada que perder, ni siquiera la historia."

DE ANCIANITOS Y ESAS CUESTIONES

 

Una de las cosas que me ha costado sobrellevar sin exabruptos durante esta crisis, ha sido la hiperveneración y sobredimensión que se da al asunto ancianidad en los medios y las redes. No porque carezca de importancia cuanto ha ocurrido, sino por el enfoque: Los que más lo merecen” “Los que más han hecho por nosotros” “NUESTROS abuelos” y muchas otras expresiones encumbradoras salen por doquier de bocas, plumas y teclados como si mágicamente, ser anciano les hubiera hecho devenir en entidades beatíficas que aleteaban sobre lo cotidiano exhalando perfume de santidad.

Es cosa común desde hace tiempo, pero parece acentuada desde la declaración de esta pandemia, el  que se trate de los ancianos con una suerte de veneración que a menudo es más fingimiento colectivo que implicación real. De pronto todos hemos descubierto que tenemos abuelos valiosísimos, amorosísimos y emeritísimos.¡Ja!

No me voy  referir solo al hecho de que muchas de las personas afectadas por este virus  lo hayan padecido en residencias en las que habían sido aparcados y apartados por sus deudos, porque siendo más que cierto que muchos familiares, amantísimos de los suyo, han padecido el desgarro de asumir que ya no pueden atender a sus ancianos como necesitan, no lo es menos que  otras personas les había faltado tiempo para alejarse de la fealdad o del incordio de los olvidos, los pañales y la carencia de pulso o de equilibrio sin tanto remordimiento como aparentan. De todo ha habido. También conozco algún caso de persona que ha preferido ella misma asilarse en un centro especializado con los ahorros que le pudieran quedar que seguir a merced de sus descendientes...

Los abuelos, como los cincuentones o como los jóvenes, son variopintos. Lo que los aúna es que tuvieron hijos y estos hijos tuvieron a su vez los suyos. Hay además quienes son ancianos por el solo hecho de que nacieron hace mucho tiempo;  ni hijos, ni legados singulares, fueran materiales o intelectuales. En todos estos años, además de seguir vivos han podido ser seres entrañables o criaturas inmundas, sabios o zopencos de talla. No, no es verdad que merecen nuestros honores porque son “la mejor generación” ni porque “han pasado las penurias de una guerra y una posguerra” eso es hacernos trampas, empezar a asumir que el resto, como ya no seremos ni serán los mejores, como no habrán ni habremos pasado por según qué  terribles acontecimientos, YA NO MERECEMOS, se nos pueden negar el respeto, y los cuidados.

Nos escandalizó el triaje cruel de las residencias y nos echamos las manos a la cabeza, creo que con razón. ¿Hubiera sido más oportuno decidir que los menores de treinta, que en su mayoría podían ser “ninis” o  al menos no tener cargas familiares, eran los sobrantes? ¿O acaso señalar a los de mediana edad que total ya han vivido lo suyo y ni van a alcanzar jubilación? ¿De qué estamos hablando?

Los ancianos, TODOS, los que fueron buenos, los malditos bastardos, los mediocres –que serán mayoría, como sucede en cada generación- los valientes y los cobardes, los que ganaron guerras y quienes siempre las pierden, TODOS, merecen el respeto, la dignidad y la protección que toda sociedad honesta y solidaria debe A TODOS LOS SUYOS, porque esa es la esencia y el sentido de vivir en sociedad, el resguardo y el amparo que el grupo proporciona a cada uno de sus individuos. No nos hagamos trampas, no dejemos que nos las hagan. NO IMPORTA  cuánto de bueno hizo un anciano por mí, importa cuánto de bueno puede hacer esta sociedad que nos hemos dado él, tú y yo por todos y cada uno de los suyos, desde el principio hasta el final.

No tiene que dolerme más una muerte que otra, no tiene porqué ser menos grave un descuido que otro. El niño porque empieza su camino, el anciano porque lo concluye y los demás porque estamos en ello. Nos necesitamos para que el puzzle esté completo. Por los recuerdos, por los olvidos, por las preguntas, por las dudas, por las esperanzas. No debemos permitirnos clasificar ni permitir que  nos clasifiquen en la dignidad ni en el amparo, no debemos permitir que nos abran fisuras por las que colar sus zumos miserables. Quienes detentan el poder- uso el verbo con plena intención- de vez en cuando nos necesitan menos juntos, menos colectivo, más individuos amontonados, para que sea más fácil que hagan sus cosas a su modo e interés. Nos inducen la percepción de las diferencias. Son las pieles, el género, la patria, la edad o el acento, Remarcan lo trascendente de esa diferencia para bien y para mal nos ordenan, nos convencen de sus clasificaciones y nos tienen catalogados y empaquetados para sus asuntos que, pocas veces son los nuestros.



Trampas lingüísticas y de las otras

     Una, a pesar de los años, no acaba de acostumbrarse a las denominaciones periodísticas, la verdad. Se pasan de los epítetos alarmantes a las suavidades contemporizadoras más inesperadas. Estos días, por ejemplo, a raíz del asunto de los fondos europeos y tal, nos mencionan a “Países frugales” y una se pierde. Frugal es mi vecina Maripili, cuando en la fiestorra vecinal, coge un espárrago para cenar, pero si teniendo buffet libre decide quitarle de la mano el espárrago a mi hijo de cuatro años en lugar de acudir hasta la bandeja a por él y además manda al crío para que le traiga una chuletita, no diríamos precisamente que qué frugal es Maripili que solo se ha comido la chuleta y un espárrago, sino que pasa a ser una víbora malnacida como poco. Pues aquí, señores periodistas, estamos en lo mismo. ¡Qué coño frugales! ¡Qué fácil la mesura aplicada a los demás desde la cuasi extorsión! Seamos serios.

     ¿Cómo no van a ser ricos los paises ricos? La táctica es impecable: Pongo a circular algo de dinero para que tengas con qué gastar en mis empresas y por ello va regresándome de modo directo, pero ADEMÁS, te hago devolver con intereses lo “prestado” de modo que vuelve a mí dos veces y con recargo, te pongo condiciones de austeridad en la gestión que hacen incómodo el día a día de tus ciudadanos hasta el punto de que tus ricos se vienen con sus dineros a mis bancos, donde les ofrezco condiciones de paraiso fiscal y sigo apretando clavijas día sí y día también. Desconfío de tu gestión, pero exijo que confíes en mí y me permitas ir y venir a mí y a lo mío por tus fronteras. Por cierto que, el dinero que circulo es dinero al que has contribuído como socio- en el caso de España como contribuyente neto- O sea soy frugal por vía interpuesta. ¿Qué tal llamarlos al menos países usureros cuando no directamente corsarios?

     Parece que negociemos con ellos con orejas gachas, como si no nos necesitaran, como si todo el peso de Europa cayera sobre sus hombros y los demás suplicáramos la merced de pertenecer a la UE, pero su pujanza y sus bienestares dependen de nosotros tanto como nosotros de ellos. ¿Dónde van a vender sus tulipanes, sus mantequillas, sus chocolates? ¿Dónde van a rustir sus culos y escotes en condiciones europeas? ¡Pues claro! En los paises del sur, en los gastones irredentos.

   Y después es cuando, dándole vueltas a la cabeza, ésta que no entiende nada, empieza a recordar que son fondos buitre HO-LAN-DE-SES quienes se tienen comprado el hospital Infanta Leonor en Madrid y andan con otras adquisiciones sanitarias de calado, recuerda también quienes en nuestro país andan y anduvieron propiciando que la sanidad española fuera cambiando de lo público a lo privado, que lo fueran haciendo otros servicios (Paradigmático el asunto de las residencias, sin alejarnos mucho)...Y empieza a entender que, una vez más, muchos europarlamentarios hispanos de banderita en máscara y muñeca estén más encantados poniéndose de parte de los paises filibusteros que del suyo propio. Es normal, para ellos la patria auténtica es la de su dinero, lo otro es decorado resultón y en ese equipo, no nos engañemos, juegan también demasiados jerifaltes de los grupos mediáticos ¿Cómo iban a permitirse llamar sinvergüenzas a sus propios compañeros de andanzas? ¡No hombre, no! Son austeros,con lo de todos, para que pase a ser lo suyo y les paguemos por ello, pero sonando bien. La temporada de rebajas ya ha empezado.


EXTRACTIVOS, EXTRAYENTES



Sólo había una tarea, estar a la altura.

Hacer caso a quienes saben apenas un poco más que el resto parecía un proyecto fácilmente asumible. Que la salud de todos fuera el asunto principal, casi el único asunto, podía parecer a los ingenuos algo de cajón, pero se trataba de eso, de ingenuidad. En menos de dos meses- se cumplen ahora- empezó a salir por determinadas grietas el fluido mal contenido  del egoísmo individual. Era de esperar. Suponer que en esta sociedad elaborada a golpe y parche íbamos a aguantar algo más que esto era creer en hadas y el españolito es más de otros entes fantásticos. Los cuentos de hadas son todos importados.

En la primera semana, mientras era todo novedad, nos llenábamos la boca de bien común y cánticos, compartíamos propuestas por las redes y nos sentíamos estupendos. Era fácil, unas vacaciones temáticas sobrevenidas, como un juego de rol o un reto. Solo quienes tenían el monstruo en casa- que no siempre era el coronavirus- percibían con terror la posibilidad de que este asunto fuera a extenderse mucho tiempo.

Sí, mientras la cosa iba de dejar que otros hagan, fue posible. Aplaudíamos a quienes tenían que jugársela ahí fuera y organizábamos los armarios. Hemos tenido hasta la ocasión de ser solidarios y creativos, cada cual a su manera, cobrando protagonismo con ocurrencias para “ayudar en redes”...

Como si fuéramos niños-Y a fe que con frecuencia lo parecemos- Nos proponían eso de “Frenar la curva” y nos suministraban cada día dibujitos. La mayoría no entendía nada, como no entienden de virología, de epidemiología o de macroeconomía, pero era estupendo para los atrevidos de codo en barra- Esos que ahora llaman “cuñados” con evidente toque machista, como si no hubiéramos cuñadas la mar de ocurrentes y peligrosas- Cualquiera había encontrado un enlace que proporcionaba la clave del asunto.

Para unos días está bien. Tiempo sabático que todos hemos añorado en nuestro hiperestructurado día a día de primermundistas. Hasta podíamos reirnos del “cuñadismo” de otros y compartir “memes” Pero esto no es un simulacro, así que- igual que cuando pasa Nochevieja empieza a entrarnos la prisa porque los niños vuelvan al cole y nos sobran las ofertas de turrón y polvorones- empezamos a cansarnos de coser mascarillas, de pintar arcoiris y seguir tutoriales de macramé o de yoga. Tuvimos que empezar a asumir que si no leíamos no era solo por falta de tiempo y que nos podían más probar las recetas de rosquillas que conseguir un culo como Beyoncé . Y el dichoso gobierno, que sigue sin devolvernos las llaves del Escaperoom.

Empiezan los problemas. Como dicen las abuelas, bien está lo que bien acaba. Pero resulta que esto no ha acabado, que no estábamos en un juego, que aún no sabemos cómo va a acabar y que los sanitarios están agotados, que el fantástico mercado que nos hemos ido dando es capaz también de especular con  EPIs, con respiradores y hasta con vidas, las nuestras.

Ha empezado el siguiente nivel y nos lo han estampado en la cara los de siempre.
Curiosamente, salta la chispa en un barrio de Madrid, no en cualquiera, en el de Salamanca (el más rico del país junto con La Moraleja, también en Madrid  y Vallvidrera en Cataluña). No los llaméis Cayetanos, ni Borjaliebers, o mejor dicho, no los toméis a broma.  Ellos ya no quieren jugar y van a volver a imponer las reglas a poquito que nos dejemos.  Quieren “libertad”, dicen. Ellos, los que pueden teletrabajar y querían colocarnos la excelencia de tal cosa-o más aún, encomendar a otros que teletrabajen para ellos- Ellos, los que pueden comprar on line con tarjeta y que tenían quien les hiciera la compra, les planchara los polos o cuidara de sus hijos cuando se ponían pesaditos, los que un día pueden pedirse a domicilio menús de cinco tenedores y otros días fingen comer bocadillos de calamares por casticismo -que no por necesidad- no tienen bastante con su emprendimiento digital y se aburren en casa. Quieren poder abrir ¿No se estarán aburriendo de sí mismos? ¿No será que les asusta valer lo mismo que los pringadillos de San Cristóbal, de Villaverde y de Carabanchel?...

Sé que hay otros ciudadanos indignados en todo el territorio y que alguno ha podido ver, desde la distancia, con cierta afinidad lo de estos días en Madrid. El gobierno no está siendo un dechado de aciertos y claridad en su gestión, eso lo vivimos todos.

Intentemos ser un poco serios. A los que llevamos dos meses sin ingresar un euro, no asusta lo que viene (No es futurología, está ya aquí, a nosotros nos llega sí o sí) pero es muy sintomático que estas personas no hayan salido a reclamar respiradores, no han corrido a las ONG´s de los barrios para repartir con sus cacerolas comidas  para quienes no pueden tirar de ahorros. Ni siquiera están estableciendo redes de apoyo a emprendedores de entre los suyos que están de verdad pasándolo mal. No hay propuestas alternativas, quieren seguir a lo suyo. No hablaron jamás de dictadura ni ante la “Ley mordaza” ni mucho menos aún ante las anteriores. Empiezan a salir, haciendo burla de “la paguita”, cuando el gobierno empieza a hablar de un ingreso mínimo vital que ya proponen muchos otros dirigentes mundiales-nada sospechosos de “bolivarismo”-o de impuestos de solidaridad (claramente definidos como TEMPORALES) para los patrimonios superiores al MILLÓN DE EUROS. No es solidaridad, ni libertad para todos lo que están reclamando, es SU libertad para seguir haciendo y no es ni su solidaridad, es poder continuar con sus limosnas cuando necesiten sentirse bien o hacerse selfies. Y es, sobre todo IMPUNIDAD para seguir con sus cosas como lo han hecho siempre.

Son un COLECTIVO EXTRACTIVO, que lleva generaciones sacando del medio las materias primas, de sus congéneres el sudor, la sangre y hasta las ideas. No son quienes construyen ni quienes crean, que no nos engañen. Recogen lo generado por otros o por la propia naturaleza y lo acaparan para sí. Son un colectivo que todo lo ha conseguido con dinero desde hace mucho, pensando siempre que pagaban demasiado y que  no se ha tomado entre tanto el tiempo de interesarse sobre lo que no pueden comprar. No han entendido aún que una parte de esa impunidad que reclaman no podría dársela ni siquiera otro posible gobierno, de los suyos, porque hay un virus pasando al cobro la factura sin mirar qué franjitas de qué colores llevas en la muñeca.

Se habían creído que hasta su salud podía pagarse y la convirtieron en un negocio más. Cuando el negocio les falla, cuando no llega, desde el estupor y el susto, empiezan a culpar a otros, pero, incapaces de aprender, en cuanto parece que escampa, quieren volver a las andadas, esas que no requerían más esfuerzo que tomarlo todo otra vez en su mano.

Están indignados, pero no por ti, no por nosotros. No nos confundamos, están indignados porque en estas condiciones de semiclausura no se sienten privilegiados, aunque continúan siéndolo y se retratan con frases tan definitorias como “No voy a resolver los asuntos de la Comunidad en la mesa donde me tomo la cena”. ¿No es obsceno cuando hay niños haciendo los deberes en una esquina de la mesa de la cocina con una tablet prestada o incluso sin tablet? Pero no, niña Isabel- solo un ejemplo-  no se da ni cuenta. Usa el mismo tono chulesco y convencido que ha usado toda la vida. Se viste de negro, se planta la bandera con el crespón de fondo de pantalla y la mascarilla al cuello y se indigna ¡Faltaría más! Porque ya está bien de no poder acudir a las terrazas de Castellana o al golf al club de campo. Y con ella se indignan los Pocholos, las Nenés y una parte de Gorkas y Borjitas y Aranchas (Con C y H, por supuesto, que todo lo euskera les da un poquito de repelús congénito, pero que como nombres que dan estatus les suenan tan bien).

En España hay otros empresarios, otros ricos, otros conservadores, los que distan de mí, de nosotros, desde la reflexión y la cordura. Esos, precisamente esos, los que servirán también para levantarnos cuando todo vaya pasando, aunque nos separe una distancia que no tiene connotaciones sanitarias,  no se van a golpear las cacerolas haciendo ruido, como las vacas mueven los cencerros cuando se las achucha con la vara. Cuidado, no nos vayamos a confundir, que estos otros no son vacas, son vampiros y ya tienen mucha sed.










SABERES E IGNORANCIAS

Desde que comenzó todo este asunto de la pandemia  CoVid19, asisto -a ratos con perplejidad, otros francamente divertida y muy a menudo con auténtica indignación- al recital de insensateces, pretendidamente informadas, de muchos que en radio, televisión y periódicos se permiten opinar sobre el asunto.
De pronto todos han devenido en expertos epidemiólogos, microbiólogos, neumólogos y cuantos logos queramos adjudicarles. Nunca serán suficientes los títulos para cubrir el amplio espectro de los saberes que se autoatribuyen con desparpajo mediante el uso y abuso de su opinión, sin más. Juegan a la confusión y enuncian cuanto les pasa por la cabeza sin diferenciar entre aquello que han aprendido y aquello que sencillamente se les ocurre a sus mentes preclaras. Día tras día, van sirviendo este sopicaldo tóxico en las mentes de los ciudadanos desprevenidos, propagando males que acaso en lo físico parezcan  más llevaderos que el SARS-CoV2 pero que en lo mental son muy difíciles de combatir si no prevenimos y lo tomamos muy en serio.

Puede que algunos de los que me conocen les sorprendera que diga esto, pero creo que uno de los mayores errores ha sido contarnos muchas cosas para las que la mayoría no estamos preparados, ignorar que los medios, que hubieran estado llamados a transmitirlo y acaso cooperar, estaban tan sesgados contra una parte de este gobierno que no iban a ocuparse sino en buscar el error o incluso en crearlo.

A base de contravenir todo principio ético y científico,  han conseguido instaurar la duda y la desconfianza incluso en cosas que nunca habían sido de otro modo y que no pueden serlo en el futuro.
Así, por ejemplo, es muy comprensible que sintamos inquietud ante algo que desconocemos, lo que es menos comprensible es que se pida certeza absoluta a quien está investigando ese algo que también él desconocía hasta ahora. El método científico consiste, entre otras cosas en dudar y plantearse preguntas, en elaborar hipótesis y trabajar para intentar confirmarlas. Sé que está costando vidas, algunas trágicamente cercanas, todas valiosas y necesarias y sé todo lo que eso espanta, pero si lo que ustedes desean son certezas absolutas, están pidiendo un gurú o un profeta, no un científico. Yo, desde luego, no quiero semejante cosa para conducir el asunto que nos ocupa.

Se exige transparencia, pero cuando por mor de dicha transparencia se admite duda o se muestra el error, se escarnece al actor sin ofrecer alternativa (acaso porque no la puede haber o simplemente porque también se desconoce) Si los técnicos estuvieran en posesión de todas las certezas, no estaríamos como estamos. ¿De verdad no piensan que todos nuestros gestores estarían locos por colgarse el medallón de la solución mágica? ¿De verdad no imaginan cuánto valdría en nuestro mercantilizado sistema esa panacea? ¡Pero si se pagan a precio de oro hasta los placebos!

No pretendo que el tío Paco, que apenas fue a la escuela y necesita que el nieto le lea las cartas, que bastante tiene con haber aprendido lo de Covid, tenga una iluminación repentina que le permita saber lo que no sabemos los demás, me conformo con que cuando se le da una noticia sea tal y que cuando nada nuevo se sabe, se limiten a callar y esperar entreteniéndonos con algo más liviano. Me conformo con que el sujeto que nunca despuntó ni como cantante, ni como actor  ni como torero o como representante de famosos, tenga la humildad de callarse la boca y que los pretendidos periodistas no se pongan a pontificar sobre microbiología o estadística cuando eligieron "irse por letras", más por ser incapaces de aprobar las ciencias que por vocación (Son precisamente los vocacionales-que también los hay- los que no suelen meterse en estos charcos)

Es inquietante la alegría con la que hablan de test (que no falte el anglicismo) y de su rapidez, cómo confunden fiabilidad con avería o rapidez con eficacia de cura para arrimar el ascua a sus respectivas sardinas al punto de dejarnos completamente ojipláticos a quienes sí tuvimos que emplear años y trabajo en ese aprendizaje

Yo no soy microbióloga, la microbiología era solo una asignatura de las muchas, tampoco soy médico, así que explicaré tan solo lo que sí sé, lo que sí tuve que estudiar. Para empezar, una prueba o test, como les gusta a todos llamarlo, es un sistema para comprobar un hecho a partir del que trabajar. Una prueba no cura, ni siquiera trata el mal, tan solo le proporciona datos al especialista. Y hay diferentes tipos.
Las pruebas llamadas PCR (por las iniciales en inglés del proceso que siguen-Polymerase Chain Reaction) necesitan material ACTIVO, es decir fluidos o tejido vivo y con posibilidad de acarrear virus aún viable (capaz de seguir infectando) por ello las muestras debe tomarlas personal cualificado, con protección para el riesgo biológico y con medios para su custodia y transporte, pero además, por esa misma razón, no va a servir cualquier laboratorio, debe disponerse de condiciones que eviten tanto la dispersión de ese material de riesgo como la contaminación de la propia muestra, que pueda desvirtuar los resultados.
Lógicamente, estas pruebas son costosas y lentas (la reacción lleva su tiempo, no es inmediata)Si un PCR resulta positivo es porque el virus está dentro del paciente, pero nunca hay 100% de fiabilidad, se puede producir algún error. Nada humano es infalible. Como además no es posible ponernos a cada uno un laboratorio de tales características a pie de cama, se idean métodos aproximativos un poco menos sofisticados para ir dando pasos, son los llamados test de anticuerpos (que van a medir de modo aproximado si nuestro organismo está o ha estado reaccionando para defenderse del virus) Estas pruebas son bastante más rápidas, pero mucho menos fiables y requieren matices que quedan a la interpretación del analista (O sea, eso de las certezas que se piden ustedes ya tal) Según esté el sistema inmune del analizado, según la cantidad de patógeno al que se ha expuesto, según el tiempo transcurrido desde la exposición e incluso a veces, según el reactivo y el modo de tomar la muestra... De ahí viene lo de los test con fiabilidad X o con fiabilidad Y. Si alguien tiene muchos anticuerpos, vamos a saber con certeza que ha estado en contacto con el virus, que no es lo mismo que decir que va a desarrollar la enfermedad, pero nos permite una cierta prevención.Y luego están los llamados serológicos que van un paso más allá y nos cuentan si, una vez en contacto con el virus, el sujeto ha desarrollado inmunidad, lo cual está muy bonito en la teoría, por comparación con todo lo que se sabe de virología, pero como este virus es NUE-VO, pues ¡Oh sorpresa! hay que dudar otra vez. Resulta que no sabemos para cuanto dura dicha inmunización ¿Sirve para toda la vida? ¿Para meses? Por ahora estamos como Sócrates, sabiendo que ignoramos

Así las cosas, como ya vamos teniendo detalle de otros síntomas comunes a muchos de los enfermos y para intentar atajar -porque el dichoso mercado, amigo, no se para en nimiedades y se la trae muy, pero que muy al pairo, jugar con vidas  humanas o animales y anda a navajazos por sacar tajada de cada reactivo, de cada prueba y de cada medida de protección- se toman decisiones en paralelo como dar de baja a quienes parecen enfermos, dar por contagiados a quienes presentan neumonías bilaterales, etc.

Con el mismo entusiasmo, los centenares de epidemiólogos y neumólogos sobrevenidos de estos últimos meses se sorprenden de los cambios de criterio de autoridades y científicos. Pasaré por alto cuantos de ellos mismos han dado volantazos que dejarían temblando a Carlos Sainz y volveré a explicarlo: Con lo que sé hoy elijo este camino, si aprendo algo nuevo, procuro mejorar la elección. Tan sencillo y tan difícil como eso. Así se sugieren ahora mascarillas o se duda de los periodos de contagio. Estamos todos, insisto, ante algo nuevo y estamos asistiendo en vivo y en directo a lo que ya ocurrió con otros virus y otras enfermedades. La diferencia, la espantosa diferencia,  es que hoy nos van contando cada mínimo paso y convirtiéndolo en espectáculo barato unos personajes que ni en sus mejores sueños hubieran soñado alcanzar tanta audiencia. Juegan a conductores del show sin importarles no estar capacitados ni  para leer la narración que otros les escribieran.

Que aparte de todo esto hay decisiones políticas, aprovechamientos de curso del Pisuerga y afluentes, no hay duda, eso es además, pero no es el momento de pensar en ello. Yo también habría hecho muchas cosas de otro modo, pero me lo reservo en este momento y tan solo sugiero un ejercicio de reflexión: ¿Cuántas veces en condición de "cabezas de familia" o equivalente se han equivocado con una oferta en el súper, presionando a su pareja en exceso o embarcándose en una obra que no valía tanto la pena?¿Cuantas veces hicieron mal un presupuesto de vacaciones o tuvieron que cambiar un pijama que parecía ideal para el pequeño?¿Cuántos días han sentido que no dan abasto? Las cosas casi siempre se resuelven cambiándolo o pidiendo perdón, pero no les evita la disputa y el mal rollo. Piensen ahora en que todas esas decisiones tengan que afectar a miles de familias al tiempo y que las vidas no se cambian guardando el ticket ¿Les sería fácil descansar por la noche? Imaginen que, como piden algunos, hubieran soltado los mandos, hubieran salido corriendo y hubieran dejado a todo este surtido de lumbreras que lo gestionasen ellos.

A todos los que lloran una pérdida, a cuantos padecen hoy la enfermedad, a cuantos la sufrirán , les ruego me disculpen el sarcasmo final y les abrazo con toda mi solidaridad. Es probable que incluso yo misma llegue a pasar por ello.
Nos queda mucha singladura, procuremos no vendarle los ojos al timonel y a quienes estan teniendo que hacerle los mapas sobre la marcha. Cuando lleguemos a puerto no vamos a ser más nada, seremos menos y será momento de rendir cuentas, pero al menos yo, voy a pedirselas también a muchos que están incluso tratando de esconder la brújula y a todos los que anduvieron agujereando el casco antes de empezar el viaje.




A media asta

No estoy segura de que sea lo que querrían ellos. No imagino a mis padres, a mis tíos, a mis vecinos, complacidos por un luto permanente de los suyos. Esto me recuerda más bien a aquel tiempo en que los lutos eran perennes, en que se encadenaban uno tras otro y sumían a la familia, y en especial a las mujeres de las familias, en una oscuridad vital continuada.

Creo, y así me lo transmitieron muchos de ellos, que mis mayores no luchaban para ponernos de negro la existencia, sino para que el color entrase a raudales por puertas y ventanas en cuanto fuera posible abrirlas. El color es variedad, matiz, evolución y cambio. El negro es egoísta, todo lo absorbe sin compartirlo. La ostentación del dolor es vanidosa. Nada tiene de bondadoso exhibir imponiendo a los otros ese duelo. La pena honesta es discreta y no busca ser contagiada, sino curada. Empeñémonos en curarla.

Pienso que este terrible episodio tendrá muchas más víctimas que los difuntos que recontarán las estadísticas y que precisamente por respeto a ellos y por recuerdo de quienes se marchen definitivamente, deberíamos hurtarle al enemigo esa victoria. Por los niños, por los abuelos que quedarán, por nosotros mismos, no deberíamos vivir en luto continuado desde hoy mismo y ni aún a partir de que se declare frenada la pandemia. Sí comparto la idea del recuerdo, de la memoria constructiva y reparadora.

Un homenaje acaso cuando la tormenta haya pasado, homenaje a cuantos de un modo u otro, con mejor o peor fortuna, han tratado de oponerse a ella. Puede ser, quizá como una forma de catarsis para volver a nuestras cosas de antes... O para no volver, que igual era mejor manera de honrar a esos caídos que envolvernos en lutos impostados, en crespones de toda textura. Mejor usamos todos estos lienzos para hacer sábanas, batas y mascarillas para que cuanto antes todo esto sea una cruel lección.

No me falta dolor, incluso quienes me conocen podrán dar fe de cuan a menudo visto de negro, pero en esta circunstancia más que nunca, creo que proponer banderas a media asta y lutos generalizados, sin fecha final conocida, me parece no solo mala y deprimente idea -que en poco ayuda- peor que un brindis al sol, me parece un uso torticero –uno más- de víctimas que no nos pertenecen. Ahora toca ser fuertes, constructivos y luminosos.

No me sumo a las medias astas, me sumo a las astas completas, a las  libres, las que trotan sobre testas felices por los campos que empiezan a cubrirse de cardos y amapolas, me sumo al canto de los pájaros, al croar de las ranas y al estrépito de los niños que juegan en el pasillo con convicción de que jugarán también fuera con toda la gama de colores que la vida ofrece.

Fuera de la burbuja

Me gustaría creerme, como tantos creen, que este episodio nos hará más sabios, más buenos, más empáticos y más todo. Me gustaría creerme todo eso mientras ando contando por enésima vez lo que tenemos y repartiendo y reconsiderando a ver si logramos estirarlo un poco más, mientras escucho al otro lado de la valla del patio a un grupo de niñatos que ríen, vocean y hacen alarde de su incumplimiento. Me gustaría creerme que son solo ellos y que, sencillamente, me han tocado más cerca... Pero no puedo.

Igual me fabricaron demasiado escéptica o yo misma me hice demasiado pobre para ahorrar a fin de mes lo no gastado, para tener Netflix y HBO y todas las plataformas donde, parece ser, se encuentran millares de opciones de divertimento quienes pueden, para no tener que apagar la plancha si enciendo la lavadora o para no tener que cortar el router si quiero llamar por teléfono a la familia y para no elegir entre calentar agua para ducharnos o calentar la comida otros cuantos días, porque no sé cuánto durará el butano ni si el repartidor que trabaja a destajo y casi sin protección seguirá activo dentro de unos días. Me ayudaría bastante no tener que explicar que, si no pagamos con plástico es porque ni siquiera tenemos una tarjeta y una cuenta de la que tirar y no porque nos motive mucho obligar a las pobres cajeras a darnos el cambio en metálico. Me encantaría, de verdad, no tener que pensar en tantas otras cosas... Pero vamos, que seguro que se trata sencillamente de que no me he esforzado lo bastante, de que no cerré los ojos y apreté los puños con ganas y  no lo quiero con suficiente fuerza como para lograrlo y que el resto de la población está mejor, porque ellos sí que han sabido desearlo.

Debe ser por este mal origen por lo que me es difícil entender algunas peticiones que leo en estos días. ¿Qué es lo imprescindible? ¿Aquello sin lo que no podrías aguantar esta racha? ¿O te planteas bien en serio y con detalle lo que necesitan los otros, LOS DEMÁS? ¿Es empatía lo que te anima a proponer que se abra toda la semana excepto los domingos? ¿Y por qué no los martes o los viernes si la idea es liberarles una jornada a los empleados obligados a trabajar en un tiempo sin días? ¿O por qué no combinar para asegurar al tiempo su libranza y los suministros? Entiendo que ni yo ni los autores de esas cadenas tienen en su mano todos los elementos para decidir al respecto, por eso no las secundo. Como ocurrencias bienintencionadas las tomo, aunque a ratos temo que  para bastantes no son ni  eso, y que solo se trata de conseguir los dichosos “likes” ¿Y qué decir sobre la inflación de supuestas actualizaciones de datos de todo cariz?..
Pues eso, que el confinamiento y las carencias agravan el escepticismo y no es por cuestión de macroeconomía,  que nunca nos ha tenido en cuenta y no va a hacerlo ahora, se adorne como se adorne.

Me gustaría, en serio, creer que saldremos de esta más altos y más rubios y más guapos todos, pero la verdad es que por ahora solo tengo la certeza de que muchos tampoco saldremos esta vez, aunque el agente directo no sea el coronavirus y que los demás seguirán a la suya, tropezando en sus piedras hasta el siguiente batacazo.

Coronas y virus

Ayer, sobre la marcha, me resulto simplemente innecesario. Hoy, con el reposo nocturno, me resulta aún peor, DESVERGONZADO Y FALTO DE ESCRÚPULOS. 


Salir a hacerte la foto del paternalismo decimonónico, golpearnos condescendientemente la espalda y probar a lavarte las manos A NUESTRA COSTA una vez más -y no por higiene o salud colectiva, sino porque ni todo el papel higiénico que acaparan tus compatriotas te alcanza para limpiarte la que debería venírsete encima- es la confirmación de tu desfachatez de tu falta de empatia, de tu desconexión interesada con tu país.


Por suerte, ciudadano Borbón, estamos tan ocupados en sobrevivir a esta pandemia, que pasará tiempo antes de que debas enfrentarte a estos errores, pero no por tu mérito, tenlo bien claro. ¡Y que lo tengan quienes te acompañaron ayer en el vergonzoso intento de salvar los muebles haciendo que hacías!


No, Felipe, no estabas tan preparado como nos contaron, quizá porque nadie puede preparar a otro para la empatía, porque la sensibilidad innata se tiene o se carece de ella y es a partir de ese don natural desde el que después se trabajan las habilidades sociales. Ni eres Churchill ni necesitamos que lo seas. Vivimos en otro siglo y hemos pasado demasiadas cosas para que nos sirva un discurso vacuo, impostado y sin alma al que solo le faltó un arbolito navideño y tres guirnaldas para hacernos creer que detrás vendrían los langostinos, la sopa de albóndigas de la abuela Juana y los turrones.


 Debiste dejarte la mascarilla puesta para no ofender la inteligencia de tus maltrchos conciudadanos. Mejor confínate del todo y cuando el virus pase, volveremos a hablar.